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Publicado el jueves, 18 de diciembre del 2008 a las 16:00
Saltillo.- La colonia Omega, es una de las más marginadas en la capital coahuilense, ahí en cada calle se pueden encontrar decenas de niños que esta ápoca no recibirán un juguete de regalo, y algunos ni una cena de Navidad.
Ellos están acostumbrados a no recibir por parte de sus familias algún presente, ni tampoco esperan la llegada de Santa Claus. Aún con pocos juguetes o sin ellos, cuentan con su imaginación, los vecinos y hermanos para crear todo un mundo de diversión en las calles de tierra y piedras.
Algunos todavía no están conscientes de la pobreza de los hogares, pero otros saben cuál es la realidad. “Es que no hay dinero”, es la respuesta de los padres al hacer un balance de las necesidades de la familia, primero la alimentación, con eso no sobra para juguetes.
La familia Godina Llanas vive en la manzana 19, lote 6, en la calle Sexta. Está conformada por seis elementos. El matrimonio tiene cuatro hijos de 10, 9, 4 y 3 años, que pese a que discutan como hermanos, son quienes se las ingenian para divertirse.
“No pues yo tenía carritos, pero se los regalé a mi hermano, ahorita tiene dos (…) en la calle jugamos todos con la pelota de un niño, pero a veces nos metemos a un cuarto”, comentó Daniel, de 9 años, quien dijo que eran alrededor de 30 niños los que se juntaban en la colonia.
‘NO VA A HABER REGALOS’
Los pequeños no saben de las preocupaciones, no conocen los video-juegos tan sofisticados que ahora existen. Y aunque por esas calles no llega Santa Claus, los deseos de muchos son los mismos: tener una bicicleta o una pelota.
“Yo ya no juego con muñecas (…) me gustaría tener una bicicleta”, comentó María, de 10 años, la mayor de los hermanos Godina Llanas. Para ella sólo existieron escasos juguetes, pero ahora a su edad, se divierte con sus hermanos para quienes el juego preferido son las escondidas.
A sólo dos casas se encuentra otra familia con cuatro hijos: los Sánchez Guillén. Ellos son más afortunados, ya que cuentan con más juguetes, porque se los han donado, y aunque estén maltratados, bastan para hacer maravillas. Su juego divertido es “la casita”, jugar al papá, la mamá y los hijos.
“No, no va a haber regalos, pero están chiquitos y no se dan cuenta, juegan con lo que tienen y eso les divierte entre todos los que viven aquí, se prestan hasta las cosas”, indicó Carmen Guillén, mientras cargaba en brazos a su último hijo, de escasos 2 meses.
Pese a las carencias, las adversidades a las que se enfrentan con cada cambio climático, no importa el frío o calor, las goteras en sus techos, o si a diario comen frijoles, la imaginación basta para crear toda una ilusión con la tierra, las maderas, cartones y piedras.
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