A escasos meses de que en Coahuila se celebre la jornada electoral para renovar el Congreso del Estado el próximo 7 de junio, el panorama político local se percibe más como un desierto que como una contienda dinámica.
Lo que debería ser un momento de abundancia en propuestas y estrategias, más bien, se ha convertido en una espera pasiva, marcada por la incertidumbre de las alianzas y una evidente falta de trabajo territorial.
Resulta incomprensible que, con el calendario electoral avanzando, los bloques tradicionales sigan en el aire.
La supuesta sólida alianza entre el PRI y el PAN parece haber entrado en una fase de hibernación o de fractura silenciosa; las negociaciones no aterrizan y la desconfianza mutua desgasta lo poco que queda de su cohesión.
Por otro lado, en el grupo de la autollamada “cuarta transformación”, el escenario no es mejor. La unión entre Morena y el PT sigue sin concretarse, dejando a sus simpatizantes en un limbo operativo que solo beneficia al abstencionismo.
Por desgracia, estas demoras no son meros trámites burocráticos; son el reflejo de una incapacidad para anteponer un proyecto de estado a los intereses de las cúpulas.
Y es que, si el panorama de las alianzas en Coahuila es desolador, el espectáculo interno de Morena roza lo tragicómico. Mientras la dirigencia nacional, encabezada por Luisa María Alcalde, intenta proyectar una imagen de unidad institucional, en las tierras de Coahuila la realidad es otra: una lucha de facciones que han decidido canibalizarse antes de siquiera enfrentar al adversario real.
El fenómeno morenista en el estado padece de una patología política singular: el salvajismo prematuro. Diversos grupos, que van desde los remanentes del “guadianismo” hasta las nuevas corrientes que buscan congraciarse con el centro del país, han iniciado una guerra de guerrillas por las candidaturas al Congreso local.
Es evidente que, esta división no es solo un problema de imagen; es una debilidad estratégica. Un partido que llega fracturado a la inscripción de candidaturas es un partido que entrega la ventaja al bloque oficialista de Coahuila, que, si algo sabe hacer, es operar con disciplina.
En el PT, La fractura con el Partido del Trabajo no es sólo ideológica, es de apellidos y cuotas. El pleito por quién encabeza los distritos clave y la voracidad de su dirigente estatal ha provocado que, en lugar de brigadas de promoción, veamos mesas de negociación rotas y descalificaciones públicas.
Lo más preocupante de todo lo anterior, lo es es el vacío de trabajo político. La oposición en Coahuila parece haber renunciado a su papel de contrapeso antes de que se abran las urnas. No hay narrativa, no hay presencia ni trabajo en las calles y, sobre todo, no hay una alternativa real que cuestione el orden establecido.
Esta parálisis nos conduce a una conclusión amarga: si no hay cambios drásticos en las próximas semanas, los resultados de esta elección no traerán nada nuevo y estaremos ante una mera ratificación de inercias donde el ciudadano, cansado de la misma oferta estéril, se convertirá nuevamente en el gran ausente.
Coahuila merece una democracia de propuestas, no este silencio administrativo que anticipa una elección sin sorpresas.
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