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Coahuila

Cuando la ciencia vuelve a rozar lo sagrado

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 5 horas

Hay momentos en la historia en los que la ciencia, sin proponérselo, tropieza con preguntas antiguas. Preguntas que huelen a desierto, a filósofos griegos observando las estrellas sin más instrumentos que sus dudas. En los últimos años, la física, la cosmología y la biología han vuelto a tocar esas fibras invisibles que separan el misterio de la evidencia.

La relación entre la ciencia y la existencia de Dios es un tema complejo y muy antiguamente debatido. Mientras que algunos científicos y filósofos argumentan que la ciencia puede llevar a la creencia en Dios, otros sostienen que la ciencia y la religión son dos ámbitos separados y no relacionados.

El libro de José Carlos González-Hurtado se adentra en ese territorio fronterizo. No pretende demostrar a Dios con ecuaciones, pero sí mostrar que la ciencia moderna —la que algunos usan como muro entre lo humano y lo divino—  como la teoría del Big Bang, la segunda ley de la termodinámica, la genética y la biología, han comenzado a abrir ventanas inesperadas en las que la ciencia y la fe, no son excluyentes.

Uno de los puntos más polémicos es el origen del universo. El Big Bang ya no se entiende como una explosión, sino como el inicio del espacio y del tiempo. Que el universo tenga un comienzo invita, de nuevo, a la pregunta que tantos quisieron enterrar: toda causa tiene un efecto, todo comienzo apunta hacia una razón. La física no tiene aún una respuesta definitiva para ese instante cero, ese parpadeo primordial. Y en la grieta de lo desconocido, algunos vuelven a ver la sombra de un Creador.

Otra controversia es el ajuste fino de las constantes físicas. La fuerza de la gravedad, la masa del electrón, la energía nuclear. Cada valor está calibrado con una precisión que, de alterarse mínimamente, convertiría el cosmos en un páramo estéril. ¿Es casualidad? ¿Es necesidad? ¿Es un espejismo estadístico? El autor sostiene que la probabilidad de un universo habitable surgido sin intención es tan minúscula que roza lo absurdo. Y aquí nace la incomodidad: admitir que hay diseño implica admitir un diseñador inteligente. Tal vez por eso una parte de la comunidad científica prefiere multiplicar universos hipotéticos antes que abrir la puerta a una inteligencia trascendente.

También es polémico el origen de la vida. La célula es una arquitectura demasiado compleja para ser hija del azar. El ADN, con sus instrucciones milimétricamente ordenadas, parece más un poema que un accidente. El autor recoge investigaciones contemporáneas que muestran la enorme dificultad de explicar la aparición espontánea de información biológica. Y en ese abismo entre química y vida, entre molécula y propósito, vuelve a asomarse una intuición antigua: la idea de que la vida quizá no surgió sola; quizá fue convocada.

La conciencia humana añade otra capa de conflicto. No es sólo fuego eléctrico en el cerebro. Es libertad, culpa, belleza, matemáticas, amor, muerte. La conciencia se resiste a ser reducida a simple biología. ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Por qué distinguimos entre el bien y el mal, incluso cuando nadie mira? La ciencia ha estudiado las neuronas, pero no ha descifrado al alma. Y aunque muchos rehúyen ese término, su ausencia no borra el fenómeno que intenta describir.

Estas evidencias —o insinuaciones, según quien las mire— no obligan a nadie a creer. Pero sí obligan a pensar. Y eso, en tiempos de certezas instantáneas, ya es una forma de insurrección.

Tal vez lo más revolucionario del libro no sea la defensa de Dios, sino la defensa del asombro. Nos recuerda que la ciencia no es un muro que encierra la realidad, sino una puerta que, al abrirse, revela más puertas. En cada una de ellas resuena la misma pregunta ancestral que acompaña a la humanidad desde que un ser humano levantó la vista al cielo: ¿Por qué hay algo en vez de nada?

No estamos cerca de una respuesta definitiva. Pero quizás la grandeza del conocimiento no está en llegar al final del camino, sino en caminarlo con los ojos abiertos. Entre fórmulas y galaxias, entre células y ecuaciones, la ciencia empieza a parecerse cada vez más a una plegaria: una búsqueda honesta, paciente, profundamente humana.

Y tal vez, en ese gesto de búsqueda, encontremos a Dios —sonríe—.

 

*Borrador elaborado con apoyo de IA

 

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