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Cuatro hermanas

Por Guadalupe Loaeza

Hace 1 semana

Hacía mucho que no nos veíamos, ni platicábamos, ni sabíamos si nuestro estado de salud se había empeorado o más bien se encontraba bajo control.

Lo importante era que allí estábamos las cuatro, sentadas en la bellísima sala del departamento de mi hermana, la cuarta de una familia de nueve hermanos, es decir que cinco se “nos habían adelantado”, como se dice coloquialmente.

Cuando nos vimos frente a frente, las cuatro creímos reconocer el indiscutible aire de familia, sobre todo en lo que se refiere al timbre de la voz y a las no pocas expresiones heredadas de nuestra madre.

Curiosamente ninguna exclamó: “¡estás igualita!”, porque a nuestros casi 80 años, ya no estábamos igualitas, desde la última vez que nos habíamos visto. Al contrario, ahora sí que pertenecíamos a los adultos mayores.

Nuestra querida anfitriona se veía en extremo delgada, la que le seguía de lugar ligeramente robusta y las dos últimas, digamos “las benjaminas” afectadas por dos males incurables.

No obstante, las cuatro hermanas actuábamos como si nada nos hubiera pasado. Nos veíamos tan relajadas y contentas de nuestro reencuentro, al cabo de tanto tiempo de no vernos, que se hubiera dicho que estábamos en el patio del Colegio Francés de San Cosme, esperando a que mi mamá pasara a buscarnos, tarde, por supuesto.

Ahora que me acuerdo, en la reunión del domingo por la noche, no se habló de doña Lola, cosa rara, ya que era el tema de conversación preferido entre las hermanas y mi único hermano.

A pesar de ello, por lo que a mí respecta, sentía su presencia. Tenía la impresión de que ella estaba sentada en uno de los sillones cubiertos de terciopelo, azul pavo, observando a sus cuatro hijas platicando de sus respectivos achaques. Yo creo que de haberse encontrado presente entre sus cuatro hijas, seguramente mi mamá hubiera comentado de lo mal que estaba el país. “La científica no me simpatiza para nada.

A la pobre todo le sale mal. Yo creo que es de mala suerte”, hubiera dicho con su estilo tan característico. Es obvio que su comentario hubiera suscitado otros muchos más, especialmente por parte de mi hermana menor.

Afortunadamente, no se habló de política, más bien hablamos de nuestros respectivos nietos, de algunos viajes que habíamos hecho últimamente y de las nuevas series que había que ver.

Mi hermana, la cuarta, viuda desde hace seis años, nos contó que se había caído en la calle, y que del golpe, se había abierto el labio inferior y se había roto los dos dientes de enfrente. “No saben, vino cantidad de gente a ayudarme y me querían llevar al hospital. Yo de plano les dije que para nada, que mejor me regresaba a mi casa que estaba a una cuadra y que ya me sentía mucho mejor.

Les confieso que me dio miedo, pero a la vez pensé que jamás me hubieran auxiliado así en Francia. Allá te caes en la calle y ni te ven, eres transparente”, nos dijo con sus ojos cafés como dos grandes castañas. “Ya no puedes salir sola a la calle. ¿Por qué no contratas una cuidadora? Yo con la mía estoy feliz”, decía la quinta de la familia, también viuda, en tanto se comía la sexta quesadillita de mole rociada con azúcar. “Lo que pasa es que estás muy baja de peso, muy débil”. “¿Cuánto pesas?” “Cuarenta y seis kilos”, contestó la anfitriona con cierta timidez, quien esa noche y a pesar de su extrema delgadez, se veía guapísima. “¡No es posible! Te tienes que hacer exámenes. Tienes que tomar un complemento nutricional. Aunque no tengas apetito, tienes que comer papas, arroz y muchas pastas. Con mi enfermedad, también yo estaba muy delgada, pero ya me repuse. Gracias a los cuidados de mi marido y a mi espléndida oncóloga”.

La hermana más chica de nosotras nos miraba con sus ojos azules y una expresión muy dulce. Sentía en ella una enorme paz, una serenidad que se había ganado a pulso. Sabía que su marido y sus hijos, uno de ellos médico, la cuidaban con devoción. A las dos, las más chicas de la familia, nos dio mucho gusto vernos. No hubo necesidad de decírnoslo, bastó con una mirada de reconciliación. No había duda, los malos entendidos y resentimientos habían quedado atrás y ya no teníamos tiempo que perder.

Las cuatro hermanas, tan distintas, cuyos destinos habían sido tan diferentes y sin embargo, tan unidas por tantos recuerdos, tristezas, desencuentros y nostalgia. Las cuatro éramos “Yeguas Finas”, unas más desbocadas que otras, pero eso sí, con “muchas armas para la vida”, tal como nos había educado doña Lola.

 

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