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Publicado el sábado, 13 de febrero del 2021 a las 06:59
Saltillo, Coah.- El 7 de enero del 2020, Marco Antonio Saucedo Prado manejaba rumbo a Monclova, igual que aquella noche de octubre de hace 30 años, cuando nacieron sus gemelas. Pero ahora viajaba para despedir a una de ellas, a Daniela, la hija que le arrebató el Covid-19.
Sentado en la sala de su casa, junto a la urna con las cenizas de su hija, y una serie de retratos de las primogénitas. No se quita el cubrebocas para la entrevista. Sus ojos siguen rojos y su alma aun no asimila la pérdida.
El que está ahí sentado no se parece al Marco que en el mundo periodístico conocen como Chinoky. El Covid que le quitó a su hija, también le arrebató la sonrisa. Y con tristeza narra como en el mismo hospital donde dio la bienvenida a la vida a Daniela, también la tuvo que despedir.
Igualitas
En 1990 cuando Marco se estrenó como papá. Su primera esposa tenía 7 meses de embarazo, fue a visitar a sus padres en Monclova. Allá entró en labor de parto y Chinoky viajó de prisa para recibir en el Hospital del IMSS a sus gemelas: Karina y Daniela Saucedo Rodríguez.
“Aquella noche que me avisan que nacieron. Y voy hacia Monclova, en la madrugada, a las 2 de la mañana, manejando en carretera y nomás veía aquella luna enorme, fresca la noche, para llegar a verlas en una incubadora y que me sonrieran, aunque estaban tan pequeñitas y sabían quién era yo“, platica Marco.
Desde que nacieron, irradiaron alegría en su hogar. Eran dos niñas inseparables, que todo mundo apreciaba por su carisma. Y que se convirtieron en cómplices en las buenas y en las malas, al grado de intercambiar personalidades y hasta nombres, dependiendo de las
circunstancias.

Pero su padre las conocía bien, por más que se vistieran, peinaran o actuaran igual; hicieran los mismos gestos, intentaran hacerse pasar una por la otra, él siempre supo identificar a Daniela. Tras el divorcio con la madre de sus hijas, pasaba algún tiempo sin verlas.
“Daniela era toda alegría, era la mujer que le podía dar consejo a sus amigas, la que se atrevía a regañar a su papá, es la que le daba consuelo a los demás, y era una mujer muy bondadosa“, así la describe Marco, dejando ver un hilo de luz en sus ojos, rasgados por el llanto.
Las dos hicieron toda su educación becadas en el Liceo Freinet y gracias a sus buenas calificaciones, al terminar la preparatoria, también recibieron beca para realizar estudios universitarios en la UANE. Karina se decidió por el Turismo y Daniela la carrera de Nutrición. Al concluir sus estudios, vivieron su primera gran separación, al ejercer sus profesiones. Pues Karina se fue a viajar, llegándose a instalar en cruceros, al grado de que la llegada de la pandemia la encontró en el mar, donde estuvo tres meses varada y sin poder bajar del barco. Daniela comenzó a ser nutrióloga desde antes de terminar la carrera. Como se fue a vivir un tiempo con su papá, se la pasaba diciéndole que tenía que bajar de peso para cuidar su salud.
Otra sorpresa
Daniela trabajó en diferentes lugares, como centros de Salud y clínicas del municipio. También decidió casarse con Daniel Rangel y traer al mundo a una niña a la que llama Daniela y después a un pequeño de nombre David.
Pero hace un año y medio, la pareja se fue a vivir a Monclova, de donde es originario el esposo de Daniela. Fueron contratados ambos en una escuela privada y comenzaron una nueva vida siendo maestros en el Instituto Osuna. Pero a mediados del año pasado, dieron otra sorpresa.

“El pasado Día del Padre vinieron de Monclova, hicimos una carne asada, mi nieta Daniela de 5 años, que me da una tarjeta del Día del Padre, le insiste que la vea, tenía el dibujo de una familia, representando a Daniela, su esposo, un niño, una niña y un bebé. Marco volvería a ser abuelo. La alegría desbordó aquel momento de felicidad. Luego volvieron a Monclova, y así llegó diciembre, con la cuenta regresiva para el nacimiento.
“Debani era una bebé muy esperada, todos estábamos esperándola, porque para el día 12 de enero estaba programada la cesárea“, platica Chinoky. Por eso el 22 de diciembre viajaron a Monclova para visitarlos y pasar allá el cumpleaños de su nieto. Luego regresaron a Saltillo.
Luego de pasar la Navidad, Marco recibió una llamada de su hija, comentándole que presentaba algunos síntomas extraños y que tenía la sospecha de haber contraído el Covid-19, durante una visita de rutina al ginecólogo, en el Hospital del IMSS, el 24 de diciembre. “Lo primero que hago es regañarla, me dice que ya se había mandado a hacer la prueba, y que estaba esperando que le confirmaran. Como el 27 de diciembre le confirman que tenía Covid“, recuerda Marco Saucedo.
Cadena de negligencias
Con el cansancio por el embarazo y una respiración irregular por el virus, acude al Hospital del IMSS en Monclova para preguntar qué pasaría con el parto. Le dicen que todo iba bien y la envían de nuevo a su casa.
Estando en casa, comenzó a faltarle el aire y ya no podía respirar bien, va de nuevo al hospital, la internan en urgencias, y al otro día la dejan salir, de nuevo la dan de alta. Para Marco, esta es la segunda negligencia que cometen los médicos con su hija.
Ella habló por teléfono con su tío Daniel, que es médico internista en el área Covid en el Hospital General de Saltillo, y le dice, ‘regrésate a que te internen’, regresa y la internan a finales de diciembre, cuando ya le faltaba mucho el aire.
“Habla conmigo antes de entrar y me dice, papá te amo mucho, me siento muy cansada, me dicen que no puedo respirar porque se volteó un bebé, cosa que no era cierta, era a raíz del Covid. Me preocupé demasiado, busco contactos, personas, y su tío Daniel me dice, hay que movernos, porque está muy mal”, recuerda.

El 30 de diciembre le practican la cesárea y nace la pequeña Debani. Pero Daniela ya estaba muy mal. Y en el Hospital no tenían respiradores, le tenían conectada solo al oxígeno y no había el equipo suficiente para sacarla adelante.
Marco logra hablar con el delegado del IMSS en Coahuila, quien le promete girar instrucciones al director de la Clínica 7, para pasar a su hija a una cama de terapia intensiva, donde estaría mejor atendida. Pero eso no sucede.
Su tío Daniel recomienda que la trasladen a Saltillo, para ingresarla en el Hospital General, donde había todo el equipo necesario para atenderla mejor. Ya tenían la autorización de las autoridades de salud estatal. Pero ella ya estaba tan mal, que no se pudo trasladar.
Cinco días después, vuelve a llamar al delegado, que se disculpa y llama al director del nosocomio, quien ahora sí, ordena cambiarla a terapia intensiva, donde los informes eran que estaba subiendo de oxigenación y eso les dio falsas esperanzas. Porque al día siguiente la tuvieron que intubar.
“Cuando me dicen eso, yo hablo con su tío Daniel, le digo, dime la verdad, ¿qué esperanza de vida tiene? Me dice, yo no quisiera decirte esto, porque es mi sobrina, pero siete de cada 10, fallece cuando ya son intubados“.
Sin perder la fe
“Y ella entró dentro de esos siete”, dice luego de una breve pausa. Para ese momento, ya no pudieron volver a verla. Poco a poco se fue apagando, sin recibir la atención que requería, porque el IMSS no tenía ni el equipo ni los especialistas necesarios.

Comparte que con todo y los malos pronósticos, él no perdía la fe de que se recuperaría, que sacaría fuerza de esa que le conoció en las múltiples batallas que le vio luchar en su corta vida, porque incluso en los momentos más oscuros de su enfermedad, ella no perdió su fe religiosa.
“Hasta el último momento, aun sabiendo lo que iba a venir, cuando la intubaron, ella le pide al doctor que la atendía, que le pusiera música cristiana“, cuenta su padre, y así, con música cristiana, Daniela se despidió de este mundo.
Él se enteró estando aun en Saltillo y entonces experimentó un dolor indescriptible, como si le arrancaran un pedazo de su alma y dejaran al rojo vivo la herida, desde aquel día y hasta la fecha.
“Es doloroso, es muy doloroso, es difícil para nosotros como padres perder un hijo. Puede hasta en un momento, cuestionar a Dios. Decirle, ¿porqué? Y en nuestra fe, tenemos que buscar la fortaleza y decir, el Señor sabe porqué lo hace“, expresa el comunicador.
Y entonces él mismo se responde. Que era quizá porque Dios necesitaba a alguien como Daniela, con su fe, con su gran corazón, allá a su lado en el Cielo. Por eso está seguro que ella ahora es un ángel, una estrella que les va a dar fortaleza para sacar adelante a sus tres hijos y a su yerno.
Despedida y luz
Al enterarse del fallecimiento, casi instintivamente decidió salir de inmediato rumbo a Monclova, acompañado de su hija Karina, la gemela, totalmente inconsolable, su hijo de 21 años y la madre de este, su segunda esposa.
“El pasado 7 de enero que tuvimos que hacer ese viaje, todos juntos, me decía mi hijo, ‘papá. ¿Por qué vas tan serio?’. Le digo, estoy recordando aquel momento, cuando viaje por esta carretera, de noche, para verlas que acababan de nacer tus hermanas“, comparte Marco.
Igual que treinta años antes, su hija se despidió de este mundo en el mismo hospital que la vio nacer.
Y a pesar del dolor que aun vive toda la familia, ahora hay dos motivos para salir adelante. Su nieta Debani, y el bebé que lleva en el vientre su actual esposa, y del que Marco aun no sabe si será niño o niña. Y cuya alegría ayudará a sobrellevar el dolor, por la hija que le arrebató el Covid- 19.
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