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De los insultos a los golpes: ¿cuándo una discusión de pareja se convierte en violencia?

  Por Grupo Zócalo

Publicado el sábado, 8 de agosto del 2026 a las 09:54


Una discusión de pareja no necesariamente significa que exista violencia

Saltillo, Coah.— Una discusión de pareja no necesariamente significa que exista violencia. Las diferencias, el enojo y los desacuerdos forman parte de cualquier relación; el problema aparece cuando una persona utiliza el miedo, la humillación, las amenazas o la fuerza para someter o controlar a la otra.

La violencia de pareja no empieza necesariamente con un golpe. Puede comenzar con insultos que se vuelven constantes, celos, vigilancia, prohibiciones, aislamiento de familiares y amigos, control del dinero o amenazas y, en algunos casos, escalar hasta agresiones físicas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia de pareja como cualquier comportamiento de una pareja o expareja que provoque o pueda provocar daño físico, sexual o psicológico, además de conductas de control.

No todo conflicto es violencia

Una diferencia importante está en cómo se maneja el conflicto.

Una discusión puede incluir enojo, desacuerdos o incluso palabras dichas durante un momento de tensión, pero existe una diferencia cuando el comportamiento busca intimidar, controlar, degradar o causar daño a la otra persona.

Por ejemplo, una pareja puede discutir porque no está de acuerdo sobre dinero, crianza o tareas del hogar. Eso, por sí mismo, no constituye necesariamente violencia.

La situación cambia cuando uno de los integrantes utiliza frases como amenazas, impone restricciones, revisa constantemente el teléfono de la otra persona, decide con quién puede relacionarse, le impide trabajar o estudiar, controla sus recursos económicos o utiliza a los hijos para ejercer presión.

La OMS identifica precisamente los insultos, humillaciones, amenazas, intimidación, aislamiento y vigilancia de movimientos entre las manifestaciones del maltrato emocional y las conductas de control.

Los insultos también son violencia

En México, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia reconoce distintos tipos de violencia, entre ellos la psicológica, física, económica, patrimonial y sexual. La propia legislación establece que la violencia puede causar daño psicológico, físico, patrimonial, económico, sexual o incluso la muerte.

Esto significa que no es necesario esperar a que aparezca una lesión física para reconocer que existe violencia.

Insultar, humillar, devaluar, amenazar o generar miedo de manera sistemática puede formar parte de una dinámica de violencia psicológica.

El problema es que algunas de estas conductas pueden terminar normalizándose dentro de la relación.

“ Es que así nos hablamos”, “sólo estaba enojado”, “todos los matrimonios pelean” o “no me pegó, sólo me empujó” pueden convertirse en frases que minimizan comportamientos que ya representan señales de alerta.

¿Y si sólo fue un empujón?

Un empujón también es una agresión física.

La violencia física no comienza necesariamente con una golpiza. Puede incluir empujones, bofetadas, jaloneos, golpes, patadas, estrangulamiento o el uso de objetos o armas para causar daño.

Por eso, la idea de que una persona debe esperar a recibir una agresión grave para pedir ayuda puede ser peligrosa.

La violencia puede aumentar en frecuencia y gravedad con el tiempo, y la existencia previa de amenazas, control o agresiones puede ser una señal de riesgo que no debería ignorarse.

Las señales que no deberían normalizarse

Entre las conductas que pueden indicar una relación violenta se encuentran:

Insultos y humillaciones constantes.
Amenazas contra la pareja, sus hijos, familiares o mascotas.
Celos utilizados para justificar vigilancia o prohibiciones.
Revisar teléfono, mensajes o redes sociales sin consentimiento.
Exigir saber dónde está la pareja en todo momento.
Impedirle convivir con familiares o amistades.
Controlar su dinero o impedirle trabajar.
Romper objetos para intimidarla.
Empujar, sujetar, jalonear o golpear.
Obligar a mantener relaciones sexuales.
Amenazar con quitarle a los hijos.
Utilizar a los hijos para castigar o controlar a la pareja.

Estas conductas corresponden a distintas formas de violencia reconocidas por organismos sanitarios y por el marco legal mexicano.

Coahuila: 7 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia

El problema no es menor en el estado.

La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021, elaborada por el INEGI, estimó que 72.3% de las mujeres de 15 años y más en Coahuila habían experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, mientras que 45.9% la había experimentado durante los 12 meses anteriores a la encuesta.

La encuesta contempla violencia psicológica, física, sexual, económica y patrimonial, además de distintos ámbitos en los que puede ocurrir, entre ellos la pareja y la familia.

Estos datos permiten dimensionar por qué identificar las primeras señales resulta importante: la violencia no siempre llega acompañada de una lesión visible ni comienza con una agresión física.

¿Por qué resulta tan difícil identificarla?

Uno de los problemas es que algunas conductas violentas pueden presentarse inicialmente como muestras de preocupación o afecto.

“ ¿Dónde estás?” puede parecer una pregunta normal; pero cuando se convierte en una exigencia permanente de ubicación, acompañada de enojo o castigo si la pareja no responde, puede convertirse en una conducta de control.

Lo mismo puede ocurrir con los celos. Una discusión ocasional por inseguridad no equivale automáticamente a violencia, pero vigilar, prohibir amistades, revisar dispositivos o impedir determinadas actividades sí puede formar parte de una dinámica de control.

La OMS identifica las actitudes que justifican o normalizan la violencia y las conductas de control como factores asociados al riesgo de violencia de pareja.

Cuando la violencia involucra a los hijos

Los hijos también pueden quedar atrapados en estas dinámicas aunque no sean golpeados directamente.

Amenazar con quitarles a los hijos a la pareja, utilizarlos como mensajeros, impedir la convivencia o hacerlos presenciar agresiones puede formar parte del conflicto violento.

Además, crecer en un entorno donde la violencia se presenta como una manera habitual de resolver los problemas puede tener consecuencias en el bienestar emocional y en la forma en que los menores aprenden a relacionarse.

Por ello, cuando una discusión de pareja comienza a involucrar amenazas, intimidación o violencia frente a los hijos, ya no se trata simplemente de una pelea entre adultos.

¿Cuándo pedir ayuda?

No es necesario esperar a que exista una golpiza para buscar orientación.

Si una persona siente miedo de su pareja, ha sido amenazada, aislada, controlada, agredida físicamente o sexualmente, o considera que las agresiones están aumentando, puede buscar apoyo profesional y conocer las alternativas de protección disponibles.

La legislación mexicana establece mecanismos de prevención y atención para las mujeres que enfrentan violencia, y reconoce que ésta puede existir incluso cuando no hay lesiones físicas.

¿DISCUSIÓN O VIOLENCIA? 5 PREGUNTAS PARA IDENTIFICAR SEÑALES DE ALERTA

Pregúntate:

1. ¿Tengo miedo de cómo reaccionará mi pareja?
Si modificas tu comportamiento constantemente para evitar que se enoje o te agreda, es una señal de alerta.

2. ¿Controla con quién hablo o a dónde voy?
La vigilancia, el aislamiento y las prohibiciones pueden formar parte de conductas de control.

3. ¿Me insulta, humilla o amenaza constantemente?
El maltrato psicológico también es violencia.

4. ¿Me ha empujado, jaloneado, sujetado o golpeado?
Cualquier agresión física debe tomarse en serio.

5. ¿Utiliza a mis hijos, mi dinero o mis pertenencias para controlarme?
El control económico, patrimonial o mediante los hijos también puede formar parte de una dinámica violenta.

La diferencia está en el poder y el control

Una relación sana puede tener conflictos. La violencia aparece cuando el conflicto se convierte en una herramienta para dominar, intimidar, controlar o causar daño.

Por eso, la pregunta no siempre es “¿ya me golpeó?”, sino también “¿tengo miedo?, ¿puedo tomar decisiones libremente?, ¿puedo relacionarme con otras personas?, ¿puedo decir que no sin temor a represalias?”

Identificar esas señales a tiempo puede ser determinante para evitar que una dinámica de violencia escale.

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