Coahuila

Publicado el martes, 4 de noviembre del 2025 a las 04:50
Saltillo, Coah.- En Coahuila, más de 36 mil alumnos viven algún tipo de violencia física o sicológica, según un diagnóstico de la Secretaría de Educación. La historia de Mateo, un niño de 4 años que responde con golpes a cualquier frustración, refleja cómo la agresión se aprende en casa y se replica en la escuela. Para él, como para miles de menores, los gritos, los castigos y las descalificaciones forman parte de lo cotidiano.
Especialistas advierten que el castigo corporal y el maltrato emocional dejan secuelas neurológicas y afectivas, y que la violencia se ha normalizado como método de crianza. La procuradora María Teresa Araiza Llaguno, titular de Pronnif, subraya que “pegar no educa, daña”, mientras la sicóloga Karla Valdés explica que la exposición constante a entornos agresivos genera “trauma complejo”, una herida emocional que altera la forma en que los niños se relacionan y entienden el mundo.
La violencia infantil en Coahuila no siempre se manifiesta en golpes: también está en el silencio, la indiferencia o el abandono. La Pronnif atiende cada año más de 6 mil casos de vulneración infantil, principalmente por omisiones de cuidado, que van desde la falta de atención médica hasta la ausencia de acompañamiento emocional. “Muchos padres repiten lo que vivieron —advierte Araiza—, creyendo que la dureza forma carácter, cuando en realidad fractura la confianza y el desarrollo”.
Ante este panorama, las autoridades estatales han puesto en marcha una estrategia interinstitucional que une esfuerzos de la Secretaría de Educación, Salud, Pronnif, DIF y organizaciones civiles. El objetivo es claro: fortalecer la educación socioemocional y brindar atención sicológica o legal en casos de riesgo. “La escuela puede ser el punto de inflexión, si enseñamos a los niños a reconocer sus emociones y resolver sin violencia”, externa el secretario Emanuel Garza Fishburn.
El reto, coinciden los especialistas, es romper el ciclo antes de que se herede. Los niños no nacen violentos, aprenden a serlo al observar su entorno.
Pero también pueden desaprender la violencia si encuentran adultos que los escuchen, los guíen y los traten con empatía. Porque detrás de cada golpe hay una historia que puede contarse distinto si las familias, las escuelas y el Estado deciden educar desde el afecto.
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