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Coahuila

Día Mundial del Agua, el espejo azul de nuestra historia  

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 1 mes

Cada 22 de marzo el mundo vuelve la mirada hacia el agua como quien observa un espejo que le devuelve sin piedad la imagen de lo que es.

La conmemoración de la fecha nació en 1992, cuando en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo se instauró el Día Mundial del Agua, para recordar que el planeta no es una inagotable esfera azul, es un organismo sediento, donde sólo 2.5% del agua total es dulce, y menos de 1% está realmente disponible para uso humano.

Desde entonces, cada año se propone un lema, un enfoque, una llamado a impulsar acciones para avanzar hacia el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 6, que persigue garantizar agua y saneamiento para todos antes de 2030, y al mismo tiempo reforzar el ODS 5, dedicado a la igualdad de género.

El agua es el relato más antiguo del mundo. Antes que los alfabetos, que los imperios, que los credos, existió ella: corriente, translúcida, paciente. Pero su historia se ha vuelto distinta en las últimas décadas. Hoy, más de 2 mil millones de personas carecen de acceso seguro a agua potable, según la ONU. Tres de cada 10 habitantes del planeta viven bajo estrés hídrico. Y la cifra avanza.

El mensaje parte de una realidad documentada: la crisis del agua afecta a todos, pero no de la misma manera. En contextos donde el acceso al agua potable y al saneamiento no está garantizado, las desigualdades se intensifican y las mujeres y las niñas soportan una parte desproporcionada de sus impactos.

México, país de contrastes acuíferos, no es ajeno a esta tormenta. La naturaleza nos dio un mapa donde conviven regiones húmedas que rebasan los mil 500 milímetros de lluvia anual y zonas áridas donde la tierra cruje como si hablara. Pero la presión no viene solo del clima: proviene de nuestra propia manera de habitar el territorio.

La sobreexplotación de acuíferos es quizás el dato más contundente. De los 653 acuíferos oficialmente reconocidos en México, más de 100 están sobreexplotados, según la Comisión Nacional del Agua. La capital que flota sobre un antiguo lago se hunde cada año unos centímetros por extraer más de lo que la naturaleza puede reponer. Y en el norte del país, el “oro azul” ya se negocia con la ansiedad con la que antaño se negociaban los metales preciosos.

La legislación mexicana ha intentado responder. La Ley de Aguas Nacionales, promulgada en 1992 y reformada en múltiples ocasiones, fue un intento de regular el uso, concesión y protección del recurso hídrico bajo la rectoría del Estado. Sin embargo, su aplicación ha sido irregular, y todavía persisten concesiones que destinan enormes volúmenes a industrias altamente consumidoras mientras comunidades enteras dependen de pipas y tandeos.

En 2012, la reforma al Artículo 4 constitucional elevó a rango de derecho humano el acceso al agua y al saneamiento. Fue un triunfo simbólico y moral, pero aún espera una Ley General de Aguas que materialice ese derecho. Desde entonces, diversas iniciativas ciudadanas, académicas y legislativas han intentado construir una ruta más justa y sustentable, aunque el diálogo permanece atrapado entre intereses económicos, vacíos administrativos y un modelo de desarrollo que mira más hacia la explotación que hacia la preservación.

Al final, el agua es mucho más que un recurso: es el pulso secreto de los pueblos, el hilo que teje nuestras ciudades, la posibilidad misma de un futuro. Celebrar su día no debería ser un ritual anual, sino un ejercicio permanente de memoria y responsabilidad. Porque si el agua se agota, no solo se seca el planeta: se marchita la historia.

Quizá la pregunta no sea cómo salvar al agua, sino cómo permitir que ella siga salvándonos. Y para eso, México –como el mundo– necesita no sólo leyes más firmes y datos más claros, sino una nueva forma de mirar el horizonte: no como una línea distante, sino como un río que nos atraviesa y del que todos somos parte.

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