Saltillo
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Grupo Zócalo
Publicado el miércoles, 24 de diciembre del 2025 a las 15:24
Saltillo, Coah.- En este día de Navidad, la celebración familiar y eclesial del nacimiento del Salvador renueve nuestros corazones y aumente la benevolencia en nuestros hogares y comunidades. La dicha de recibir a Jesús nacido para nuestra salvación sea ocasión para restaurar y fortalecer los lazos de amistad y colaboración en nuestra sociedad.
Una vez que hemos contemplado el Misterio del Dios hecho hombre, llenos de luz y alegría por su presencia que inspira ternura y paz, volvamos a casa y reflexionemos sobre las consecuencias de tan admirable misterio. Si Dios se ha bajado para estar con nosotros, entonces nosotros estamos llamados a elevarnos al misterio de la divinidad.
Dios Padre, creador y restaurador de nuestra humanidad, nos invita a que vivamos conforme a la vida divina que Él nos comparte para hacernos hijos suyos. Con el texto de Hebreos nos damos cuenta de que estamos ante Jesús Niño, la imagen fiel del ser de Dios; en su rostro humano, la ternura de Dios se manifiesta en nuestra humanidad.
El Dios creador, fundamento y sostén de todo cuanto existe, se pone en nuestras manos para sostenerlo y acogerlo en nuestra vida. Este Niño que es Dios, digno de adoración, por encima de toda criatura, ha querido hacerse uno de nosotros para hablarnos al corazón. Hagamos realidad lo que hoy cantamos en el salmo: Toda la tierra ha visto al Salvador.
Cantemos con nuestra vida, palabras y acciones, un nuevo canto de humanidad. No sea ya la soberbia, ni el egoísmo, ni la envidia, ni el rencor lo que rija nuestra vida. Al contrario, puesto que el Señor nos ha dado a conocer su justicia, su amor y su lealtad, vivamos conforme a este conocimiento y transmitamos estos valores en nuestro trato con los demás.
El Evangelio del día de Navidad nos pone a reflexionar sobre el gran regalo de Dios: somos en verdad sus hijos, no por deseos humanos sino por gracia de Dios. Nosotros experimentamos limitaciones, y Él ha querido asumirlas para que no tengamos dudas de su amor por nosotros.
De Él recibimos gracia sobre gracia para que alcancemos la plenitud de nuestra vocación de hijos de Dios. Siendo Jesús la Palabra divina, vino como luz, y las tinieblas no lo recibieron; vino como verdad, y el mundo no lo conoció; vino a los suyos, y ellos no lo recibieron. Nosotros, en cambio, lo hemos recibido y nos ha concedido el don de la filiación divina.
Finalmente, como hijos de Dios, nos convertimos en portadores del Evangelio que salva, mensajeros del Dios pacífico que llega al corazón humano para darle su paz.
Es nuestra tarea hacer que esta salvación sea vista y acogida por todo el mundo. Si Jesús es la Luz que ha venido al mundo, nosotros somos testigos de esta Luz divina que purifica el alma y dispone nuestra mente y nuestro corazón para encontrarnos con Dios.
Vivamos el tiempo de Navidad reflexionando sobre esta vocación a ser portadores de la luz de Cristo y gozando ser hijos muy amados de Dios. Si de su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia, seamos generosos para compartirla y multiplicarla
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