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Domingo de resurrección

  Por Zócalo

Publicado el domingo, 4 de abril del 2010 a las 15:00


Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo

Monclova Coah.- Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo. Dice el Evangelio: “Estaban, juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Nathanael, el de Cana de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos”.

Recordemos que Cristo ha resucitado. Todos han sido testigos: Ha estado con ellos, les ha hablado y les ha prometido que dejaba al Espíritu Santo, han visto el milagro de Tomás; sin embargo, la soledad vuelve a rodearles.

“Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar ‘. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella moche no pescaron nada”. Los apóstoles estaban solos respecto a Cristo, solos respecto a su oficio de pescadores. ¡Y de pronto sucede algo que ellos no esperaban! Una de las características de las apariciones de Cristo es la gratuidad. Cristo no se aparece para dar gusto a nadie. Cristo mantiene en sus apariciones una gratuidad. “Me aparezco cuando quiero porque yo quiero”. Con lo que Él nos vuelve a manifestar que Él es el verdadero Señor de la existencia.

“Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era él. Les Dice Jesús: Muchachos, ¿No tenéis pescado? “¡Imagínense cómo le contestarían…, después de toda la noche trabajando se habían acercado a la orilla, y un señor imprudente les pregunta si no tienen pescado! Y Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Echan la red y resulta que ya no la pueden arrastrar por la abundancia de peces. ¿Qué sentirían? EI discípulo a quien Jesús amaba, dice entonces a Pedro: Es el Señor”. De nuevo se repiten las mismísimas situaciones al primer encuentro con Jesús: Un día, después de pescar infructuosamente, todos en la barca regresan. Los experimentados han fracasado, y un novato les dice que echen ahí las redes, que ahí hay peces. La echan y efectivamente la red se llena.

¡Cuántas cosas semejantes al primer amor! Juan no lo narra, lo narran los otros evangelistas, pero sabe al primer encuentro. Y Juan, que ama y es amado, dice: “Es el Señor”. Reconoce los detalles del inicio de la vocación.

Es como si Cristo buscase dar marcha atrás al tiempo para decir: “Todo empieza de nuevo, sois verdaderamente hombres nuevos”, como en el primer momento, como en el primer instante. Como que el primer amor vuelve a surgir desde el fondo de nosotros mismos para recordarnos que somos llamados por Cristo.

Juan, en la fe y en el amor, reconoce al Señor, y Pedro sin pensar dos veces, se lanza de nuevo hacia Él. Ya no es el Pedro del principio de este Evangelio: Amargado, triste, enojado. Es un Pedro que ha oído: “Es el Señor”; y se lanza al agua. Y después viene toda esa hermosísima escena de la comida con Cristo, en la que el Señor produce de nuevo la posibilidad de comunión con Él, en amistad, en cercanía y en abundancia. “Siendo tantos los peces, no se rompió la red.

Todo esto va preparando la experiencia de Pedro con Cristo. Hay ciertos temas que Pedro no ha tocado aún, hay ciertas situaciones que Pedro no se ha atrevido a señalar. Hay un aspecto que Pedro, aún estando con Cristo resucitado, no ha resuelto todavía: La noche del jueves Santo; la negación de Pedro. Es un tema que Pedro tiene encerrado en un closet con siete llaves. Tan es así, que se lanza al agua como diciendo: “Aquí no ha pasado nada, yo vuelvo a ser el primero”. Y Cristo dice: “traed los peces”. Y Pedro es el primero en ir a buscarlos.

Como si a base de estos gestos uno quisiese tapar aquellas cosas que no nos gustan que los demás vean.

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