Como un cuento de hadas, narrativa de elementos fantásticos, mágicos, que generalmente transmite valores positivos y lecciones morales, la historia de doña Camilita, la dueña de los terrenos donde se fincaron más de 20 colonias, en el lugar conocido como “La Guayulera”, al sur poniente de Saltillo, es extraordinaria y maravillosa.
Su fortuna era grande, como grande la extensión de sus propiedades y, como solía decirse antes, era dueña de la superficie “hasta donde la vista alcanzara”.
En ese sector citadino lleno de historias, remembranzas y personajes de la era moderna, se creó una fábrica procesadora de la famosa planta del desierto, denominada guayule, para producir caucho natural hipoalergénico de alta calidad de sus tallos y raíces que, durante la Segunda Guerra Mundial, la usaron norteamericanos y alemanas para producir llantas para automóviles. Pero esa es otra historia.
Doña Camila Flores Rodríguez fue dueña de esa bastedad de superficie que ahora constituyen 29 colonias y, como en los cuentos, podríamos iniciar este relato con “había una vez” una familia que era dueña de una granja y una huerta que doña Camilita compró a don Crescencio Rodríguez, un hombre muy rico, quien murió trágicamente cuando la corriente del arroyo del pueblo se llevó su auto y, en su honor, el lugar lleva el nombre de colonia Rodríguez Guayulera.
Este relato de vox populi es conocido y repetido por muchos saltillenses y los que conocemos la historia de la ciudad.
Desde su finca campestre de tres pisos, que doña Camilita se mandó construir en la Guayulera, se dominaba la extensión de sus propiedades y no sólo llegaban hasta donde la vista alcanzara, sino que daban vuelta al cerro del pueblo. La finca se ubicaba a la altura del sector denominado Beta Centauro y donde fue el Auto Mercado de las Fuentes. Los terrenos se extendían hasta lo que ahora son las colonias Del Valle, Universo, Valle de las Flores Popular, Brisas del Valle y muchas otras más; la granja de doña Camilita daba a espaldas de la procesadora del hule de guayule.
Al principio de su vida activa económica rentó parte de la hacienda de Santa María, municipio de Ramos Arizpe, Coahuila, ahí donde el cura independentista Miguel Hidalgo y Costilla ofició su última misa, rumbo al sacrificio, en el estado de Chihuahua, donde doña Camilita dedicó sus recursos a la agricultura y a la ganadería. Luego adquirió, en pleno Centro de Saltillo, una enorme huerta que abarcaba las calles de General Cepeda, Bravo, Escobedo y Ramos Arizpe. Había enviudado de don Manuel Malacara, su único esposo, con quien procreó ocho hijos, entre ellos el famoso político, juez civil, ganadero y empresario Raúl Malacara Flores, que le dio continuidad a la herencia.
Los Malacara Flores producían de todo: frutas, legumbres y leche, esta última en guayines, tirados por caballos, la distribuían por la ciudad y la Región Sureste del estado.
Doña Camilita vivió en la granja en la Guayulera hasta su fallecimiento, en el año de 1960 del siglo pasado.
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