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Agencias
Publicado el sábado, 29 de agosto del 2015 a las 03:11
La Silla Rota | México, D.F.- Muchos se preguntan que hizo que Donald Trump sea el hombre que es en la actualidad. ¿Fue una cuestión edípica con su padre? ¿Las rivalidades entre hermanos? ¿Atención dividida de su madre? ¿Escuela Militar?
La periodista Gwenda Blair, afirma que lo que ha definido el carácter del actual candidato republicano a la presidencia, es una cultura familiar de hacer lo que sea para llegar a la cima y nunca darse por vencido.
La historia familiar de los Trump en Estados Unidos se remonta a 1885, cuando Friedrich Trump, abuelo de Donald, bajó de un barco en el sur de Manhattan con una sola maleta. Con sólo dieciséis años de edad, se escapó de su casa en Kallstadt, un pueblo en el suroeste de Alemania, donde no quería trabajar en el viñedo de la familia o conseguir un trabajo como barbero, su única intención era llegar a ser rico; y América era el lugar indicado para hacerlo.
A principios de la década de 1890, Friedrich había aprendido inglés, se había convertido en ciudadano estadounidense naturalizado, y se dirigió a Seattle, donde se encontró a sí mismo frente a las mismas perspectivas económicas inciertas que había querido dejar atrás.
Ahí abrió un pequeño restaurante, en el distrito rojo de la ciudad, donde ofrecía satisfacción en forma de comida, bebida y sexo de fácil acceso. El negocio floreció, pero Friedrich no se dio por vencido.
En 1894, se enteró que John D. Rockefeller, el hombre más rico del mundo, estaba financiando una operación minera en un pequeño pueblo al norte de Seattle, llamado Monte Cristo. Sin demora, Trump localizó la mejor ubicación, la cual aseguró mediante la presentación de una demanda, construyó un hotel en la parcela, a pesar de que en realidad no le pertenecía, y de nuevo comenzó a dar a los clientes exactamente lo que querían: mucho comida, mucho bebida y por supuesto, mujeres.
Tras establecerse en 1910 con su familia en Queens, una ciudad subdesarrollada con una promesa considerable, abrió una oficina y compró un puñado de propiedades. Los negocios iban como las esperaba, pero en 1918 murió durante la epidemia de gripe española, dejando a su hijo Fred de 12 años, quien tomó las riendas del imperio inmobiliario y se convirtió años después en uno de los desarrolladores más grandes de Brooklyn y Queens
Fue en la década de los 70, cuando Donald entró al negocio familiar, siguiendo las lecciones que su abuelo y su padre le dieron, y ofreció a sus clientes, no lo que pensaban que querían, sino lo que realmente querían, edificios que eran grandes, llenos de espejos y con superficies brillantes.
Este fue el modus operandi mediante el cual el abuelo de Donald comenzó con su legado, y el cual, después de más de un siglo, el republicano sigue utilizando: ofrecer las mejores ubicaciones a los clientes y una versión casi cómica de su deseo de convertirse en un multimillonario.
Con información de Politico Magazine.
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