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Drogadicto, sacerdote y luchador; la sorprendente vida de Fray Tormenta

  Por Agencias

Publicado el miércoles, 6 de julio del 2016 a las 14:03


Es el personaje que el padre Sergio interpreta, pero también es exactamente lo que el padre Sergio es

 Ciudad de México.- El padre Fray Tormenta se relaja en el patio frente a su iglesia en una fría mañana de un domingo de diciembre. La primera misa del día acaba de terminar y él hace tiempo hasta que sea hora de la segunda: toma el sol y saluda a los miembros de su congregación mientras entran a la iglesia.

Este es un vecindario humilde y nadie está particularmente bien vestido. Ni siquiera los miembros de la iglesia: un pequeño edificio del siglo 17 escondido en una calle principal. Su fachada amarilla se está descascarando lentamente y las altas paredes interiores son de un blanco impecable sin adornos. El padre se mueve en una manera deliberadamente sacerdotal, meciéndose con su sotana púrpura de un grupo a otro, sonriéndoles a las ancianitas y dando autógrafos a los niños.

“Él es bastante compasivo”, dice una mujer de mediana edad llamada Sofía, quien acaba de salir de la misa de la mañana. “Ayuda mucho a toda la gente. La verdad es que nos ha dado la mano y es por eso que todos lo amamos”.

Cuando la multitud comienza a deshacerse, él se va a su oficina y reaparece unos momentos después usando una máscara de lucha libre amarilla y roja sumada a sus vestimentas de clérigo. Seguido de dos monaguillos, toma su camino de vuelta atravesando las puertas de la iglesia y se dirige al atril frente al altar.

Un sacerdote con una máscara de lucha libre sonaría bastante extraño, pero el caso de Fray Tormenta se ve y se siente como algo normal. Tal vez se debe a que él mismo diseñó la máscara. “El amarillo”, dice, “es por la energía que Fray Tormenta debe mostrar en el ring. El rojo es por la sangre que debe derramar en nombre de su orfanato”.

Simplemente sacerdote

Al día siguiente, sentado en su oficina vacía dentro de la parroquia, con el cuerpo aparentemente manteniéndose unido sólo por terquedad, Fray Tormenta recuerda ese momento hace 40 años en el que al fin decidió tomar el hábito y ordenarse. Apenas le habían pedido que regresara a México después de haber estado en el seminario en España y en Italia. Aún no había abierto su orfanato y tampoco se había convertido en una estrella de la lucha libre. Aún no era conocido en todo México como una leyenda viva y tampoco era conocido mundialmente como la historia verdadera detrás de dos películas: el sacerdote, que literalmente lucha por los huérfanos a su cuidado.

En ese entonces simplemente era Sergio Gutiérrez, un seminarista con dudas de permanecer en el clero. Trabajaba como ministro laico en Veracruz y se le había asignado rezar el rosario en una parroquia en un deteriorado barrio cerca de la playa. La parroquia estaba llena de “drogadictos, prostitutas y delincuentes”. Cuando terminó el rosario y salió de la parroquia, algunos de esos drogadictos, trabajadoras sexuales y delincuentes juveniles habían llenado el interior de su coche con arena.

“¿Quién hizo esto?”, preguntó al grupo.

“No queremos al clero aquí”, dijo uno de los parroquianos. “Lárguese de aquí”.

Luego el párroco le hizo una oferta inesperada: luchar por su respeto. Si Sergio estaba dispuesto a luchar contra uno de ellos, entonces ellos lo aceptarían en la comunidad. Pero si no, él debería largarse para nunca regresar. “Si peleo, ¿qué pensará la gente de mí?”, recuerda preguntarse a sí mismo. “Pero si no lo hago…”.

El padre Tormenta se persigna a sí mismo en la misma manera que se persignó ese día en la iglesia de Veracruz. “Perdóname, señor”, dice. “Perdóname, padre. Pero voy a hacerlo”. Recibió una golpiza, pero también dio algunos golpes. Después de la pelea, miró a los demás adictos y preguntó: “¿Quién sigue?”.

Este fue el momento que definió su vida.

Su inicio en las drogas

Sergio Gutiérrez nació el 5 de febrero de 1945 en un pueblo remoto en el estado de Hidalgo llamado Cieneguillas y era el decimoséptimo de 18 hermanos y hermanas. La vida ahí era bastante pobre y triste. El padre de Sergio era carbonero. Hacía carbón proveniente de madera quemada, luego lo cargaba en el lomo de un burro o mula y viajaba 10 u 11 horas hacia Pachuca, la ciudad más cercana, para venderlo.

Cuando Sergio era un niño su familia tuvo varios problemas. Sus tíos fueron asesinados en una especie de ajuste de cuentas, así que la familia empacó sus cosas y se fue de ahí. Después llegaron a la Ciudad de México y se asentaron en un barrio bravo en el norte llamado Tres Estrellas, a la sombra de la Basílica de Guadalupe. A los 9 años Sergio ya había aprendido a luchar, se había unido a una pandilla y había comenzado a meterse drogas.

La gran decisión

Esta es la historia del momento en el que el joven Sergio Gutiérrez decidió tomar sus últimos votos para convertirse en un sacerdote, la cual es también el inicio de la historia de cómo se convirtió en luchador:

En Veracruz, Sergio encontró su hogar en la parroquia llena de drogadictos, prostitutas y delincuentes. Él tenía un poco de experiencia musical y ayudó a algunos de los párrocos a que formaran una banda que pudiera tocar en las iglesias y en fiestas. Uno de los músicos, un adolescente a quien llamaban “Pingüino” se metió demasiadas cosas. Sergio lo encontró en mal estado y lo subió a su coche para llevarlo al hospital. Seguro de que era el fin, “Pingüino” le pidió a Sergio que lo confesara. Sergio le dijo que no podía hacer eso. Él no estaba ordenado.

Sergio detuvo el auto. Sostuvo la cabeza de “Pingüino”. El chico murió en sus brazos.

Tres días después del funeral, Sergio decidió que tomaría sus votos formales. El sacerdote le preguntó si quería ordenarse en la catedral de Veracruz, pero Sergio dijo que no. Él quería ordenarse en la iglesia del barrio.

Poco tiempo después, Sergio comenzó a hacerse cargo de niños huérfanos. En sólo un año ya estaba alojando a decenas de niños en la parroquia y en donde sea que pudiera, y luchaba para poder alimentarlos. Lo transfirieron a Puebla, los niños lo siguieron.

El padre Sergio continuó haciéndose cargo de los niños hasta que los altos mandos le pidieron que dejara el orfanato. Él aceptó el consejo de un compañero sacerdote: dejó Puebla por una diócesis que aceptara sus trabajos. Tal lugar lo encontró en Texcoco, la tranquila ciudad en el Estado de México en donde reside actualmente. Él y los niños fueron bienvenidos ahí, pero la diócesis no quiso pagar los costos del orfanato. El padre Sergio tendría que arreglárselas por sí mismo.

“Y ahí”, dice, “surge Fray Tormenta”.

LM

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