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Agencias
Publicado el lunes, 14 de marzo del 2011 a las 15:00
El Cairo, Egipto.- Un mes después de la caída de Hosni Mubarak, la junta militar que gobierna el país más poblado del mundo árabe afronta el reto de administrar el legado del dictador, afianzar la transición democrática, ahogar la resistencia de los nostálgicos y acabar con la violencia sectaria hacia la minoría cristiana copta.
“Fue una larga pesadilla. Ahora siento que mi país camina hacia algo mejor y que finalmente soy dueño de su destino”, explica Mohamed Yehia, un joven de 25 años.
El ex vicepresidente Omar Suleiman necesitó el pasado 11 de febrero dos frases y 49 segundos para asesinar al faraón. Nunca hubiera imaginado el octogenario presidente una despedida tan ruin. Asfixiado por 18 jornadas de protestas, Mubarak fue incapaz de aparecer en pantalla para despedirse de sus súbditos. Su sombra, alargada durante tres décadas, empezó a desvanecerse entre gritos de júbilo en Tahrir y, desde entonces, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas asume una delicada transición.
EL RÉGIMEN ANIMÓ LA LUCHA
Los protagonistas de la plaza de la liberación, icono de la revolución del 25 de enero, asisten ahora con incertidumbre a un periodo marcado por la inestabilidad política, las dificultades económicas y la violencia sectaria que esta semana cobró la vida de 13 cristianos en un humilde barrio de El Cairo. “Hemos descubierto que el régimen animó la lucha sectaria. Los musulmanes y los cristianos somos un mismo pueblo y esta casa es de todos”, señala Mohamed el Sayed, de 50 años.
La purga a los artífices del viejo régimen inició la misma noche de la victoria. Decenas de casos de corrupción han desbordado la oficina del fiscal general. Los expedientes involucran a miembros de la familia de Mubarak, ex ministros, altos funcionarios y empresarios cercanos al Partido Nacional Democrático.
Un mes después, los juzgados asisten a una lenta procesión de acólitos del dictador.
Ya se han sentado en el banquillo el ex ministro de interior Habi el Adly, acusado de lavado de dinero y especulación; los ex ministros de Turismo y Vivienda, Zuhair Garanah and Ahmed el Maghrabi y el magnate Ahmed Ezz, ex secretario de organización del PND y odiado en la calle por haber amasado su fortuna con el monopolio del acero.
DESERCIONES A MILES
El partido de Mubarak ya no es lo que era. Cientos de militantes han desertado. Entre las huidas más sonadas está la de Hosam Badrawi, que resistió en la secretaria general apenas seis jornadas desde su nombramiento a primeros de febrero. La revolución incendió su sede en el centro de la capital hasta reducirla a escombros y ha calcinado su estructura interna.
Además, el ex presidente de esta formación, Hosni Mubarak, fue destituido a finales de febrero coincidiendo con la orden de la justicia egipcia de prohibirle a él y a toda su familia abandonar el país mientras son investigadas las acusaciones presentadas contra ellos en los tribunales. “El principal cambio es que el trato de la policía se ha vuelto humano”, asegura Mohamed.
Los egipcios, que limpiaron la plaza los días posteriores a la caída del dictador, pidieron durante varias semanas la formación de un nuevo Gobierno libre de ligaduras con el régimen de Mubarak. A principios de marzo, la junta militar nombró primer ministro a Esam Sharaf, antiguo hombre de Mubarak que se había sumado al clamor de Tahrir. Sharaf visitó el 4 de marzo la plaza y prometió un sistema democrático. Tres días más tarde su gabinete prestó juramento.
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