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Grupo Zócalo
Publicado el viernes, 27 de febrero del 2026 a las 00:59
Ciudad de México.- Hace decenas de miles de años, cuando humanos modernos y neandertales compartían territorio, no solo intercambiaron herramientas o miradas. También hubo descendencia. Lo que no sabíamos —hasta ahora— era quiénes se emparejaban con mayor frecuencia.
Un nuevo análisis genético publicado este 26 de febrero en la revista Science apunta a una tendencia clara: los cruces ocurrieron, en su mayoría, entre mujeres humanas modernas y varones neandertales.
“No sé si alguna vez tendremos una respuesta definitiva sobre cómo ocurrió esto”, admite el genetista de poblaciones Xinjun Zhang, de la Universidad de Michigan. No hay forma de observar esas interacciones. Solo queda el rastro biológico.
Y ese rastro es contundente.
Los científicos saben desde hace años que buena parte de la población actual —fuera del África subsahariana— conserva un pequeño, pero significativo, porcentaje de ADN neandertal. Algunos de esos genes influyen en la respuesta inmunológica; otros aumentan la susceptibilidad a ciertas enfermedades.
Pero hay un detalle intrigante: el cromosoma X humano tiene menos ADN neandertal del esperado. En cambio, al analizar restos genéticos antiguos, los investigadores encontraron una mayor huella humana en el cromosoma X de los neandertales.
Ese “espejo genético” fue la clave.
El equipo encabezado por Alexander Platt, genetista de la Universidad de Pensilvania, comparó secuencias que se mezclaron hace unos 250 mil años. La explicación más simple encaja con la forma en que se heredan los cromosomas sexuales: las mujeres tienen dos cromosomas X; los hombres, uno X y uno Y. En promedio, dos de cada tres cromosomas X provienen de la madre.
Si durante miles de años fueron más frecuentes los cruces entre mujeres humanas y hombres neandertales, el patrón observado en el ADN actual es exactamente el que cabría esperar.
“Cada vez que neandertales y humanos modernos se aparearon, hubo una preferencia por varones neandertales y mujeres humanas modernas, y no al revés”, explicó Platt.
El estudio no responde a la pregunta más humana de todas: cómo ocurrieron esos encuentros. ¿Fueron alianzas, intercambios entre grupos, desplazamientos forzados? ¿Hubo violencia? No lo sabemos.
El genetista Joshua Akey, de la Universidad de Princeton, quien no participó en la investigación, considera que el trabajo ayuda a completar piezas clave del rompecabezas evolutivo. Aun así, persisten otras hipótesis: quizá la descendencia de hombres humanos y mujeres neandertales no sobrevivía con la misma eficacia.
Pero los autores del estudio apuestan por una interpretación más compleja que la mera selección natural.
“No es solo supervivencia darwiniana”, sostiene Platt. “Es el resultado de cómo interactuamos, de nuestra cultura y nuestro comportamiento”.
En otras palabras, la historia evolutiva no se escribió únicamente con adaptación biológica. También con decisiones, vínculos y dinámicas sociales que, miles de años después, siguen inscritas en nuestro ADN.
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