Coahuila
Hace 7 meses
Cuando el abogado español Ángel Ossorio Gallardo escribió el libro “El ama de la toga”, no lo hizo para distinguir a las personas juzgadoras como figuras de poder, sino para recordarles que debajo de la prenda negra habita un deber moral, una exigencia ética y una conciencia profesional. La toga no es adorno, es conciencia. La toga, decía Ossorio, no es un símbolo de superioridad, sino de humildad y servicio. En tiempos como los nuestros, donde se sigue discutiendo la legitimidad, la autonomía y hasta la supervicencia del Poder Judicial como lo conocemos, vale la pena volver a esa obra breve y luminosa. Más aún, colocarla frente el espejo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y frente al contexto que hoy atraviesa nuestro querido México.
Hoy vivimos un coyuntura en la que la Corte, no solo resuelve controversias constitucionales, encarna una resistencia institucional. El contexto reciente anterior del pleno, o la revisión crítica sobre las normas que afectan al Poder Judicial mismo, han puesto en evidencia que la toga, cuando se porta con convicción, puede ser incómoda para el poder y es cuando toma sentido el principio: “el juez no está para obedecer al más fuerte, sino para someterse a la ley”.
El abogado y profesor uruguayo, Eduardo J. Couture, escribió sus obras para futuros abogados y particularmente en el decálogo del abogado interpela al juez del presente: “El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando”. Esa apología sencilla y demoledora, debería estar escrita en las paredes de cada tribunal constitucional. Pensar jurídicamente es un acto político en el mejor sentido; es colocar a la razón sobre la consigna, al procedimiento sobre la prisa y al derecho sobre el deseo de venganza o popularidad.
En la actualidad, cuando sectores del poder buscan modificar la composición del Poder Judicial bajo argumentos de “democratización”, debemos detenernos a pensar: ¿quién protege al ciudadano cuando el poder se desborda? La toga representa justamente eso, el límite; no del progreso, sino del abuso, no de la voluntad popular, sino de la deformación.
“El alma de la toga”, advierte que la integridad del juez no se mide cuando sus decisiones coinciden con lo esperado, sino cuando sostienen su deber frente a la incomodidad. Eso es lo que la Corte, ha hecho en momentos históricos, resistir embates discursivos, campañas de desprestigio y amenazas.
Esta actitud no puede quedarse colo en la Corte, es un llamado a las y los estudiosos del derecho. La toga se honra cuando se ejerce con autonomía intelectual y responsabilidad, en su sentido profundo, se alimenta de conciencia. Nuestra Corte no es perfecta, pero hoy representa uno de los últimos bastiones de la contención institucional, por eso cobra relevancia recuperar la visión humanista y rigurosa no solo como un homenaje sino como una brújula; la persona juzgadora con alma, sabe que cada sentencia construye y puede consolidar o vulnerar el Estado de Derecho.
El libro “El alma de la toga”, explora la ética y los valores que debe guiar la práctica de la abogacía, enfatiza la importancia de la justicia, la independencia y la responsabilidad en el ejercicio profesional. Si desaparece la toga con conciencia, solo quedará el ropaje en el poder y eso en democracia, no es reforma es retroceso.
Más sobre esta sección Más en Coahuila