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El ardido…

  Por Rosendo Zavala

Publicado el miércoles, 9 de abril del 2014 a las 04:34


Jesús Gabriel se abalanzó contra quien, en su imaginación, daba cariño a su pareja.

Saltillo, Coah.- Sin apartar la vista de su enemigo imaginario, Jesús Gabriel caminó presuroso hasta la camioneta donde saldaría la deuda de honor que creyó pendiente, apuñalando a su rival que cayó sobre la banqueta mientras la muerte lo rondaba complacida.

Tras ver a su víctima tirada en un charco de sangre, el empleado de Gobierno corrió sabiendo que la Policía lo buscaría para cobrarle el crimen que acababa de cometer, porque en el barrio todos sabían que desde hacía tiempo su mujer lo engañaba con el hombre que ya no podía darle explicaciones.

Jornada de fiesta

Animado por la euforia de los festejos patrios, Alberto miraba de reojo el reloj que marcaba lentamente las horas, mientras en la calle los gritos jubilosos de los caminantes le daban una idea de lo que se vivía por toda la ciudad.

Cuando la tarde cayó, el mecánico se apartó de las trivialidades de su oficio, y convencido de haber cumplido a la familia, se perdió en el baño del taller donde se ganaba el sustento. Tras lavarse la cara con el agua fría que avivó sus ilusiones juveniles, buscó a su padre para recordarle que debía irse temprano.

Durante un breve intercambio de palabras que sonaban comunes, el joven tomó las llaves de la camioneta familiar y salió del negocio con prisa justificada, mientras don José lo despedía sin saber que sería la última vez que lo vería con vida.

Ya con la libertad en sus manos, el conductor enfiló el andar del vehículo por las calles de la colonia Topochico, cobijado bajo el manto de la oscuridad que creyó su amiga por los planes que tenía para amanecer la fiesta largamente anhelada.

Minutos después llegó al sitio donde recogió a sus conocidos. Sabían que la noche era joven y animados abordaron la troca en que harían otra escala antes de irse al baile, pues pasarían por su novia.

Triste realidad

En otra parte, Jesús Gabriel se revolcaba en su cama sin poder conciliar el sueño. Había llegado de un extenuante viaje y pretendía espantar el cansancio sin pretexto, mientras su esposa lo esperaba en la casa de los suegros, a escasas cuadras de donde se convertiría en asesino.

Impaciente, “El Gaby” recordaba las fricciones de su pasado reciente cuando caminaba por las calles de la colonia entre los murmullos de los vecinos que con desdén lo señalaban como el hombre que se había convertido en la burla de su propia mujer.

Y es que a decir del celoso marido, Yuvisela traicionaba su matrimonio al sostener encuentros furtivos con el mecánico que idealizaba como el peor de sus enemigos, aunque sus pensamientos eran infundados porque nunca los había visto engañándolo como creía.

Tras varias horas de tregua con la realidad que lo acosaba, el empleado despertó, y como por obra de la inercia se dirigió a la cocina para tomar el cuchillo que escondió entre sus ropas, sabiendo que rondaría los terrenos donde paseaba su rival ficticio.

Caminando por los rincones donde las farolas iluminaban su triste figura, Jesús Gabriel arrastraba los pies como queriendo no llegar al punto donde ya lo esperaba su mujer, tan amada que no podía aceptar las palabrerías de quienes la tachaban de infiel a cada momento.

Mortal encuentro
Ataviados con esmero para la gran velada, Alberto y sus primos daban rienda suelta a la felicidad que parecía perfecta, llegando a la calle Eugenio Benavides para detener el vehículo en el exterior de la residencia donde Jessica se arreglaba con premura.

Mientras su novia salía, el mecánico esperaba recargado en la camioneta sin percatarse de que a unos metros aparecía “El Gaby”, que tras verlo apresuró su andar para saldar definitivamente la deuda que cobró con los más altos intereses.

De pronto, el empleado se abalanzó contra el galán sin darle tiempo de nada, tomándolo por sorpresa para en una rápida ofensiva sacar el cuchillo que portaba y encajárselo en el pecho, ante la mirada aterrada de los testigos, que sorprendidos bajaron del vehículo para contener al furioso atacante.

Aún turbados por la potencial desgracia, Israel y José Luis auxiliaron al moribundo amigo que yacía tendido en el charco de su propia sangre, mientras Perla corría para avisar a Jessica sobre lo ocurrido a las afueras de su casa.

Confundida, la enamorada salió para incriminar al agresor, quien tras reaccionar ante los hechos corrió para evadir a la Policía, aunque sería aprehendido por los agentes ministeriales que realizaron las averiguaciones del caso.

Pensando en el destino de Alberto, sus acompañantes lo subieron a la camioneta para trasladarlo al hospital, donde falleció horas más tarde.

Aunque Jesús Gabriel intentó validar su inocencia alegando haber actuado en defensa propia, los implicados en la trágica escena desmintieron sus versiones ante la justicia, por lo que un juez penal le dictó seis años de prisión bajo el delito de homicidio calificado con ventaja.

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