Nacional
Por Federico Muller
Hace 7 meses
“Casino de Saltillo: piedra angular de clase y memoria viva de la ciudad”.
Anónimo
Ante una pregunta espontánea, pero cargada de inocencia, el experimentado socio del Casino respondió con soltura: “El capital económico es necesario, pero no suficiente. Se requiere también del refinamiento social y cultural, esa sensibilidad que permite al hombre admirar las bellas artes sin perder la capacidad de asombro ante los prodigios de la naturaleza. Como esa puesta de sol que enrojece el horizonte en las tardes otoñales de Saltillo”. El novato interlocutor captó la metáfora, aunque no pudo evitar preguntarse si el comentario era una velada alusión a algún nuevo rico en particular. La escena quedó registrada en el amplio anecdotario del Casino como una de tantas que aluden, sutilmente, a mecanismos de exclusión social.
En un sentido más profundo, el comentario invita a revisar, desde las ciencias sociales -y en particular desde la sociología-, cómo se explican ciertas prácticas en instituciones de carácter elitista. El sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) acuñó los conceptos de capital simbólico, capital social y capital cultural, claves para comprender la conducta y cosmovisión de quienes participan en estos espacios. Para el pensador galo, los tres capitales señalados más el económico (bienes materiales), influyen para que la persona que los posea ascienda o se posicione en la estructura social.
Capital simbólico (reputación y probidad)
Un socio del Casino de clase media, con fuerte sentido de pertenencia institucional, comentaba recientemente: “Los miembros con mayores ingresos rara vez asisten a las reuniones; prefieren enviar a sus choferes algunos domingos por viandas del restaurante. Dicen que el tránsito en el Centro Histórico es excesivo”.
Más allá de la anécdota, el comportamiento revela una dinámica social que puede leerse desde la teoría del capital simbólico: en ciertos espacios, la reputación y la trayectoria social pueden tener más peso que la presencia física. En otras palabras, algunos miembros pueden “estar sin estar”, porque su prestigio ya está consolidado. Como dice una conocida frase popular: “Aun entre iguales, hay unos más iguales que otros”. Lo que se pone en juego no es sólo el capital económico, sino un tipo de distinción menos visible, construida a partir del reconocimiento social acumulado. Lo paradójico es que, en un espacio concebido para convivir, la ausencia de ciertos actores refuerza su exclusividad, en lugar de debilitarla. Esa ausencia con peso simbólico opera como una forma sutil de jerarquización, incluso dentro de una institución que aparenta igualdad entre sus miembros.
Salón de antaño: ‘pasos perdidos’
Los peldaños de la escalera, de pendiente suave, estaban construidos en madera, probablemente de cedro, con un barandal de balaustres torneados a mano, coronado por un pasamano de finos acabados bruñidos. Las damas lucían vestidos largos y los caballeros vestían frac. La escalinata conducía a un pasillo que comunicaba con el salón de baile y con un espacio destinado a los invitados, donde estos, durante los intermedios musicales de la orquesta, podían caminar despreocupadamente e intercambiar frases de cortesía y reconocimiento entre ellos (www.casinodesaltillo.com). Esta tradición se remonta a los espacios donde los nobles hacían antesala y esperaban ser atendidos por funcionarios en las cortes palaciegas francesas. Algunos mexicanos que viajaron a Europa la importaron a México, y fue bien recibida por la clase alta de la sociedad mexicana, y durante años formó parte del protocolo de las tertulias y bailes de los casinos del país.
Del modelo de negocio autárquico, al abierto
Quizá la época más boyante -en términos administrativos- del Casino de Saltillo comenzó con el cambio de paradigma en la economía mexicana: el abandono del modelo rural posrevolucionario y la adopción de la industrialización como motor del desarrollo urbano. Esta transformación se puso en marcha con las políticas impulsadas desde el Gobierno federal durante el sexenio de 1946 a 1952, bajo la presidencia de Miguel Alemán Valdés.
Durante varias décadas, el Casino contó con una membresía que osciló entre 350 y 550 socios (www.casinodesaltillo.com), organizados bajo la figura jurídica de una Asociación Civil (A.C.). Las cuotas ordinarias cubrían sin dificultad los gastos operativos, lo que permitía mantener finanzas sanas sin depender de fuentes externas de financiamiento. Las actividades sociales -desayunos, celebraciones onomásticas, torneos, bailes y otros eventos recreativos- eran de carácter exclusivo para los afiliados, quienes elegían a su mesa directiva en una asamblea general anual. Esta directiva sesionaba regularmente dos veces al mes. Para integrarse al Casino, el requisito era simple pero significativo: adquirir una acción y comprometerse a pagar una cuota mensual.
La competencia de mercado
La pandemia de Covid-19 marcó un punto de inflexión. Fue el factor disuasivo que obligó a romper con una tradición centenaria de operar al margen del mercado abierto. Por primera vez, el Casino tuvo que dejar atrás su lógica exclusiva y abrirse al público, ofreciendo sus instalaciones y servicios como un espacio de renta para eventos. A partir de 2021, el Casino de Saltillo comenzó a competir con salones de fiestas y de bailes en la ciudad.
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