El periodo de los cero a los seis meses es, posiblemente, el fenómeno biológico más explosivo y determinante de toda la existencia humana. Es el momento en que el “mapa” del potencial se convierte en “territorio” real. Este periodo es el “Big Bang” de la consciencia. En este semestre, el cerebro del bebé realiza una hazaña de ingeniería que ninguna supercomputadora podría imitar: pasa de ser un receptor de sensaciones a ser un procesador activo de la realidad. Al nacer, el cerebro del bebé tiene casi todas las neuronas que tendrá el resto de su vida, pero estas neuronas están mayormente desconectadas. Durante los primeros seis meses, se produce lo que los neurocientíficos llaman “exuberancia sináptica”. Según el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard, el cerebro de un lactante forma hasta un millón de nuevas conexiones neuronales (sinapsis) por segundo. Este cableado masivo está determinado por la experiencia. No es un proceso automático; es un proceso interactivo. Las neuronas que “disparan juntas”, se conectan. En este semestre, las áreas encargadas de la visión y la audición son las que presentan mayor actividad, afinándose para distinguir el rostro de la madre entre la multitud y el tono de voz del padre sobre el ruido ambiental.
Muchos padres primerizos se preguntan: “¿Qué puedo comprar para que mi bebé sea más inteligente?”. La ciencia tiene una respuesta sorprendente y gratuita. No son juguetes caros, sino lo que Harvard denomina la interacción de “una acción y una respuesta”
Cuando el bebé balbucea, hace un gesto o llora (la acción), y el adulto responde con contacto visual, palabras o caricias (la respuesta), se están construyendo los cimientos de la arquitectura cerebral. Un estudio publicado por el Dr. Jack P. Shonkoff indica que estas interacciones recíprocas son esenciales para el desarrollo de los circuitos cerebrales. Sin esta respuesta, el cerebro percibe una amenaza a su supervivencia y activa sistemas de estrés que pueden inhibir el crecimiento neuronal. Por tanto, la primera regla para un bebé brillante es la “presencia responsiva”.
Uno de los descubrimientos más importantes de la última década proviene de la Dra. Patricia Kuhl, codirectora del Instituto para el Aprendizaje y las Ciencias del Cerebro de la Universidad de Washington. Sus investigaciones demuestran que, hasta los seis meses, los bebés son “ciudadanos del mundo”. Tienen la capacidad auditiva para distinguir los sonidos de “todos” los idiomas existentes en el planeta. A partir de los seis meses, el cerebro empieza a especializarse en los sonidos de su lengua materna. Los padres pueden potenciar esta inteligencia lingüística utilizando el “habla infantil” (un tono más agudo, lento y melodioso). La Dra. Kuhl ha demostrado que los bebés cuyos padres les hablan directamente y con frecuencia tienen un vocabulario mucho más amplio años después. El cerebro del bebé es una “estadística lingüística”: cuenta cuántas veces escucha ciertos sonidos y los categoriza, creando la red del lenguaje mucho antes de decir su primera palabra.
Durante este semestre, el cerebelo (ubicado en la base del cerebro) experimenta un crecimiento del 240%. Esta zona es responsable del equilibrio y la coordinación motora. A medida que el bebé aprende a sostener la cabeza, a rodar y a intentar alcanzar objetos, está “mapeando” su cuerpo en el cerebro. La libertad de movimiento es fundamental. Los expertos sugieren que el bebe esté algún tiempo boca abajo bajo su supervisión. Cuando el bebé lucha por levantar el pecho, no solo fortalece músculos; está enviando ráfagas de información sensorial al cerebro que refinan su percepción espacial. Un bebé que explora físicamente su entorno está encendiendo sus lóbulos parietales, esenciales para el pensamiento lógico-matemático futuro.
Basándonos en la evidencia de centros de investigación como Stanford y Harvard, hay tres pilares para fomentar la inteligencia en estos primeros 180 días:
1.- Lectura en voz alta desde el día uno: No importa que el bebé no entienda la trama. Escuchar la estructura rítmica del lenguaje y ver los colores de las páginas activa la corteza visual y auditiva simultáneamente. La Academia Americana de Pediatría señala que esto fortalece los vínculos afectivos y la alfabetización temprana.
2.- Eliminación del estrés tóxico: El cortisol (la hormona del estrés) es veneno para las sinapsis en formación. Un hogar tranquilo y una respuesta rápida al llanto del bebé le indican a su cerebro que el mundo es un lugar seguro para explorar, no para defenderse. La seguridad emocional es el prerrequisito de la curiosidad intelectual.
3.- Contacto piel con piel y masajes: El sistema táctil es el primero en madurar. El contacto físico libera oxitocina, que no solo ayuda al crecimiento físico, sino que mejora la arquitectura de los circuitos sociales del cerebro.
El amor es neurobiológico, a menudo se piensa que la inteligencia es algo que se hereda o que se adquiere en la escuela. Sin embargo, la ciencia moderna nos dice que la inteligencia se “siembra” en los primeros seis meses a través del afecto y la estimulación consciente. Las voces de sus padres son la mejor música para sus sinapsis; sus rostros son los libros más fascinantes que verán jamás. Al responder a sus necesidades, no solo están cuidando a un bebé; están esculpiendo una mente. En este corto pero intenso viaje de medio año, los padres son los ingenieros de una de las estructuras más complejas del universo: la mente de su hijo.
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