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El encierro de Mayela: Una historia que ronda el desquiciamiento

  Por Agencia Reforma

Publicado el lunes, 12 de abril del 2010 a las 14:00


En toda fortaleza hay prisioneros. Mayela Saldaña lo fue. Ella, sin embargo, no lo reconoce al venir de bañarse

Monterrey, NL.- En toda fortaleza hay prisioneros. Mayela Saldaña lo fue. Ella, sin embargo, no lo reconoce al venir de bañarse en casa de una vecina y reunirse con otras en un domicilio cercano al suyo en la colonia Valle de las Mitras, al poniente de la ciudad.

De 34 años que cumplirá este 4 de mayo, esta joven pequeña, de cabello negro lacio y mirada triste contesta un rápido “bien” al preguntarle cómo le va en el trabajo que realiza desde hace días haciendo el aseo en un negocio del rumbo.

Una amiga pregunta a esta chica de pantalón de mezclilla y camiseta holgados si comió en alguna de las casas. Alguien más le insiste en que tome terapia, en que le vendría bien ante lo vivido.

Mayela guarda silencio, las mira y sonríe como si no entendiera la insistencia de estas mujeres que han tendido una red de apoyo para ayudarla a salir adelante luego del encierro en que vivió en su propia casa durante los últimos 20 años.

Fue en 1990 que sus padres decidieron tapiar su hogar, mantenerse con lo mínimo de ropa y comida, no dejar entrar a nadie ni tampoco salir a su única hija, entonces de 14 años.

Cuando el pasado 15 de marzo la madre, Deyanira Angélica Salinas Charles murió de un infarto a los 65 años, Mayela dejó el encierro. Dos años antes, su padre Juan Manuel Saldaña Garza falleció también de un infarto. Tenía 64 años.

EL ENIGMA DE SU PRESENCIA

Tras la muerte de Angélica, como le decían a la mujer, los vecinos volvieron a encontrarse con esta chica cuya presencia en la casa había sido un enigma.

También pudieron entrar al domicilio sombrío y casi en ruinas que fue una zona vedada y donde, a ojos de cualquiera, se percibe una historia que ronda el desquiciamiento.

Nada raro se aprecia desde afuera de esa casa achaparrada y de una sola planta. Quizá por ello a algunos vecinos, al ver a un par de viejos solos y reservados, jamás les pareció que algo sospechoso se ocultara entre sus muros.

De hecho, cuando preguntaban por Mayela, los padres decían, dependiendo del interlocutor, que su hija estaba casada en Houston o que vivía con sus tíos o que estudiaba lejos. A la madre incluso le enfadaban las preguntas.

Ya dentro de la vivienda, huele a humedad y encierro. Hay una vieja sala cubierta por plástico y ropas, un televisor, un pequeño comedor y unos cuantos muebles empolvados. El piso y las paredes están sucios, y el techo por dentro de la casa está zarpeado por un cemento blanco que se ha caído a pedazos y que da una impresión alucinante.

“CERRADA DEL COCO”

Por esos años, recuerda, dejó la escuela en segundo de secundaria debido a que sus padres le dijeron que no podían pagar las cuotas y porque es “bien papas y está cerrada del coco” para los estudios.

Mayela afirma que durante los primeros seis años estuvo encerrada en esa casa por una deformación en los pómulos y las sienes que le impedía salir por el dolor y por el temor a burlas.

“Me estiraba de los cabellos y me dolía. Yo lloraba y mamá me decía ‘¡ay, hijita de mi vida! ¿Qué quieres que haga si no tengo dinero para curarte?’. Lo mismo papá, lloraba de tristeza’”.

Juan Manuel trabajó en la empresa Aceros Finos, pero salió por sufrir epilepsia. Según la chica, unos hermanos de él lo “pensionaron” para que siguiera recibiendo dinero, mientras transportaba luces de neón.

La realidad, cuentan los vecinos, es que el hombre lavaba autos en Mitras Centro.

LA CASA

En lo que respecta a su “padecimiento”, Mayela dice que un día en el Hospital Universitario “le atinaron” al medicamento y el mal desapareció. Pero ella se resistió a salir porque su casa estaba húmeda y sucia y le avergonzaba recibir visitas.

Su madre, quien fomentó esa idea, le decía que como podían caer pedazos de techo en los trastes no debían cocinar. Ella nunca lo hacía ni enseñó a su hija, por lo que siempre consumían comida hecha que les llevaba Juan Manuel.

Una vecina recuerda que aunque Angélica decía que su hija no vivía con ellos, algunos desde otras casas llegaban a ver sombras en su patio o escuchaban hablar a la señora con alguien.

Era Mayela. Algunos vecinos, intrigados, llamaron al DIF para denunciarlo, pero Angélica no dejó pasar a los inspectores, que no volvieron.

Su indiferencia y la de los vecinos terminaron por agregarle más años al encierro de la joven.

REDUCIR GASTOS

En el 2008 Juan Manuel murió. Esto provocó que Mayela y su madre redujeran sus gastos para que les alcanzara la pensión de mil 759 pesos.

Fueron sus años más duros en que comían una sola vez al día tortillas, y los fines de semana, las acompañaban con frijoles.

Su madre exigía no gastar agua y a no usar el teléfono, salvo para “emergencias”. Las luces que servían se mantenían apagadas y el televisor se encendía unas cuantas horas al día.

Como para su madre era prioritario el pago de los recibos de los servicios antes que la propia alimentación y otros gastos, trapeaba la casa sólo en verano.

CONSECUENCIAS DEL AISLAMIENTO

Las razones que llevan a los padres o hijos a aislar a otros miembros de su familia son dos: enfermedad no controlable o abuso sexual, señala el psicólogo Jesús Castillo.

“Por lo general la razón es que tienen algún padecimiento que los padres no pueden controlar y no quieren que la gente se dé cuenta porque les da vergüenza, o porque están abusando de ellos, para que no tengan contacto con la sociedad y no los delaten”, explica el ex presidente del Colegio de Psicólogos de Monterrey.

Las consecuencias de vivir dos décadas en aislamiento afecta la percepción del tiempo y el espacio, uno de los indicadores principales que puede trastornar la salud mental, ya que se pierde la noción del tiempo que transcurre y del lugar donde se está.

PARA AYUDAR:
Si desea contactar a REd Solidaria, el teléfono es el 1099-1072 y el correo electrónido {encode=”[email protected]” title=”[email protected]”}

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