Internacional

Publicado el sábado, 28 de junio del 2025 a las 00:55
Ciudad de México.– “Moriré en Estados Unidos. No me voy a ninguna parte. Podría ir a Marte, pero será parte de Estados Unidos”, dijo recientemente Elon Musk en un mitin político en Wisconsin.
Las palabras del dueño de Tesla y el hombre más rico del mundo, quien desde hace tiempo sueña con colonizar Marte, contrastan con el Tratado del Espacio, firmado en 1967, que establece que el espacio exterior no tiene dueño, no es propiedad de nadie, y está regido por normas que todos los Estados firmantes —incluido Estados Unidos— deben respetar.
Inspirado en el Derecho del Mar, el llamado oficialmente Tratado sobre los Principios que Deben Regir las Actividades de los Estados en la Exploración y Utilización del Espacio Ultraterrestre, incluso la Luna y Otros Cuerpos Celestes —conocido como el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre— se firmó el 27 de enero de 1967 y entró en vigor el 10 de octubre de ese mismo año.
El tratado surgió en plena Guerra Fría, cuando crecía el temor a una posible confrontación nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y a que esa rivalidad se trasladara al espacio. Se firmó apenas dos años antes de que el ser humano llegara a la Luna, el 20 de julio de 1969, y unos meses después del lanzamiento del Sputnik, el primer satélite artificial, en 1957.
Desde su firma —realizada simultáneamente en Londres, Moscú y Washington—, el tratado establece los principios fundamentales del derecho espacial internacional, con la premisa de que ningún Estado puede reclamar soberanía sobre el espacio exterior.

Aunque permite la libertad de exploración, el Tratado prohíbe expresamente que la Luna o cualquier otro cuerpo celeste pueda ser apropiado por ningún Estado, ya sea mediante uso, ocupación o cualquier otro medio.
De hecho, la icónica imagen de Neil Armstrong y Buzz Aldrin clavando la bandera estadounidense en la superficie lunar, en julio de 1969, fue solo un gesto simbólico, sin valor legal de reclamación territorial. Lo mismo ocurre con las otras cinco banderas colocadas por las misiones Apolo.
El documento, breve pero contundente —apenas 17 artículos en cinco páginas—, prohíbe la instalación de armas nucleares, el despliegue de bases militares en el espacio y cualquier acción hostil fuera de la Tierra. Hasta ahora, estos principios han sido respetados.
Supervisado por la Organización de las Naciones Unidas, el tratado nació con el objetivo de preservar el espacio para fines pacíficos. Su fuerza radica en la cooperación entre Estados, incluso entre aquellos con posturas políticas enfrentadas.
Un claro ejemplo es la Estación Espacial Internacional (EEI), operativa desde 1998, donde colaboran Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá, la Unión Europea, y más recientemente Brasil y Ucrania.
Desde 1967, el mundo ha cambiado. Empresas privadas, como SpaceX, también han entrado en la carrera espacial, con proyectos de minería de asteroides cada vez más ambiciosos. En 2015, Estados Unidos aprobó su primera ley sobre propiedad de recursos extraídos en el espacio; Luxemburgo hizo lo mismo en 2017.
Estas leyes reconocen la propiedad sobre los recursos (agua, metales, minerales raros), pero solo una vez que hayan sido extraídos, para no entrar en conflicto con el Tratado del Espacio.
El llamado “new space” (nuevo espacio) ya proyecta operaciones sobre los más de 9,000 asteroides cercanos a la Tierra, ricos en elementos como platino, cobalto, zinc, plata, estaño e indio, todos materiales altamente valorados por la industria tecnológica.
La encargada de vigilar el cumplimiento del Tratado es la Oficina de Asuntos del Espacio Exterior de Naciones Unidas (UNOOSA). Actualmente, 112 países lo han ratificado y 23 lo han firmado. Cada uno debe hacerlo cumplir entre sus empresas privadas.

Las recientes declaraciones de Elon Musk no son nuevas. Desde la fundación de SpaceX en 2002, ha hablado abiertamente de la colonización de Marte. Incluso, en los términos de uso de Starlink, su red satelital, se puede leer:
“Para los servicios prestados en Marte, o en tránsito hacia Marte a través de Starship u otra nave espacial, las partes reconocen que Marte es un planeta libre y que ningún gobierno terrestre tiene autoridad ni soberanía sobre sus actividades. Las disputas se resolverán mediante principios de autogobierno, establecidos de buena fe en el momento de la resolución marciana.”
En 2016, durante el Congreso Astronáutico Internacional, Musk reveló su plan para crear un asentamiento humano permanente en Marte, con el objetivo de asegurar la supervivencia de la especie humana “en caso de una catástrofe en la Tierra”.
¿Puede una empresa privada como SpaceX decidir qué leyes aplicar fuera del planeta?
¿Podrá el Tratado del Espacio, creado en plena Guerra Fría, enfrentar el avance de las corporaciones espaciales?
Mientras tanto, Musk declara que no se va de Estados Unidos… aunque esté pensando en mudarse a otro planeta.
Por M. Ángeles Martínez
EFE Reportajes
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