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El Faro Rojo: ‘Brujo’ asesino, defensa de la sangre

  Por Ruta Libre

Publicado el lunes, 6 de abril del 2015 a las 22:31


Decidido a poner en su lugar a quienes hostigaban a sus hijos, Benito dio una tremenda golpiza a ‘La Zorra’

Decidido a poner en su lugar a quienes hostigaban a sus hijos, Benito dio una tremenda golpiza a ‘La Zorra’, cuya vida se extinguió por pleitos de calle

Por Rosendo Zavala / Saltillo, Coahuila.-
Luchando como fiera herida para proteger a sus hijos con todo, Benito respondió la embestida de “La Zorra” con el tablazo que lo convirtió en asesino, porque el peleonero cayó muerto sobre el pavimento ante la mirada del victimario que no dejaba de golpearlo.

Y es que haciendo justicia por su propia mano, el sobandero remató al rijoso hasta ver que ya no respiraba, dando el portazo que lo escondió en el interior de la vivienda que junto a su familia abandonó minutos después, cuando la idea de no convertirse en presidiario lo atacó de pronto.

Pero los esfuerzos por rehacer su vida se esfumaron gracias al oficio que practicaba, cuando agentes ministeriales lo arrestaron durante el operativo donde fingieron ser sus clientes para capturarlo sin problemas mientras regresaba a Saltillo.

BUSCANDO FUTURO

Soportando su pobreza, los Moreno navegaban en el mar de la cotidianidad mientras la violencia los rodeaba inherente.

Inmersa en una sociedad donde la inseguridad era su única opción, la familia había aceptado la realidad y buscando un futuro mejor se estableció en la colonia Chamizal.

Desde que llegaron al barrio, los hijos de Benito se vieron envueltos en los roces con “Los Búhos”, la pandilla local que les hacía la vida miserable a cada instante, aunque los ofendidos evitaban encontrarse con los vándalos para no caer en su juego.

A la par de eso, el naturista labraba un prestigio que creció desmesuradamente entre los vecinos, que a grito abierto vociferaban sus cualidades como sobandero y salvador de las penas físicas que les aquejaban por el trajín de su cotidianidad.

Aquella tarde de mayo, las festividades por el día del trabajo transcurrieron como siempre, las calles lucían pletóricas de basura y los hermanos Moreno se divertían por los rincones del barrio aprovechando el fin de semana que hasta entonces parecía común.

Pero la monotonía del domingo se perdió de pronto, cuando los hijos de Benito se encontraron con la mala suerte que los alcanzó mientras convivían con sus amigos, porque tras dar vuelta en una esquina se toparon con “Los Búhos”, que arremetieron en su contra propinándoles la golpiza que libraron cuando se echaron a correr tras varios minutos de pesadilla.

Aterrorizados, los pubertos llegaron a la casona de la avenida Rosales donde se resguardaron del ataque sufrido, y alterados narraron lo acontecido a su padre que los escuchaba con atención mientras se tragaba el coraje que sentía por lo que le estaban diciendo.

Cuando el tiempo parecía curar los resabios de la batalla, los vapuleados retornaron a la calle sin presupuestar que nada había cambiado, porque al momento se percataron que sus victimarios seguían escondidos entre la inmensidad de la noche, desde donde salieron para atacarlos con una lluvia de piedras y botellazos, gestando el principio de la batalla que cambió el rumbo de sus vidas para siempre.

TRÁGICO DESENLACE

Cuando los rijosos emprendieron la retirada, uno de los golpeados los insultó provocando la furia de José Luis, que envalentonado se apartó de sus amigos y en solitario regresó para encarar a los ofendidos, sin pensar que lo matarían a palos.

Y es que cuando pretendía zarandear a sus víctimas de ocasión, el raterillo no se percató que tras el portón se encontraba Benito, quien midiendo distancias saltó al exterior y de un garrotazo partió la cabeza del peleonero, que cayó como fulminado en las inmediaciones de la calle.

Para rematar a su oponente, el sobandero lo pateó sin piedad hasta darse cuenta que ya no se movía, refugiándose junto a sus hijos en el domicilio mientras el resto de los pandilleros corría para no sufrir la misma suerte del ultimado parrandero.

Desde entonces, la tranquilidad ficticia que reinaba en la colonia se fue para no volver, porque una movilización policial la inundó como parte de las investigaciones en torno al hombre que yacía inerte sobre el pavimento de la calle Rosales, mientras el asesino intentaba distraer a la policía asegurando no saber nada de lo que ocurría…tomando la provisiones necesarias para darse a la fuga.

Pernoctando de incógnito en lugares como Ramos Arizpe y hasta General Cepeda, el prófugo de la justicia intentó esconderse en el anonimato validando sus intenciones durante algún tiempo, donde se ganaba el futuro como obrero para pasar inadvertido.

Aun así, el asesino gastaba la mayor parte de su energía en sanar a quienes ignorando su maldad se acercaban para pedirle “trabajos”, que practicaba con afanes económicos, sin saber que las autoridades ya preparaban la trampa con que lo capturarían días después, cuando por teléfono solicitaron una consulta para atraerlo sin que se diera cuenta.

Horas después, el cuarentón de virtudes gastadas bajó del camión que lo había traído a Saltillo y tras caminar algunos pasos se topó con la realidad, frente a él estaba el grupo de agentes ministeriales que lo aguardaban con una orden de aprehensión bajo el brazo, teniendo que pagar su delito con rejas cuando el destino resultó inevitable para sus aspiraciones de libertad.

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