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Ruta Libre
Publicado el martes, 13 de enero del 2015 a las 00:27
Por Rosendo Zavala / Saltillo, Coah.- Pisando el acelerador de su camioneta para evadir la lluvia de piedras que lo lapidaban, Rafael atropelló al soldador que intentó defenderlo sin éxito, porque el encontronazo resultó tan brutal, que le arrancó la vida casi al instante.
Sintiendo que el destino le había jugado la peor de las bromas, el potencial homicida escapó a toda prisa, mientras una turba de borrachos lo perseguía, buscando hacerse justicia por su propia mano, alcanzándolo cuando pretendía refugiarse en el patio de su casa.
Con la camisa empapada por la extenuante jornada de labores que había realizado, Alejandro llegó a su casa y, fatigado, se dejó caer en el sillón. En su mente sólo albergaba la idea de relajarse, pues el fin de semana se acercaba, con los vestigios de una incansable actividad familiar.
Desde días antes, su mujer le advirtió sobre los planes que tenía para visitar a sus padres en la colonia Ejidal, por lo que el soldador se hizo a la idea de cumplir sin pretextos para quedar bien con sus parientes políticos.
Mientras “Mary” alistaba a la hija de ambos para presentarla con bien ante los abuelos, Alex se entretenía con el refrigerador, que le proveía la cerveza con que mataría el tiempo, mientras la hora de salir a la calle llegaba.
Poco después, el jefe de clan apartó sus ideales de diversión y tirando la botella de cebada en el suelo tomó de la mano a su pequeña, comenzando el éxodo hasta el lugar donde tenían proyectada la reunión familiar planeada desde mediados de semana.
Cuando el sol amenazaba con perderse en el horizonte, los Duarte llegaron a la Ejidal y, tras un frío encuentro con los suegros, Alejandro prefirió salir a la calle, mientras el resto de los suyos convivía en la fiesta, que hasta entonces se desarrollaba con tintes de trivialidad.
Trágica batalla
Tras la llegada de la noche, el soldador entró en calor y, animado por el efecto del alcohol, se perdió entre los placeres de la recreación, ignorando que la tragedia lo acechaba muy de cerca, porque la muerte llegaría sobre ruedas sin que pudiera advertirlo.
De pronto, el rechinar de unas llantas “encendidas” rompió la comunión del festejo, era Rafael que, sin motivo aparente detuvo su troca frente al grupo de amigos que se embriagaban en la acera, fabricando la atmósfera de tensión que dio paso a la tragedia.
Con un tono de inevitable sarcasmo, el conductor pidió a Francisco el teléfono de su hermano, recibiendo a cambio una bofetada de odio que se hizo patente cuando los parranderos lo insultaron exigiendo que se fuera.
Visiblemente alterado, el rijoso bajó de la camioneta para retar a los montoneros que, animados por su superioridad numérica, tiraron una lluvia de proyectiles al osado visitante, que se refugió en el vehículo para no ser alcanzado por las piedras.
En un desesperado intento por salir de la trifulca que él mismo había iniciado, Rafa emprendió la huida que resultaría tan mortal como fallida, porque Alejandro se atravesó a su paso, siendo bestialmente arrollado por el conductor, que tras producir la desgracia se perdió entre las calles de la colonia buscando evadir a la Policía.
Destino escrito
Mientras el soldador yacía inerte en el charco de su propia sangre, los compañeros de parranda se desplegaban por todos lados, hasta ubicar al homicida imprudencial, vapuleándolo salvajemente para someterlo y luego entregarlo a las autoridades, que ya estaban enteradas de lo ocurrido.
Afuera del domicilio donde comenzó el zafarrancho, los parientes del soldador prestaban la atención que de poco sirvió, porque ni los esfuerzos multiplicados de los paramédicos de Bomberos bastaron porque el trabajador murió cuando era ingresado a una clínica del Seguro Social.
Tras confirmarse el deceso, agentes ministeriales comenzaron las indagatorias en el perímetro de conflicto, buscando atar los cabos que les permitieran validar las premisas surgidas al respecto, donde una riña de ocasión había sido la primera de las hipótesis formuladas sobre el crimen.
Durante varias horas, el criminal alegó inocencia y legítima defensa, asegurando desconocer que su rival había muerto tras el incidente, dejando en claro que reaccionó con fiereza para no sufrir los embates de los montoneros.
Sabiendo que era un hombre de bien, Rafael apeló las decisiones del juez penal encargado del caso, por lo que las autoridades penales han decretado dos sentencias condenatorias bajo el delito de homicidio simple doloso.
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