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El Faro Rojo: El estilista, deseo prohibido

  Por Ruta Libre

Publicado el lunes, 24 de agosto del 2015 a las 20:09


Cuando vio que las caricias no resultaban, ‘El Eddy’ decidió abalanzarse contra Enrique, a quien le arrebató la vida a navajazos

Cuando vio que las caricias no resultaban, ‘El Eddy’ decidió abalanzarse contra Enrique, a quien le arrebató la vida con 14 navajazos

Por: Rosendo Zavala / Saltillo, Coah.- Contrariado por no haber podido someter al estilista, Martín Eduardo sacó la navaja que guardaba en la cintura y se abalanzó contra éste, que cayó sin vida tras recibir las 14 puñaladas que lo mandaron al otro mundo, por defender la cadena de oro que tanto apreciaba.

Lo que hasta entonces parecía una noche de copas se transformó en pesadilla, cuando el visitante incómodo decidió culminar su mala obra perpetrando el robo que le hizo huir, hasta que el destino lo alcanzó mientras se escondía en una residencia de los linderos de Saltillo.

Renovando juventud

Respirando la tranquilidad que le hacía ver el mundo de otra forma, “El Eddy” apagó la televisión y como impulsado por la euforia se paró del sillón, donde hasta entonces reposaba su pereza, sabía que ese día podía ser diferente a todos, donde la cotidianidad lo atacaba sin piedad.

Visiblemente inspirado por la idea de renovar su juventud perdida con el matrimonio, el sujeto de barba tosca y mirada ruda caminó hasta el umbral de la puerta por donde se asomaban los rayos de la libertad condicionada, esa que su mujer le negaba con cada reclamo que le hacía desistir en su intento por divertirse con las amistades.

Pero la noche de aquel miércoles era especial, porque a sabiendas de que se reuniría con el amigo que le podría cumplir hasta el último de las caprichos económicos, se despidió de los suyos pretextando que sólo tomaría algunas cervezas con quien sin imaginar se convertiría en su víctima.

Fue así como la extraña camaradería de los parranderos que estaban por reunirse transformó la convivencia en pesadilla, porque tan solo un desaire bastó para que la muerte se posara en el ambiente de la céntrica casona, que sirvió como escenario para el brutal asesinato que marcaría la historia de la ciudad para siempre.

De galanteo

Vistiendo el atuendo de vaquero que le hacía sentirse más viril que de costumbre, Martín Eduardo se acercó a las céntricas calles del primer cuadro saltillense, deteniendo su andar frente a la vivienda donde la fatalidad lo aguardaba con la esencia de la invisibilidad que no pudo notar en ningún momento.

Tras tocar reiteradamente el portón del sitio que hasta entonces parecía normal, una figura salió de entre las penumbras del porche y con melosa voz le invitó a pasar mientras abría el fortín de hierro que irónicamente se convirtió en un bunker de la muerte.

Con la alegría del encuentro tatuada en el rostro, Enrique acomodó a su potencial conquista en la salita donde dejaron correr las horas matizadas con los efectos del vino, mientras los vecinos de la calle De la Fuente descansaban en sus casas reponiéndose de una intensa jornada de trabajo de mediados de semana.

Ya cuando la madrugada se reflejaba en el viejo reloj que adornada una de las paredes del acceso principal, Martín comenzó a voltear para todos lados como tanteando el entorno, advirtiendo que el estilista mostraba ya los estragos del licor que lo hacían vulnerable a cualquier arrumaco sexual que pudieran endilgarle.

Bestial ataque

Bajo ese panorama, el visitante arreció el tono de sus palabras envolventes con el frágil anfitrión, que sintiéndose especial le dio entrada para iniciar el falso jugueteo de caricias que repentinamente acabaron de la peor manera.

Traicionado por el fantasma de la maldad, el invitado jaloneó el cuello del estilista tratando de arrancarle la cadena de oro que éste portaba orgulloso, provocando el enfado del agredido que respondió con los manoteos mutuos que se transformaron en una desigual bronca campal.

Decidido a no perder la oportunidad de hacerse de dinero fácil, Eduardo propinó una feroz golpiza a quien hasta entonces creía un objetivo frágil, pero al ver que su deseo de robar “por la buena” se esfumaba arremetió con más furia para cometer el acto que le arruinó la vida.

En una rápida ofensiva, “El Eddy” sacó la navaja que guardaba entre sus ropas y frustrado por no poder someter a su víctima le encajó el arma repetidamente, dejándolo inerte sobre uno de los sillones que pasó a formar parte de la escena del crimen.

Fallido escape

Manchado con la sangre de quien victimó sin piedad a domicilio, el asesino salió corriendo para evadir las acción de las autoridades, que se dieron por enteradas del suceso cuando el compañero de vivienda del occiso llegó del trabajo ignorando lo que había pasado.

Luego de que éste notificara la tragedia ante la justicia ministerial, un grupo de investigadores comenzó las pesquisas para dar con el paradero del responsable que, sabedor de su mala obra, huyó a Monterrey para sacudirse la presión absoluta que parecía no tener fin.

Tras varios días de intensa búsqueda por todos los rincones del norte mexicano, elementos de la Procuraduría de Coahuila lograron la detención de Martín Eduardo, mediante una orden de aprehensión girada por el juez Penal que tomó las riendas del caso.

Semanas después, “El Eddy” fue condenado a 26 años de prisión bajo el delito de homicidio calificado con ventaja, cometido en agravio del estilista que victimó para atracar, ignorando que con eso finiquitaría la libertad que podría impedirle volver a ver la luz del sol durante el resto de sus días.

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