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El Faro Rojo: La posada, todo por unos tamales

  Por Ruta Libre

Publicado el lunes, 26 de diciembre del 2016 a las 17:06


Pensaba que sería un día de fiesta, pero comer antes de rezar sería el acto de desobediencia que le costaría la vida

Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.- Con la cara llena de odio por ser evidenciado ante todos, Rufino sacó la pistola que guardaba en la cintura y caminó hasta el comedor, en donde ultimó de un balazo a José por negarse a rezar en la posada del pueblo.

Respirando con temor ante lo inminente de su destino, Pepe imploró la ayuda de los presentes que asustados lo subieron a la camioneta para llevarlo a un hospital cercano, sin saber que la osadía del tragón se extinguiría en plena Nochebuena.

Un día diferente

Animado por el sonar de la música que retumbaba en todas partes, Rufino se movía de un lado a otro al recordar que sus vecinos lo habían invitado al rosario que coronaría los festejos de la Navidad en aquel olvidado ejido de General Cepeda.

Mientras a unas casas de distancia todo estaba dispuesto para la pachanga religiosa, en el hogar del campesino existía un apresuramiento atípico, y así transcurría la fatídica jornada del viernes que él mismo mancharía de sangre.

Y es que en Presa de Guadalupe la monotonía era el sello distintivo que todos portaban con resignación, aunque un arranque de furia cambiaría la historia del poblado y sus habitantes que atónitos vivieron la noche más aciaga que hubieran imaginado.

Fue así como el destino dio paso a la noche en el jacalón de los Pérez, que sin esperar la tragedia abrieron las puertas a la concurrencia donde el cincuentón de carácter amargo se mezcló para convertir la posada en el peor de los festejos en la historia del rancho.

Devoción a tope

Con la llegada de la Nochebuena, los invitados al rezo se vieron invadidos por el espíritu navideño que se aderezaba por el frío invernal que caía en la región. Entre ellos Rufino y José que a carcajadas contaban anécdotas ignorando que la tragedia los rondaba muy de cerca.

Hasta antes de medianoche, los devotos de la tradición católica se divertían en el patio de la propiedad de los Pérez, quienes vestían sus mejores galas para tan especial ocasión bajo la idea de que, como todos los años, las fiestas de temporada se llevarían sin contratiempos.

Sentado en una vieja silla, Rufino enumeraba sus hazañas a la concurrencia que atenta lo escuchaba decir mentiras, aunque fingían poner atención para no despertar su ira al saber sus antecedentes de genio atrabancado.

Frente a él, José conversaba con todos inmerso en su propio mundo, por lo que emocionado ante la magnitud del evento, se concentraba en no perder el tiempo y convencido de que se iría temprano decidió embriagarse olvidando el entorno que le rodeaba hasta entonces.

Trágico berrinche

Entre el ruido de los acordeones que llenaban el ambiente, un grito repentino atrajo la atención de los asistentes. Era el anfitrión que con voz imperativa les pedía que se metieran al cuarto donde tenía el nacimiento. El paso del tiempo al 25 de diciembre se había dado y era el momento de comenzar el rosario con que honrarían al Niño Dios.

Atendiendo la orden de su vecino, “Rufo” entró a la pieza en donde junto al resto de los creyentes se hincó frente al pino. Ahí yacía la villa navideña ante la que se ofreció el momento religioso que sería cumbre de la fiesta.

Mientras la turba de ejidatarios se perdía entre la devoción de los cánticos, Pepe asaltaba la cocina en solitario, porque aprovechando la ocasión se sentó en la mesa del comedor para ponerse a comer tamales sin importar lo que dijeran los presentes.

Visiblemente molesto, el potencial homicida salió del cuarto donde todos oraban y con voz baja pidió al tragón que se uniera a las acciones comunales, llevándose una bofetada en el ego cuando José le dijo que no molestara porque estaba ocupado.

Sintiéndose humillado por el desacato del borracho, Rufino se encaminó hasta el comedor con la mente llena de rencor, porque presionado por la mirada de los invitados decidió resolver la afrenta de la peor manera.

Tragedia consumada

Empuñando su revólver calibre .32, el despreciado agricultor apuntó a la cabeza del rebelde jalando el gatillo para dejar salir un disparo, dando paso a la tragedia cuando José cayó malherido ante la concurrencia que se movilizó para auxiliarlo mientras el atacante se daba a la fuga.

Luego de que la muerte levantara la mano para concretar su visita, el falso devoto perdió la batalla contra la adversidad tras ser ingresado a un hospital de Saltillo, mientras la Policía comenzaba la búsqueda del pistolero, a quien encontró dormido en su casa.

Tras enterarse que se había convertido en criminal, Rufino aseguró que sólo pretendía asustar a su compañero de parranda, aunque ni eso bastó para que la justicia lo condenara a 26 años de prisión bajo el delito de homicidio doloso, por lo que ahora paga sus excesos de ira con cárcel.

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