Coahuila

Publicado el domingo, 30 de noviembre del 2025 a las 03:35
Había llegado apurado el sacerdote, respondiendo a la llamada de auxilio espiritual de un feligrés, por su papá que estaba desahuciado en el hospital, en cuidados intensivos.
Sin embargo, no esperaba el sacerdote, encontrarse con un guardia masón, a la entrada del nosocomio, quien tajantemente le dijo que no podía entrar. No valieron las palabras, los ruegos, ni las explicaciones para ablandar el corazón de este señor. El padrecito, no conforme con la negativa, buscó de todas las formas posibles la manera de poder entrar. Sin darse por vencido, y al mejor estilo de la película Misión Imposible, merodeó entre las atestadas salas de espera y los largos pasillos, encontrando una oficina abierta y sin gente, y sobre una sillas, una bata azul de enfermero, una capucha celeste de las que se ponen para la sala de operaciones y un ancho cubrebocas, que lo camuflajeaba completamente. Sin pensarlo dos veces, se puso ese uniforme encima, y se metió por una puerta que decía: no pase, sólo personal autorizado. Y como él traía la autorización del Señor, pasó discreto, sigiloso, pero sin inmutarse.
El guardia masón lo divisó a lo lejos, se le quedó viendo extrañamente, y luego entró rápido a su oficina para hacer llamadas.
Mientras tanto, el padrecito enfermero subió de prisa por el elevador, y con su enmascarado atuendo llegó y se metió hasta la sala de cuidados intensivos. Sin tiempo que perder, se acercó, habló al oído, confesó y ungió al hermano enfermo, quien conectado a máquinas y a tubos por todos lados, sólo le sonrió, y con la luz de sus ojos le agradeció, desde el fondo de su alma.
El padre, dejó su indumentaria en el canasto de la ropa sucia afuera de la enfermería, y salió corriendo atravesando una salida de emergencia, que encontró a su paso.
En su camino, saludó y hasta bendijo a unos policías que venían a toda prisa llegando, por un reporte de un infiltrado que había entrado sospechosamente en el hospital.
A los días, el hermano enfermo fue llamado a la presencia de Dios. Pero aquel día, ese padrecito le arrebató al poder de este mundo, un alma, y la rescató para Dios.
El domingo siguiente, antes de misa, este mismo padrecito dijo a sus numerosos fieles: Hoy, como siempre, ando de buenas pero medio sordo, así es que voy a confesar, y diciendo esto, como el flautista de Hamelin, una larga fila se encaminó detrás de él hacia el rústico confesionario de rejillas, para recibir las mieles de la gracia que Dios a través de este intrépido y humilde sacerdote, repartía a manos llenas.
Con cariño para Mons. Pepe Valdez, de su amigo y pastor, Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola.
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