En este espacio hemos relatado la historia y evolución del lenguaje escrito de diferentes culturas, con sus respectivos símbolos y abecedarios. Ahora toca el turno a algo aún más antiguo en el rubro de la comunicación: El Habla Humana.
La capacidad del ser humano para comunicarse mediante el lenguaje articulado es uno de los rasgos más distintivos de nuestra especie. A diferencia de otros primates, cuya comunicación se basa en gestos, expresiones faciales y vocalizaciones limitadas, los humanos desarrollamos un sistema lingüístico complejo que nos permite transmitir ideas abstractas, emociones, conocimientos y cultura.
El lenguaje humano no surgió de manera repentina, sino como resultado de un largo proceso evolutivo. Los primeros homínidos, como el Australopithecus afarensis, vivieron hace más de tres millones de años y ya mostraban cambios en la estructura craneal que podrían haber facilitado una mayor capacidad vocal. Sin embargo, fue con el Homo habilis y posteriormente el Homo erectus que se observaron avances significativos en la capacidad cerebral y en la coordinación motora, elementos esenciales para el desarrollo del lenguaje.
La aparición del Homo sapiens, hace aproximadamente 300 mil años, marcó un punto de inflexión. Este nuevo homínido no sólo tenía un cerebro más grande, sino también una anatomía vocal más refinada. La combinación de estas características permitió el surgimiento del lenguaje articulado, una herramienta que transformó la forma en que los humanos interactuaban, cooperaban y transmitían conocimiento.
Los primates no humanos, como los chimpancés y los bonobos, poseen formas de comunicación sofisticadas, pero limitadas. Utilizan gestos, expresiones faciales, posturas corporales y vocalizaciones para expresar emociones, advertencias o deseos. Algunos estudios han demostrado que pueden aprender ciertos signos o símbolos, pero su capacidad para combinar estos elementos de manera sintáctica y creativa es extremadamente reducida.
La principal limitación radica en su anatomía vocal. Aunque sus cerebros son relativamente grandes, la forma de su garganta y la posición de la laringe no les permite producir la amplia gama de sonidos que caracteriza al lenguaje humano. Además, carecen de la coordinación motora fina necesaria para articular fonemas (unidad fonológica que no puede descomponerse en unidades sucesivas menores y que es capaz de distinguir significados) con precisión.
La capacidad del ser humano para producir lenguaje articulado está íntimamente ligada a la evolución de su aparato fonador, también conocido como aparato vocal o articulatorio, y que es el conjunto de órganos y estructuras que intervienen en la producción de la voz y el habla humana. Este sistema complejo incluye órganos respiratorios, órganos de fonación, como la faringe, la laringe y las cuerdas vocales, y órganos de articulación, como la lengua, los dientes y los labios, además también intervienen el paladar y la glotis.
La faringe, también conocida como la garganta, es un tubo muscular hueco que se encuentra en el cuello, detrás de la nariz, boca y laringe. Se extiende desde la base del cráneo hasta el esófago y la laringe, actuando como un conducto común para el aire y los alimentos.
En los humanos, la faringe es más larga y está ubicada más abajo en el cuello que en los primates. Esta modificación permite una mayor resonancia y variedad de sonidos, aunque también aumenta el riesgo de atragantamiento, lo que sugiere que la evolución favoreció la comunicación sobre la seguridad alimentaria.
El paladar humano, especialmente el paladar duro, actúa como una superficie contra la cual la lengua puede presionar para formar sonidos específicos. Su forma arqueada contribuye a la modulación del flujo de aire y a la producción de consonantes.
La glotis, ubicada en la laringe, regula el paso del aire y participa en la producción de sonidos mediante la vibración de las cuerdas vocales. En los humanos, su control voluntario permite la entonación, el ritmo y la modulación del habla.
Las cuerdas vocales humanas son altamente flexibles y pueden vibrar a diferentes frecuencias, lo que permite la producción de una amplia gama de tonos y volúmenes. Su coordinación con los músculos respiratorios y faciales es esencial para el habla fluida.
Aunque la anatomía vocal es fundamental, el lenguaje humano no sería posible sin la participación del cerebro. Áreas como el área de Broca (responsable de la producción del habla) y el área de Wernicke (encargada de la comprensión) trabajan en conjunto para procesar y generar lenguaje. Estas regiones están mucho más desarrolladas en los humanos que en otros primates, lo que refuerza la idea de que el lenguaje es una capacidad emergente de la evolución neurológica y anatómica.
La aparición del lenguaje articulado transformó radicalmente la vida de los primeros humanos. Les permitió organizarse en grupos más grandes, transmitir conocimientos complejos, desarrollar mitologías, establecer normas sociales y crear arte. El lenguaje se convirtió en el vehículo de la cultura, y su evolución continúa hasta nuestros días, adaptándose a nuevas tecnologías y formas de interacción.
La expresión lingüística humana es el resultado de una compleja interacción entre evolución biológica, desarrollo neurológico y adaptación social.
Comprender los orígenes del lenguaje es comprender lo que significa ser humano.
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