Coahuila
Hace 9 meses
El 2 de marzo de 1821, en el vasto escenario de la lucha por la independencia, surge el juramento del Plan de Iguala, un acto de solemnidad que resonó en el corazón de un país en busca de identidad y libertad. En aquella fecha emblemática, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero se unieron en un pacto que abrazó las aspiraciones de un pueblo cansado de cadenas: la independencia de México, la igualdad entre sus habitantes y la preservación del catolicismo.
El Plan de Iguala, en su esencia, era un canto a la unidad y a la paz. Buscaba construir un México donde el respeto y la equidad brillasen entre las distintas etnias y clases sociales, un refugio para una nación desgarrada por la guerra y la diversidad. Este pacto ofrecía a los insurgentes y a los realistas el mismo objetivo: la libertad. Sin embargo, en el corazón de la propuesta latía aún la concepción de un imperio monárquico donde se daría cabida a un Gobierno que, aunque prometía libertad, se ató al yugo del antiguo régimen.
Iturbide, en su visión, sostenía que la Constitución que nacería de aquel juramento no sólo era el símbolo de un nuevo reino, sino que también se concebía como un baluarte republicano y federalista. Sin embargo, el camino hacia ese ideal se torcería, pues el autoritarismo y el deseo de poder, arruinarían la esencia de su propuesta.
La solemnidad de aquel día nos invita a reflexionar. Las promesas de unidad y paz trazadas en el Plan de Iguala nos recuerdan que construir un país no es sólo un acto de proclamación, sino un compromiso vivido día a día. A lo largo de la historia, hemos visto cómo las aspiraciones de un grupo se han enfrentado a la realidad de la división y del conflicto. En este sentido, el juramento de Iguala se convierte en un espejo que refleja nuestras luchas contemporáneas, recordándonos la imperfección de cualquier ideal cuando no se nutre de la participación activa y consciente de su pueblo.
Hoy debemos recordar que la Independencia no es sólo un hecho del pasado, sino un legado que se vive en el presente y se proyecta hacia el futuro.
Este año, al recordar el juramento del Plan de Iguala, celebremos el día no sólo como un momento de reflexión histórica, sino como una oportunidad para fomentar el diálogo intercultural. La oportunidad donde se discutan los verdaderos valores de igualdad, libertad y respeto que la historia nos ha legado y que puede ser el paso hacia la construcción del futuro que anhelamos.
Alcemos la voz y gritemos el nombre de México, no solo como un país, sino como la posibilidad de ser una comunidad unida en la diversidad, donde cada juramento, cada acto, cada palabra, construyen la historia que juntos soñamos.
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