En estas fechas navideñas, todas las personas, quizás casi sin darnos cuenta, entramos en un mismo ritual colectivo, en el que el papel protagonista lo ocupan los regalos.
Pensamos en los que nos gustaría dar, pero también en los que esperamos recibir; en aquellos que no podemos permitirnos porque son demasiado caros y en los que ya no están a nuestro alcance porque la vida, la distancia, el tiempo u otras circunstancias son obstáculos imposibles de superar.
Es también en estos días cuando nos aventuramos con mayor frecuencia a los centros comerciales o navegamos por la web en la búsqueda del regalo perfecto: una combinación de afecto, expectativas –propias y ajenas– y presupuesto.
Todas las personas, de una u otra manera, buscamos algún detalle: algo que sorprenda y emocione, o tal vez sea simplemente algo que cumpla con un compromiso.
Pero ¿cuál es realmente el mejor regalo? No es el más costoso, ni el más nuevo, ni el más comentado en redes sociales. Para mí, los mejores regalos no se encuentran en una tienda ni en una página web. Tampoco necesitan ir envueltos en papel brillante con motivos navideños.
Los mejores regalos son intangibles. Uno de ellos es el tiempo: ese mismo que decimos no tener, no solo para las demás personas, sino ni siquiera para nosotras y nosotros mismos, salvo de forma fragmentada, interrumpida y condicionada.
Un tiempo que se va entre compromisos, pendientes y urgencias. Tiempo para hacer lo que nos gusta sin mirar constantemente el reloj; tiempo de descanso sin la necesidad de que sea mediblemente productivo; tiempo para disfrutar de una conversación que no tenga una finalidad inmediata. Estos son regalos maravillosos.
Otro de los mejores regalos que podemos dar y recibir es la paz interior: esa sensación que nos reconcilia con quienes somos, incluso cuando no encajamos en las exigencias propias o ajenas.
Es la calma que aparece cuando soltamos las expectativas, aceptamos la realidad en la que vivimos y dejamos de estar en permanente conflicto con ella. Una paz que nos permite convivir con situaciones incomodas y personas difíciles, incluso con aquellas que quizás nunca nos van a querer ni a elegir.
Uno de los mejores regalos es también dar y recibir amor: ese sentimiento que se expresa en gestos pequeños, constantes e imperfectos, que se mide en presencia y apoyo.
El amor que ofrecemos a las demás personas, pero también el que nos damos a nosotras y nosotros mismos cuando nos tratamos con la misma ternura con la que tratamos a las personas que amamos.
Un amor que vive de abrazos sinceros, que no cumplen una función social, sino que funciona como pequeñas curitas para el alma; que se dan por conexión y no por obligación, y que sostienen incluso cuando las palabras no alcanzan.
Otro gran regalo es la satisfacción por lo logrado y por los sueños cumplidos. Reconocer el camino recorrido, mirar atrás y aceptar que, aunque no fue fácil, llegamos a una meta importante gracias a esfuerzos que quizás nadie aplaudió y a batallas que libramos en silencio.
Y también es un regalo la emoción por lo que vendrá: por los sueños que siguen vivos, por la capacidad de ilusionarnos sin garantías, pero con la confianza que nos esperan cosas muy buenas.
Tal vez los mejores regalos no vienen forrados de papel navideño, no se encuentran bajo el pino ni se presumen en fotografías, pero sí transmiten calma, paz y humanidad. El mejor regalo no se compra, pero lo transforma todo.
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