Todas las personas tenemos miedos. Quizás algunos son más comunes, como los que genera la presencia de algún animal peligroso —como las arañas, las ratas o las serpientes— o el tener que enfrentar ciertas situaciones, como, por ejemplo, hablar en público. También muchas personas sufren de fobias específicas como el miedo a las alturas o a los espacios cerrados, entre otras.
Sin querer indagar en las causas u orígenes de los miedos, en general, solemos temer a todas aquellas situaciones que no conocemos ni entendemos y, por consiguiente, creemos que no controlamos o en las que nos sentimos en peligro.
Si salimos de la perspectiva individualista de nuestros miedos y miramos los miedos temores que tenemos como humanidad, estos se dirigen hacia todo aquello que vemos o percibimos como diferente a nosotros y que, por lo tanto, nos asusta. Esta percepción es la raíz principal de prejuicios como el racismo, la xenofobia, la misoginia y todas aquellas formas de odio fundadas en características propias y específicas de grupos y personas, ya sea por su etnia, religión, sexo, género, orientación sexual y/o política, entre muchas otras.
La gran mayoría de los miedos son irreales o irracionales. No existen en la realidad ni en el presente. Derivan de un pensamiento imaginario, distorsionado y tendente al catastrofismo. Uno de los miedos más absurdos que hemos tenido y seguimos teniendo como humanidad – y la historia ha sido testigo de ello – es el miedo al conocimiento y a la educación.
Pensemos, por ejemplo, en todas las bibliotecas quemadas a lo largo de los siglos, los manuscritos destruidos y en las personas perseguidas por cometer uno de los delitos evidentemente considerados más graves y peligrosos: pensar, aprender y enseñar.
¡Qué absurdo, verdad! Y la absurdidad no termina aquí: este miedo se transforma en terror cuando el conocimiento encuentra la experiencia y el buen juicio para convertirse en sabiduría. Pero no una sabiduría cualquiera, sino una con voz de mujer.
Pensemos por ejemplo en Hipatia de Alejandría, filósofa, astrónoma y matemática, asesinada por atreverse a enseñar en un mundo que consideraba una amenaza la inteligencia femenina. O pensemos también en todas las mujeres que durante siglos fueron condenadas por sus conocimientos y saberes, que automáticamente las convertían en brujas y, como tales, en mujeres muy peligrosas.
Hoy quizás ya no hay hogueras en las plazas públicas. Pero el miedo, muchas veces disfrazado de resistencia velada, hacia la sabiduría femenina sigue existiendo. Tal vez las formas de intentar apagar la luz de la sabiduría femenina son mucho más sutiles: por ejemplo, mediante la deslegitimación e invisibilización del conocimiento femenino, sembrando dudas sobre la calidad de su trabajo académico y científico, exigiéndoles modestia intelectual (que se contrapone al fomento de la admiración al trabajo masculino) o inclusive aumentando la brecha de acceso a las mismas oportunidades.
Pero las mujeres no nos rendimos y la sabiduría femenina resiste, sobreviviendo en cada niña y mujer que hace preguntas, que lee, que duda, que enseña, que crea, que quiere aprender y que no se deja frenar por todas aquellas personas –hombres y mujeres, familiares y desconocidas– que tratan de minimizar y desvalorizar lo que hacemos.
Pensar y aprender son actos de libertad y son los cimientos que nos permiten construir y fortalecer importantes espacios personales, espirituales y existenciales.
La sabiduría, la educación y el conocimiento son las herramientas más importantes que tenemos como humanidad para transformar el mundo. Y cuando tienen voz de mujer no hay llamas, hogueras o silencio que podrán detenerla.
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