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Coahuila

El ombligo del sabor

Por Lizbeth Ogazón Nava

Hace 3 meses

No era fácil para una persona que conoció la vida a través de la cocina entender el mundo exterior”.Laura Esquivel. 

 

México siempre ha tenido una geografía privilegiada. Su nombre mismo según versiones de filólogos nahuatlatos significa “en el ombligo de la luna”.

Antes de la conquista, había una vida cultural y comercial intensa, así como migraciones que vincularon a los pueblos en lo que hoy conocemos como Mesoamérica.

Eso da origen a un platillo endémico; el mulli, una salsa elaborada con una variedad de chiles, semillas de calabaza, hierba, santa y epazote, así como tomate y masa de maíz. Los cuales se molían en metate y se cocinaban en ollas para aderezar carne que solía ser de guajolote.

La organización colonial convirtió a lo que hoy es nuestro país en el lugar señero donde confluirían dos grandes océanos que permitieron enriquecer el platillo por el pacífico en la Nao de China y por el golfo de México en la flota de Indias.

Si la ciudad de México era el centro económico mundial.  La ciudad de Puebla era la sede del sincretismo que iba a gestar nuestra cultura.

En los fogones de esa ciudad intermedia entre las rutas comerciales más importantes. Las mayoras, mujeres geniales que aún son parte de esa cultura culinaria que es reconocida por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad inspiradas en el mulli y con las exclusivas despensas abastecidas con los ingredientes de cuatro continentes, crearon el mole. Ese mestizaje no sólo es el sabor, sino la prueba de nuestra identidad como nación.

El privilegio de abuela tamaulipeca que por matrimonio vivió en Puebla y en su cocina en Saltillo liberada y fuerte, llenó de recuerdos mi niñez, con los sabores del mole. Así, al crepúsculo del cerro del pueblo, las bandadas de pájaros de la Alameda y el teñir de las campanas del Santuario, se añadió a la memoria de niña que viví, el sabor de la segunda tierra adoptiva de mi abuela. Gracias a depositarlos ahí, los mantengo y me vuelven envueltos en sabor, cada que preparo con mi madre o con mi marido, una cazuela de mole poblano.

 

La memoria

derrota al olvido

en cada bocado.

 

Eterna

en la victoria de un recuerdo

abierto,

lo cato recolectar

en ristra de sabores

que el sentimiento recoge.

 

Y viajo por el mundo

en el singular punto

donde confluyen

sus continentes y sus océanos,

amalgamas

de una ración de vida.

 

Clavada

de rememoraciones

alcanza mi paladar

para entregarme

el mundo todo

en una versión de mí

que dejaré

tal me la heredaron.

 

 

 

 

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