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El otro Julio

Por Guadalupe Loaeza

Hace 2 semanas

El otro Julio, Julio Iglesias, resultó ser uno más de los hombres con mucho poder y dinero, en especial de la farándula, a quienes no les basta su fama, sino que se sienten amos y señores de sus víctimas. Escuchemos a Rebeca (un nombre ficticio), una de las dos mujeres que denunciaron al cantante de abuso sexual en su residencia de Punta Cana, en República Dominicana.

Al final del día la citaba en su habitación y la manoseaba sin su consentimiento. “Me usaba casi todas las noches. Me sentía como un objeto, como una esclava”. Entonces Rebeca, trabajadora doméstica dominicana, tenía 22 años y, además de abusar de ella, Iglesias le proponía tríos sexuales con otras empleadas. “Tenía mánagers femeninas que normalizaban el maltrato y propiciaban que todas las demandas de Iglesias fueran atendidas. Por ejemplo, les requerían exámenes ginecológicos y de enfermedades de transmisión sexual y les controlaban el peso. Según sus testimonios, la paz sólo llegaba cuando la esposa de Iglesias, la neerlandesa Miranda Rijnsburger, se encontraba de visita” (Reforma). Pero eso no era todo, el otro Julio también era golpeador. Cuenta Rebeca que le daba cachetadas.

La otra denunciante, llamada ficticiamente Laura, de profesión fisioterapeuta (Iglesias padece de un osteoblastoma, un tumor en la columna), era amenazada constantemente con despedirla, le controlaba la cantidad de comida que ingería y la interrogaba de forma insolente sobre cuándo le venía la regla y, por si fuera poco, le reprochaba que estaba gorda y que tenía que adelgazar. “Había chicas que no podían decir que no. Y él hacía lo que quería con ellas”. Los medios que investigaron el caso por tres años, elDiario.es y Univision, afirman que cuentan con pruebas documentales, como fotografías, registros telefónicos, mensajes de texto e informes médicos, que respaldan las denuncias. Además, el reportaje cita a otros exempleados del cantante que describen un ambiente laboral amenazante y de gran estrés.

El otro Julio, es decir, el depravado de ahora, tiene 82 años, se injerta cabellos, se ha hecho varias cirugías estéticas, lo que lo hace verse muy extraño; debido, también, a sus eternas exposiciones al sol. Además, tiene una dentadura más falsa que un billete de dos pesos. Francamente, el otro Julio es horrible por afuera, aunque más por adentro. Confieso, como a muchas mujeres de diferentes nacionalidades y edades, que antes me gustaba Julio Iglesias, al que veía fotografiado vestido todo de blanco, con su blazer azul marino de botones dorados, su sonrisa impecable y su mirada de conquistador, mientras cantaba con su acento Me olvidé de vivir, escrita por Pierre Billon y Jacques Revaux, y popularizada por Johnny Hallyday.

En una ocasión, tuve un diálogo de lo más surrealista con Jacqueline, la abuela francesa de mis hijos. “J’adore Julio”. “Moi aussi!”, le dije con mucho entusiasmo pensando que se refería a Julio Cortázar. “Je rêve de lui”. “Moi aussi”, le contesté que también soñaba con él. Y así estuvimos varios minutos cada quien hablando de su Julio. Cuando le aclaré que el mío era un gran escritor argentino, me dijo: “No sabía que Julio Iglesias escribía”… “Iglesias no escribe ni sus canciones”, le contesté. Si Jacqueline se hubiera enterado de que su Julio en realidad era un abusador, no me lo hubiera creído.

Aunque Julio Iglesias ha vendido más de 300 millones de discos en todo el mundo, tanto Más Madrid como el PSOE exigen a la Presidenta autonómica, Isabel Díaz Ayuso, que le retire la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid. “Las instituciones deben demostrar que el dinero y la fama no pueden comprar la impunidad. El machismo debe ser incompatible con cualquier distinción institucional”, manifestó Manuela Bergerot, portavoz de Más Madrid. Pero las consecuencias de sus actos no llegarán sólo hasta allí: los editores de la biografía de Julio Iglesias, “El español que enamoró al mundo” de Ignacio Peyró, anunciaron que revisarán y actualizarán el libro para recoger las más recientes denuncias.

Seguramente, el otro Julio, encerrado y solo en su habitación en penumbras, canta a susurros una de las estrofas de su mayor éxito, pero que ahora, denunciado como está, toma otro cariz: “De tanto ocultar la verdad con mentiras / me engañé sin saber que era yo quien perdía. / De tanto esperar, yo que nunca ofrecía, / hoy me toca llorar. / Yo que siempre reía…”.

 

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