Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Sheinbaum mantendrá médicos cubanos y defiende cooperación sanitaria con Cuba pese a presión de EU El Instituto de Cine Británico distingue a Guillermo del Toro y le dedica ‘temporada’ a su filmografía Video muestra que menor atacó directamente a las maestras; Fiscalía de Michoacán busca su celular Localizan restos humanos en avenida de Tlajomulco, Jalisco Melania Trump acude a evento de la Casa Blanca acompañada por robot humanoide

Zócalo

|

Opinión

|

Información

< Opinión

Opinión

El peine

  Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Publicado el domingo, 28 de diciembre del 2025 a las 03:35


Es en ese momento, que me acerco, y le pregunto: joven, buenas noches, ¿tendrás un peine que me vendas?

¿No les ha pasado alguna vez, que se les ha extraviado la maleta, o la han dejado en la central de autobuses o en el aeropuerto? ¿No les ha ocurrido que se les ha olvidado algo por empacar, un cambio de ropa, un jabón, etc? 

Pues esa mañana de viernes había tenido varias reuniones importantes en el Obispado. Me había ido a comer a mi casa, preparado mi maleta, echado al carro los regalos que entregaría al día siguiente en el seminario, y me había dirigido a este último para tener un círculo de lectura a las 4 pm, con los seminaristas del menor. La sesión estuvo espectacular, pues analizamos de cabo a rabo, la novela de George Orwell, la Rebelión en la Granja, todo un clásico de la literatura, y nuestros alumnos se mostraron a la altura, por lo que salí de ahí muy complacido, rumbo a Sabinas, Coahuila, donde tendría otra interesante reunión a las 6:45 pm, con empresarios locales para escuchar una conferencia sobre un proyecto católico, llamado “His Way of Work”, para consagrar las empresas a Dios nuestro Señor. Llegué rayando al evento, el cual resultó magnífico, aprendiendo una manera diferente de trabajar, poniendo a Dios como centro del negocio, después de lo cual, pasadas las 9 pm, nos fuimos a cenar a un céntrico restaurante con los organizadores, con quienes tuvimos una fructífera charla, terminando cerca de la medianoche, cuando algunos nos retiramos a descansar. Sin embargo al llegar al estacionamiento del hotel, que estaba muy oscuro por cierto, sólo veo en mi carro, las cajas con los regalos que llevaría al seminario, y comienzo a auscultar por debajo y por encima de ellos, los hice a un lado, abrí todas las puertas y la cajuela, y es cuando me percato que se me había olvidado echar la maleta. Acudí a la recepción, a preguntar si tenían o vendían artículos de aseo personal, obteniendo una respuesta gentil pero negativa. Pregunto si hay alguna tienda abierta, y me indican que hay una muy cerquita. 

Salgo y efectivamente me encuentro un Oxxo, con luces por dentro encendidas pero cerrado, camino a la plaza principal del pueblo, y más adelante veo una tienda Express 57 abierta, a la que entro, ahí compro algunos artículos personales, pero, no había peine, y al día siguiente tendría un desayuno formal con una importante familia, por lo que vuelvo a caminar por alrededor de la plaza, y veo otro Oxxo, que decía, abierto 24 horas, es mi salvación me dije, toco, abren el candado y entro, merodeo, no encuentro nada y pregunto, ¿tendrá un peine o un cepillo que me venda? A lo que me responde el dependiente, en los 20 años que tengo en este lugar, jamás hemos vendido un solo peine. Salí desconsolado y desalentado del negocio, resignado a irme al día siguiente sin peinar, en eso, cruzo la plaza principal, y justo en medio de ella, muy pasadas las 12 de la noche, como sacado de un cuento de Navidad, aparece un luminoso localito, sólo, de esos que se ponen en las ferias de los pueblos, con techito de manta y mesas atiborradas de objetos navideños. Un buen muchacho, con un gorro rojo de navidad en la cabeza estaba ahí sentado, recargado en su silla de metal, triste y desolado, esperando a que un alma se compadeciera en esa noche fría, vacía, y se dignara pasar por su tiendita, que vendía nacimientos, heno, musgo, esferas y series de mil colores. 

Es en ese momento, que me acerco, y le pregunto: joven, buenas noches, ¿tendrás un peine que me vendas? Como resorte se puso de pie, y empezó a buscar agachándose entre sus cajas y bolsas, tendría que hallar uno, no podía dejar ir al ciente, no podía dejar escapar su oportunidad de vender al menos un producto esa helada noche, y como por arte de magia, encontró uno, no era un cepillo con mango de hueso de marfil con cerdas de bambú, sino uno de plástico color verde pino, que para el caso funcionaba perfectamente. Casi me lo regala, porque me lo vendió muy barato, aunque debí haberlo pagado a precio de oro, pero bueno, bendigo al muchacho hasta el día de hoy. Al día siguiente, ya con la gentil familia que me esperaba, almorcé bien contento, con la misma ropa, pero bien peinado, ¡qué tal!  

+Alfonso G. Miranda Guardiola 

Notas Relacionadas

Más sobre esta sección Más en Opinión