Hace 5 años
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.
Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.
Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.
SEIS MESES EN EN FIN DEL MUNDO
No hubo muchas alternativas después del primer encuentro con “eso que salió de los pozos”; esas cosas, tan pronto vieron la luz del día, comenzaron a atacar a todo ser vivo a su alcance. Las ciudades, en especial las más grandes metrópolis, fueron con mucho las más afectadas; éstas eran en apariencia los objetivos primordiales de las criaturas que más adelante serían conocidas como sheitans, vocablo árabe para referirse al Diablo, y que fue adoptado debido a que el mundo cristiano rehusaba verse ligado a tales aberraciones.
—Los sheitans se han visto en varias formas y tamaños pero todos tienen cosas en común: son monstruosos, violentos y provienen de enormes agujeros en la tierra. —Se podía escuchar durante las transmisiones televisivas y de radio antes de que la señal dejara de transmitirse. —Se recomienda a todos los televidentes y radio escuchas que permanezcan en sus casas a la espera de la llegada de las fuerzas militares, quienes inmediatamente los llevarán a un lugar seguro. —Finalizaban cada transmisión.
Dichos agujeros se formaron violentamente después de intensos temblores que azotaron simultáneamente varias partes de la superficie terrestre, tragándose al formarse cuánto hubiese sobre ellos. Algunos de esos pozos eran pequeños, de apenas unos cuantos metros de diámetro, de ellos emergieron principalmente criaturas humanoides y aberrantes, de tamaño sólo un poco mayor que el de una persona; otros pozos eran enormes, alcanzando una circunferencia de varios kilómetros, era de estos últimos de donde salieron seres gigantescos, que eran los peores.
—Manténganse alejados de ellos en todo momento y eviten confrontaciones. No se les puede matar, repito, NO SE LES PUEDE MATAR.
Debido a su gran resistencia al daño, proveniente de su gruesa piel y ausencia de puntos vitales, en un principio se pensó que se trataba de criaturas invulnerables e inmortales; con el tiempo se comprobó que eso no era cierto, los sheitans eran seres vivos y, por lo tanto, era posible aniquilarlos.
—Se les ha categorizado en tres clases: Los “Humanoides” son sólo un poco más grandes que los humanos aunque mucho más robustos y muy desagradables de ver; se les puede reconocer por su apariencia, similar a la de un gorila pero descarnado, encorvado y de escaso pelaje. En su mayoría son bípedos; muy peligrosos debido a su ferocidad y abundancia; capaces de saltar grandes distancias y de alcanzar velocidades de casi 50 kilómetros por hora; además de tener también una fuerza y fortaleza muy superiores a la de cualquier animal de su tamaño conocido. Algunos tenían alas y podían volar por cortos períodos de tiempo.
Tenían la fuerza para destrozar el concreto y atravesar el metal con sólo unos cuantos zarpazos. Afortunadamente para la causa humana no se les pudo constatar mucha inteligencia, hecho que fuera la mejor arma en su contra.
—La segunda clase, los “Grandes”, los hay desde aquellos un poco mayores que una vagoneta familiar hasta otros más altos que una casa. En su mayoría usan sus cuatro extremidades para desplazarse tal y como hacen los gorilas. Su fuerza no tiene comparación con la de los pequeños.
Fueron ellos los que causaron la mayoría de los destrozos en las zonas urbanas. Eran tan grotescos como los pequeños.
—El tercer grupo son los “Gigantes”. Ellos salieron de los pozos de mayor tamaño; reposan entre los edificios por lo que pueden ser difíciles de ubicar a nivel de piso. Alcanzan decenas de metros de altura y es posible escucharlos a kilómetros de distancia ya que emiten un sonido desagradable parecido a un terrible lamento humano. Avanzan a paso lento. Por su gran tamaño son virtualmente invencibles pero también les impide ver lo que sucede inmediatamente abajo de ellos.
Se habían divisado pocos pero eran ellos quienes habían destruido la mayor parte de las zonas urbanas. Parecían mamíferos, con piel verrugosa y algo de pelaje marrón; muchos de ellos eran totalmente bípedos y no utilizaban sus brazos para apoyarse, lo que los hacía aún más imponentes. Despedían un olor fétido que, por fortuna, anunciaba su proximidad. Aunque muy diferente de ellos, a este grupo pertenecía el Dragón, la bestia de mayor tamaño que fuese vista en el oriente medio cuando todo inició.
Aunque por su apariencia parecieran demonios provenientes del infierno, los sheitans eran criaturas vivas, se les podía matar. Los humanoides podían ser aniquilados con armamento convencional, aunque se necesitaba de una considerable cantidad de municiones para ser derribados gracias a la combinación de su gruesa piel y la ausencia de suficientes puntos vitales en su organismo; la mayor parte de su cuerpo era músculo y hueso. Al igual que los humanos eran las cabezas los puntos más vulnerables al contener el cerebro, el cual estaba protegido por un cráneo tan resistente que era capaz de detener balas de gran calibre.
Inicialmente se intentó rescatar a los sobrevivientes, todos los días las fuerzas militares incursionaban en las ciudades y buscaban sacar con vida a cuantas personas fuese posible; pero cuanto más se adentraban en las urbes, más criaturas se encontraban y más difícil se volvían los rescates; las bajas de soldados y civiles eran cada día mayores y, poco a poco, la idea de salvar a los pobres citadinos fue descartada por inviable y “poco conveniente”, millones de personas fueron dejadas a su suerte.
Las armas nucleares fueron ineficaces, el ataque que se intentó mató muy pocas criaturas y la radiactividad resultante no les causó daño, pero sí que dejó un radio inhabitable de más de once mil kilómetros cuadrados en cada ciudad afectada, circunferencia que impedía a las fuerzas militares ingresar a combatirlas o cerrar el cerco eficazmente. Los sheitans proliferaron al no encontrar resistencia en la zona radiactiva, la contención, aunque fue intentada, no fue posible y decenas de miles de criaturas lograron dispersarse, escapando de las zonas identificadas y perdiéndose en el terreno alrededor, atacando todo a su paso.
Millones de elementos de infantería fueron desplegados alrededor del mundo con el objetivo de exterminar uno por uno a los sheitans. Tras poco tiempo de iniciados los combates, las fuerzas armadas comenzaron a sucumbir sin lograr hacer mella en los números de los demonios; la orden de retirada no llegaba.
A los afortunados que lograron ser evacuados se les llevó a diversos campamentos, ubicados en las zonas rurales y lejos de las áreas urbanas y de los puntos de propagación de sheitans; ofrecían a sus pobladores seguridad, alimento, organización e incluso, algunos de ellos, comodidades suficientes para resistir por tiempo indeterminado. Fueron levantados en granjas, escuelas, zonas boscosas o en lo alto de algunas montañas y otorgaban una seguridad mayor que la que se encontraba en sus contrapartes citadinas, los sheitans rara vez se aventuraban fuera de las ciudades; lamentablemente esto último estaba cambiando, las bestias comenzaban a esparcirse. Los campamentos más vulnerables montaban barreras o creaban pozos o barricadas; precaución que brindaba alivio meramente psicológico pues nada de eso era efectivo ante las criaturas.
La mejor oportunidad que cualquiera tendría de sobrevivir era ser trasladado a uno de los diecisiete mega-campamentos alrededor del mundo, cuidadosamente diseñados para resistir largo tiempo el impacto de grandes cataclismos. Habían sido construidos a priori como una medida de seguridad en caso de un evento de destrucción global. Estaban mejor protegidos que cualquier otro, en su construcción se aprovechaban recursos naturales como barreras protectoras por lo que la misma dificultad que los hacía de difícil acceso para una persona servía de mecanismo de defensa contra los sheitans. Eran autosustentables, contruidos en las zonas más remotas e inaccesibles del mundo: en medio de densos y frondosos bosques, en lo alto de las montañas más altas e inalcanzables, en zonas, ya fueran desérticas, ya sean heladas, muy distantes de la civilización. Tenían la capacidad de albergar y mantener a cientos de miles de sobrevivientes; contaban con energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas y una seguridad impresionante. Era en esos campamentos donde la humanidad buscaba resistir el tiempo que fuese necesario, era a ellos a donde los gobernantes de todo el mundo huyeron para mantener funcionales sus operaciones. Eran indispensables en la lucha por la sobrevivencia, contaban con lo que quedaba del poderío militar mundial; se convirtieron en el sistema nervioso de la civilización, la última oportunidad de respuesta.
Era dentro de uno de los mega-campamentos más grandes y avanzados tecnológicamente, desde donde un nutrido grupo de personas se encontraba reunida alrededor de un sólo individuo que, al centro y bajo la constante atención de la concurrencia, parloteaba para ellos.
—El fin de los tiempos no es algo inmediato. —Dijo el predicador mientras se encontraba de pie sobre una butaca, lo suficientemente elevado para ver claramente a cada uno de los casi veinte oyentes que tenía a su disposición, quienes lo veían con interés. —No crean lo que se ve en las películas, la televisión o en los videojuegos; no es un interruptor como apagar la luz, no, es gradual; esto que estamos pasando, el fin del mundo, puede llevar años. Pueden estar tranquilos amigos míos, aquí podremos resistir, aquí podremos reconstruir.
El público parecía estar de acuerdo con el predicador, sus palabras no tenían claras intenciones, ya sea que buscaran causar pánico por una muerte lenta o esperanza de salir adelante de un evento de extinción masiva; la mayoría del público parecía tomarlo desde esta última perspectiva o al menos así lo aparentaban los susurros que se alcanzaban a distinguir, eso hasta que un extraño individuo alzó la voz e interrumpió al predicador.
— ¿Años? al ritmo que van las cosas nos quedan unos dieciocho meses de vida.
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