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El Reglamento del Seminario de 1930: Silencio y obediencia absoluta

  Por Ernesto Acosta

Publicado el domingo, 19 de julio del 2026 a las 05:00


Prohibía leer periódicos, el baño semanal era obligatorio, y contemplaba la expulsión de ‘incorregibles’.

Saltillo.- A partir del 23 de septiembre de 1930, el Reglamento de los Alumnos del Seminario de Saltillo ordenaba expulsar a los díscolos, los incorregibles, los sediciosos, los que por sus costumbres no fueran idóneos para el estado eclesiástico y a los que por su poca capacidad no pudieran adquirir la ciencia suficiente.

Prohibía a los alumnos no concurrir a las habitaciones de los profesores, ni demás personas que vivieran en el Seminario, sin permiso especial del Prefecto de Disciplina.

Les ordenaba recibir con ánimo sereno y humilde las reprensiones, castigos, amonestaciones y negaciones de permisos, de parte de los superiores, así como cultivar con gran solicitud las preciosas reglas de la modestia cristiana y la decencia, ya sea en el trato con los demás, ya estando solo, aún en su propio aposento, sin perder jamás de vista la presencia de Dios.

Deshonraban al Seminario quienes trajeran sucio el calzado, roto el traje, descompuesto el cabello, asquerosas las manos “y todo él hediondo por la falta de limpieza”.

Al levantarse debían lavarse diariamente la cara, el cuello, la cabeza, la boca, los dientes, oídos y manos, “y se bañarán por lo menos una vez cada semana. Se cortarán el cabello en forma sencilla, nada mundana y traerán las uñas cortas y limpias”.

Prohibido leer periódicos por orden del Papa

Fuera de los libros de texto y de devoción, no podían tener otros libros sin el permiso del Prefecto de Disciplina, quien los marcaba con un sello especial de autorización.

“
Tengan todos presente que la Santa Sede ha prohibido a los seminaristas leer periódicos o publicaciones periódicas, de cualquier género.

Por una disposición decretada el 27 de enero de 1902.

En la fracción 6, Deberes hacia los compañeros, ordenaba guardar siempre modales decentes, evitar toda clase de litigios, palabras mortificantes y particularmente las burlas o befas contra los más inteligentes o más piadosos y cumplidos en sus deberes, o contra los que tuvieran algún defecto corporal.

Debían llamarse entre sí por su nombre o apellido propio, prohibía, por indecentes y contrarios a la más elemental urbanidad los apodos o sobrenombres.

“
Están igualmente prohibidas, muy seriamente, las amistades particulares, que tan grandes perjuicios traen a las comunidades y a los individuos que contraen dichas amistades. Sin embargo, no se enviará a su casa a ningún alumno culpable de esa falta, sin haberle avisado que se corrija y haberle hecho ver, con todo cuidado, el peligro a que se expone.

Prohibidos los juegos de manos y mandarse cartas

“
Están terminantemente prohibidos los juegos de manos y la correspondencia de unos con otros en la misma casa. Las palabras, conversaciones y acciones indecentes son un motivo poderoso de expulsión, pues la falsa conmiseración para los miembros podridos acarrearía, dentro de breve plazo, la corrupción de toda o gran parte de la comunidad.

Asimismo, les prohibía establecer familiaridad o amistad con el personal de servidumbre, lo que incluía entretenerse en platicar. Además, toda correspondencia activa o pasiva pasaba por las manos del rector del Seminario quien usaría su prudencia para determinar si las cartas debían ser enviadas o recibidas.

Se les recordaba que “los seminarios deben ser semilleros de santos”, palabras que debían meditar con frecuencia para arrancar los vicios de sus corazones y plantar virtudes, estas como un reflejo de Jesús en su vida diaria. Haciéndose santos sacerdotes serían capaces de convertir a muchas almas para evitar futuros martirios al corazón de Jesús y también los grandes castigos que Él envía a causa de los sacerdotes que se separan de Él.

Se les pedía amar el Reglamento, observarlo con amor y mirarlo como uno de los medios que Dios, en su bondad, les proporcionaba para santificarlos y poder más tarde santificar a miles.

A diario debían despertar a toque de la campana, alabar a Dios con las oraciones acostumbradas, dedicar media hora a meditar en la Capilla y enseguida asistir a misa. Antes de la comida debían hacer examen de conciencia y lo mismo por la noche, además de rezar en común una parte del Santo Rosario; debían confesarse a diario y si alguno tuviera culpa grave no se acostaban sin antes haber lavado su conciencia mediante la confesión sacramental.

En la fracción 7, Del Estudio, se les insistía en que debían huir de la ociosidad, veneno del alma y del cuerpo, empeñándose en estudiar todas las materias establecidas en la formación sacerdotal para perfeccionar la formación eclesiástica, evitando durante el estudio las conversaciones, lecturas inútiles, el sueño, la disipación y toda clase de distracciones.

Debían asistir con empeño a los ejercicios que se realizaban en las ceremonias de la Capilla y a los ensayos de cantos religiosos y, en especial, a las clases de canto gregoriano que procurarían aprender diligentemente para ajustarse más a las disposiciones de la Santa Sede.

Un control total

En los Deberes en el Refectorio, el espacio para los alimentos, se les pedía evitar la avidez y precipitación al momento de tomarlos, por ser contrarias a la salud y a la templanza.

“
Acostúmbrense a la comida ordinaria, mortificando el gusto cuando sea necesario, y sólo por enfermedad y otra razón grave soliciten del Superior licencia para tomar alimentos especiales. Procuren no sólo guardar silencio y los ojos bajos, sino escuchar con atención la lectura que se haga, siempre instructiva y que los ilustrará.

En los Deberes en los Paseos, el reglamento establecía que eran obligatorios, debían reunirse a la hora indicada y en el lugar acordado para salir del Seminario, y bien aseados:

“
Cada grupo irá por la calle que señale el celador, quedando prohibido comprar por el camino comestibles de cualquier clase, bebidas u otras cosas, sin permiso expreso del celador.

“
En la ciudad se caminará siempre en orden, con paso decoroso y moderado, cada uno se entretendrá con su compañero de fila platicando con voz moderada. Dando la señal el celador, se puede romper las filas, pero ninguno se puede alejar tanto que se separe completamente de sus compañeros.

Estaba prohibido pernoctar o comer fuera del Seminario, ni hacer visitas particulares, transitar o concurrir a lugares donde hubiera mucha gente y tampoco podían detenerse a contemplar los aparadores de las tiendas.

A quienes se hubiera permitido pasar algún tiempo de vacaciones en sus casas, debían presentarse ante el párroco del lugar para darle cuenta de la licencia obtenida, y al regresar al Seminario debían entregar un informe del mismo párroco “sobre su conducta, piedad y frecuencia de sacramentos”.

El respeto a los superiores y la total obediencia

Debían ponerse de pie cuando un superior o profesor pasara frente a ellos y si los alumnos pasaban delante de superiores o profesores, los seminaristas debían inclinar levemente la cabeza y descubrirse la cabeza, de ser el caso:

Se les explicaba que el sacerdote debe ser hombre de Dios y que ha de vivir en la sociedad para salvarla. “Por lo primero debe huir de toda afectación, de toda singularidad y de todo lo que huela a mundano; por lo segundo, debe amar el aseo, el decoro y la limpieza”.

Todos los alumnos debían usar constantemente el uniforme, que consistía en la sotana negra. En la habitación, patios y corredores, en sus libros y demás enseres cuidarían de que brillaran el orden y el aseo.

“
Ninguno cierre su habitación de manera que no pueda abrirse por fuera. Tampoco tenga baúl ni mueble alguno cerrado con llave, sin licencia del Prefecto de Disciplina, nadie se atreverá a registrar a los demás.

Todos, cada día, debían “aderezar su cama y muebles, barrer su celda. El que se sintiere enfermo avise, aún cuando le dé pena, al enfermero, quien dará cuenta al Superior, y obedezca puntualmente las prescripciones que se le dieren. Ninguno tome medicinas de su propia autoridad”.

Cuando, por verdadera necesidad, hubieren de salir a la calle, lo harían con un compañero que les sería asignado y solamente por el tiempo autorizado. Los alumnos de diferente división o grado de estudios debían guardar completa separación, salvo los casos señalados por el ordenamiento o el Padre rector.

Prohibido criticar al Seminario

En los Deberes para con los Extraños, se les indicaba que sólo recibirían visitas los días indicados por el Padre Rector y en el local asignado para ello:

Las únicas personas que podían visitarlos eran los padres, tutores o personas autorizadas por el rector.

“
Cuando reciban visitas, lejos de causarles alguna desedificación o escándalo con murmuraciones, quejas o críticas del Seminario, dejarán ver la educación cristiana que reciben, con sus modales distinguidos, conversaciones edificantes y modestia propia de un futuro sacerdote.

El Reglamento de los Alumnos del Seminario de Saltillo 

Debía leerse cada dos meses durante la comida.

Asimismo, al iniciar cursos de formación sacerdotal.

Se entregaba a los seminaristas para su lectura frecuente.

Fue presentado el 23 de septiembre de 1930.

Se tomaron como base “a los sabios autores de Las nuevas Constituciones del Seminario de Zacatecas”, de 1913, y el Reglamento del Seminario de Puebla, de 1926.

La disciplina, su firma

Se hacía énfasis en la disciplina como medio para establecer el orden interno, adquirir hábitos de bien y ayudarles a vencer las naturales debilidades de las personas para librarlos de las malas inclinaciones y ser sacerdotes ejemplares:

La orden de cada día era guardar riguroso silencio a todas horas, a excepción de las de recreo, pues para tener buenos y piadosos sacerdotes era de suma importancia el santo silencio.

Los dormitorios, cerrados durante el día y tener luz tenue e higiénica durante la noche. También cerraban los salones fuera de los horarios de clase y del aseo.

En la fracción 9, Deberes para con los Superiores, la orden era que los seminaristas vieran en el Obispo o en su representante, al mismo representante de Dios; también verían en él, al Padre cariñoso a quien debían brindar confianza y amor.

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