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El salario de 1 dólar de Trump, tan viejo como el populismo

  Por Agencias

Publicado el miércoles, 16 de noviembre del 2016 a las 14:16


La llegada de una estrella de la terrealidad a la Casa Blanca podría suponer para EU una crisis de los valores

ABC.ES / Estados Unidos.- La llegada de una estrella de la terrealidad a la Casa Blanca podría suponer para Estados Unidos una crisis de los valores constitucionales del país, el aislamiento respecto a la comunidad internacional y ahondar la división que sufre el país. Pero, al menos, no le costará dinero. Será así si Donald Trump cumple con lo que dijo el pasado domingo en el programa «60 minutes», durante su primera entrevista como presidente electo. Preguntado sobre su salario, Trump dijo que renunciaría a él. «Creo que por ley debo tener al menos 1 dólar de salario, así que me llevaré eso, 1 dólar al año», explicó antes de apuntar que no sabía cuál era la cantidad del sueldo presidencial. «400 mil dólares al año», le dijo la entrevistadora. «No, no lo aceptaré», replicó.

Era algo que ya había apuntado durante la campaña, cuando aseguró que la compensación salarial por estar al frente del Gobierno de Estados Unidos no le importaba. La decisión es un guiño a sus bases, para confraternizar con la clase media blanca descontenta por la situación de la economía y a la que ha prometido que recuperará el esplendor del pasado.

El gesto puede ser efectivo, pero no es nuevo en absoluto. Ni siquiera entre los presidentes estadounidenses. El primero en hacerlo fue Herbert Hoover, que estuvo al mando del país en los peores años de la Gran Depresión, entre 1929 y 1933.

Llegó a la Casa Blanca millonario, con una fortuna forjada en la industria minera y alguna declaración fanfarrona que le emparenta con Trump. Se le atribuye la frase «si un hombre no ha conseguido un millón de dólares antes de cumplir cuarenta años, no tiene mucha valía». Ante las penurias que dejó el «crash» bursátil de 1929 a millones de estadounidenses, cedió sus salarios a organizaciones benéficas.

Lo mismo hizo John Fitzgerald Kennedy, otro presidente que llegó millonario a la presidencia gracias a la fortuna de su padre Joseph «Joe» Kennedy, que se movió entre la política y los negocios con gran facilidad.

La idea del «dólar al año» fue además muy popular entre muchos cargos de la administración estadounidense en las dos guerras mundiales. Como la ley no permitía que hubiera esos cargos sin pago, estos empresarios, banqueros o inversores aceptan la cantidad simbólica de un billete verde.

Fue un esfuerzo patriótico, pero también empresarial, porque muchos de ellos tenían intereses en las industrias que servían a los esfuerzos bélicos.

La segunda juventud de esta estrategia de imagen llegó al final del siglo XX, cuando Steve Jobs, el cofundador de Apple y visionario tecnológico, se concedió un sueldo de un dólar para motivar a sus empleados.

Desde entonces, es algo habitual en los grandes nombres de Silicon Valley: lo han hecho Sergey Brin y Larry Page, co fundadores de Google; Larry Ellison cuando estaba al frente de Oracle, Meg Whitman, como consejera delegada de Hewlett Packard o Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

Otros políticos que llegan al cargo con los bolsillos llenos también lo han hecho en época reciente: entre otros el que fuera alcalde de Nueva York, el magnate de los medios Michael Bloomberg; Arnold Schwarzenegger, que cambio los platós por la residencia del gobernador de California, o Mitt Romney, que tuvo ese mismo cargo en Massachusetts antes de intentar, sin éxito, convertirse en presidente en 2012.

Trump tendrá que decidir si devuelve su salario al Tesoro de Estados Unidos o si lo dona a una organización benéfica. En este segundo caso, la donación le podría servir para deducirse impuestos, y ahí la cantidad sería un misterio. El presidente electo ha sido el primer candidato presidencial que no revela su declaración de impuestos desde los años setenta. Quizá temía que la clase media atiborrada a impuestos que le ha aupado al poder supiera que su líder multimillonario —según él, ganó 560 millones en 2015— apenas contribuye al fisco. Y eso no lo arregla una renuncia al sueldo presidencial.

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