Tres presidentes de Estados Unidos han ganado el Premio Nobel de la Paz durante sus respectivos mandatos: Theodore Roosevelt (1906), Woodrow Wilson (1920), quien reconoció al Gobierno de Francisco I. Madero, y Barack Obama (2009). Jimmy Carter lo recibió 21 años después de haber abandonado la Casa Blanca, lo cual resulta aún más meritorio; y el vicepresidente Al Gore, en 2007. Solo el primero era republicano y los demás, demócratas. Citados en el mismo orden, el Comité Noruego del Nobel los eligió en virtud de:
• “Su exitosa labor de mediación para finalizar la Guerra Ruso-Japonesa y su interés en el arbitraje, habiéndole proporcionado al Tribunal de Arbitraje de La Haya su primer caso.
• “Sus esfuerzos para poner fin a la Primera Guerra Mundial y ayudar a crear la Liga de Naciones (precedente de la Organizaciones de las Naciones Unidas)
• “Sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos”.
• “Sus décadas de esfuerzo incansable para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales, y promover la democracia y los derechos humanos, así como para promover el desarrollo económico y social; y
• “Sus esfuerzos para construir y difundir un mayor conocimiento sobre el cambio climático provocado por el hombre, y para sentar las bases de la medidas que son necesarias para contrarrestar ese cambio”.
El Nobel más sorpresivo fue el de Obama, pues su anuncio ocurrió antes de cumplir un año en el cargo, lo cual generó críticas y suspicacias. Geir Lundestad, secretario del Instituto Nobel Noruego hasta 2014, lo consideró, a toro pasado, “un fracaso” (BBC News, 17.09.15). En su respuesta al Comité, Obama, primer presidente afroestadunidense, fijó su posición de manera elegante:
“Sería negligente si no reconociera la considerable controversia que su generosa decisión ha generado. En parte, esto se debe a que estoy al principio, y no al final, de mi labor en el escenario mundial”. Frente a los logros de “algunos de los gigantes de la historia que han recibido este premio”, Albert Schweitzer, teólogo y misionero médico en África, y Martin Luther King, líder del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, reconoció que los suyos eran escasos.
También si los comparaba con los de George Marshall, presidente de la Cruz Roja en EE.UU., pieza clave en la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial con el plan que lleva su nombre, y Nelson Mandela, quien puso fin al sistema de segregación racial en Sudáfrica y ocupó la presidencia después de permanecer en prisión 27 años.
¿Qué tiene que hacer Donald Trump, el señor de la guerra, frente a los titanes de la paz? Solo una cosa, el ridículo. El pirómano estadunidense es su antítesis: amenaza e insulta a quienes no se le someten, divide e incita al odio interracial. “En lugar de denunciar a los líderes que abandonan los principios democráticos”, Trump se acerca a ellos. “El antiguo esfuerzo bipartidista por reforzar las instituciones democráticas en todo el mundo ha sido sustituido por un presidente que elogia a los líderes que avanzan hacia la autocracia”, acusa Michael D. Shear (The New York Times, 02.04.25).
Los desplantes del mandatario “(vengarse de sus rivales políticos, atacar a bufetes de abogados, periodistas y universidades y cuestionar la autoridad del poder judicial) están ofreciendo nuevos modelos para los líderes elegidos democráticamente en países como Serbia e Israel, que ya han demostrado su voluntad de traspasar los límites de sus propias instituciones”, advierte el corresponsal de la “Dama Gris” en la Casa Blanca.
Aspirar al Nobel de la Paz no es un desvarío más del republicano, sino un chiste de humor. El Comité Noruego, se supone, no está para bromas. Con la paz no se juega.
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