Arte

Publicado el lunes, 14 de septiembre del 2026 a las 04:06
Guadalajara, Jal.- El 13 de septiembre de 1866, mientras Guadalajara todavía cargaba con los estragos de la Guerra de Reforma, las voces de la ópera italiana ocuparon por primera vez el escenario del Teatro Degollado. Ángela Peralta protagonizó la función inaugural con Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, y con ella comenzó la historia de un recinto que, 160 años después, sigue siendo uno de los principales símbolos culturales de la ciudad.
Para conmemorar el aniversario, la Orquesta Filarmónica de Jalisco regresó a aquella primera noche con una versión semi escenificada de la misma ópera. El gesto funcionó como una vuelta al origen, pero también como una oportunidad para mirar el edificio más allá de sus leyendas, de la famosa águila que sostiene una cadena y de los nombres célebres que han pasado por su escenario, advierte Daniel López Hernández, jefe de Patrimonio Artístico e Histórico de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de Jalisco.
Porque el Degollado no solamente cuenta la historia de un teatro. Sus muros hablan de la Guadalajara que lo construyó, de las ideas que lo hicieron posible, de los públicos que lo han ocupado y de las transformaciones que ha sufrido para mantenerse vigente.
López Hernández considera que una de las claves para entender el recinto está en regresar al momento político en el que fue concebido: el proyecto comenzó a gestarse en 1855 y la primera piedra fue colocada en 1856, durante el gobierno de Santos Degollado.
La decisión no era menor. Degollado era un gobernador liberal y, en una época en la que México estaba a punto de entrar en uno de sus mayores conflictos políticos, el teatro representaba también una idea de sociedad. Para López Hernández, el arte era entendido como una vía para alcanzar “esta altura humana y de espíritu” sin que necesariamente estuviera atravesada por la religión.
El teatro podía convertirse en un templo, pero en un templo laico y en ese contexto, la música, el baile, la ópera y las demás expresiones artísticas ocuparían el lugar que en otros momentos habían tenido exclusivamente las manifestaciones religiosas.
“Crear un templo laico dedicado a las artes como un elemento de transformación de la sociedad resulta único para Guadalajara”, apunta.
La obra, sin embargo, tuvo que convivir con la guerra. Los trabajos no avanzaron durante 10 años de manera continua. La confrontación entre liberales y conservadores interrumpió el proyecto y, mientras el teatro comenzaba a levantarse, otros edificios de la Ciudad fueron destruidos o dañados. El antiguo convento de Santo Domingo desapareció prácticamente bajo los cañonazos. Otros conjuntos religiosos sufrieron también las consecuencias de una Ciudad dividida y sumida en la guerra.
“Estábamos en una Guadalajara en medio de un conflicto bélico”, señala López Hernández. Una Ciudad donde familias e intelectuales tuvieron que huir, exiliarse o desprenderse de sus bienes de acuerdo con el bando al que pertenecían.
Por eso resulta relevante que el proyecto del teatro no se haya detenido de manera definitiva. La construcción se convirtió en una expresión de la voluntad de dotar a Guadalajara de un espacio cultural de grandes dimensiones, incluso cuando la ciudad enfrentaba escasez de materiales, inestabilidad política y enfrentamientos armados, remarca el historiador.
El proyecto fue encargado a Jacobo Gálvez, quien suele ser identificado como arquitecto, aunque no tuvo una formación profesional como tal. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y desarrolló buena parte de sus conocimientos de manera autodidacta.
El teatro tampoco llevó desde el principio el nombre de quien lo impulsó. Originalmente fue llamado Teatro Alarcón, en referencia al escritor Juan Ruiz de Alarcón. Después de la muerte de Santos Degollado adoptó el apellido del gobernador liberal.
La arquitectura también formaba parte del discurso. El neoclasicismo, con sus columnas, frontones, proporciones y simetrías, respondía a una tradición ilustrada que colocaba a la razón, el orden y las artes como valores de una sociedad moderna, remarca el experto en historia de la arquitectura mexicana. En ese sentido, el Degollado era más que un edificio destinado a las representaciones escénicas. Era la materialización de una idea: un nuevo espacio para el espíritu, pero fuera del ámbito religioso y esa lectura continúa dentro de la sala principal.
Sobre la cabeza de los espectadores está la bóveda decorada con una alegoría inspirada en el Canto Cuarto de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. Jacobo Gálvez, Gerardo Suárez y Carlos Villaseñor representaron allí el limbo descrito por Dante, donde aparecen filósofos, pensadores, médicos y personajes vinculados con el conocimiento.
También la solución constructiva de la bóveda habla de su complejidad. Fue resuelta con piedra pómez, que combina ligereza y resistencia para sostener una estructura de grandes dimensiones, remarca el funcionario, quien añade que desde la fachada hasta la bóveda, el edificio fue pensado como un sólo discurso.
El Degollado no terminó de construirse cuando abrió sus puertas. El frontispicio se concluyó hasta 1880 y, con el paso del tiempo, el inmueble tuvo distintas modificaciones.
Una de las más importantes ocurrió en 1964, cuando el arquitecto Ignacio Díaz Morales intervino el edificio.
La transformación del entorno urbano había cambiado la manera en que el teatro se relacionaba con la Ciudad. La apertura de la Cruz de Plazas, con la desaparición de dos manzanas detrás de Catedral, modificó la perspectiva y dejó al Degollado frente a un espacio abierto mucho mayor.
Díaz Morales intervino también el frente y añadió un nuevo pórtico inspirado en el Panteón de Agripa, en Roma. Sobre éste quedó el conjunto de Apolo y las Musas y la frase que desde entonces acompaña al recinto: “Que nunca llegue el rumor de la discordia”.
Aunque nació con vocación operística, el teatro no quedó limitado a la ópera.
Por su escenario han pasado compañías teatrales, bailarines, músicos, cantantes, magos y espectáculos populares.
En sus archivos aparecen nombres como Agustín Lara, José José y Rudolf Nureyev, Plácido Domingo, Isaac Hernández, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, pero también figuras y espectáculos que permiten entender los gustos cotidianos de otras generaciones.
Uno de los episodios menos conocidos es un maratón de baile realizado en los años 30, en el que varias parejas bailaron durante alrededor de 500 horas, hecho que quedó documentado en la exposición “Que Nunca Llegue el Rumor de la Discordia”, que documenta cómo este escenario se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de Guadalajara.
En ese contexto, hoy el teatro busca una relación distinta con la Ciudad. Mariel Tinoco Salas, administradora del Teatro Degollado, considera que una de sus características actuales es precisamente la convivencia entre patrimonio y funcionamiento cotidiano.
Hay piezas antiguas que continúan en uso. Entre ellas está el telón de firmas, una tradición que comenzó con administraciones anteriores y que ahora se busca recuperar.
El telón conserva firmas de artistas que pasaron por el recinto desde finales del siglo 19, aunque algunas se perdieron durante las restauraciones. Lo singular es que no está guardado como una pieza de museo: permanece instalado y continúa utilizándose.
“Es una mezcla entre el patrimonio y la modernidad”, resalta Tinoco Salas.
El teatro conserva también detalles que suelen pasar inadvertidos para el público. Parte de sus acabados dorados fue realizada con hoja de oro de 22 quilates. La sala tiene un aforo de mil 26 personas, distribuidas entre la luneta, los tres niveles de palcos y la galería, conocida tradicionalmente como gayola y alberga cerca de 200 espectáculos al año.
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