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Coahuila

El tonito que lo cambia todo

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 1 mes

Un viejo político del norte, de esos que ya vieron y vivieron de todo, es decir, gobernador, alcalde dos veces, senador y hasta director de una dependencia federal, siempre soltaba una frase que se me quedó grabada: “Todo depende del tonito en que se digan las cosas”.

Y la neta es que tenía razón de sobra. Porque uno puede decir lo mismo, pero si lo suelta con respeto, con calma, hasta una mala noticia se digiere mejor. En cambio, si sale grosero, amenazante o como si te estuvieran acorralado, pues duele, ofende y hasta te deja con el alma hecha pedazos.

Piense un momento en lo que nos pasa a diario. ¿Quién no ha recibido una de esas llamadas de un banco o de una financiera? De repente suena el celular, un número que no conoces, y del otro lado una voz que ni siquiera te deja hablar. “Señor, tiene un atraso de tanto, tiene que pagar hoy mismo o se le va a complicar”. Sin saludar, sin preguntar cómo está usted, sin dar chance de explicar que tal vez hubo un imprevisto, un gasto médico o que el trabajo se puso flojo. Es puro acoso. Y eso que es telefónico, imagínese nomás la presión.

Las empresas contratan despachos de cobranza que parecen entrenados para eso: no dar respiro, repetir la deuda como si fuera un martillo, advertir que “se va a proceder” o que van a hablar con familiares.

Yo he oído historias que duelen. Un compadre de Torreón, por ejemplo, me contaba el otro día que le llamaban a las ocho de la noche, cuando apenas llegaba cansado del trabajo. La voz al otro lado le exigía día y hora exacta para pagar, y si no contestaba rápido, ya venía la amenaza velada: “Mire, no queremos llegar a extremos”.

Él debía una tarjeta de una tienda departamental, nada del otro mundo, pero esa insistencia lo tenía angustiado. Y no es el único. Mueblerías, agencias de autos, cadenas comerciales… todos hacen lo mismo. No es cosa exclusiva de los bancos. El cobro se vuelve hostigamiento puro, y aunque la deuda sea legítima porque sí, uno se comprometió y hay que cumplir, pero el cómo se pide cambia todo.

El político ese lo decía clarito: todo depende del tonito. Se puede recordar la obligación con firmeza, pero sin humillar. Se pueden ofrecer opciones, escuchar, tratar al deudor como persona y no como un número en una lista. Porque al final, la mayoría de la gente quiere pagar. Nadie anda con ganas de deberle a nadie. Pero cuando te tratan así, lo único que logran es que te encierres, que te dé coraje y hasta que busques salidas peores.

Y aquí viene lo grave. Sin una regulación clara, este estilo de acoso empuja a mucha gente a la desesperación. Imagínese: amenazado de juicio, con el teléfono que no para, uno termina cayendo en manos de prestamistas que parecen salvadores, pero son peores. Firman papeles en blanco, les ponen intereses que ni en la usura antigua, y a veces hasta exigen la escritura de la casa como garantía. El único patrimonio que tienen. Y adiós, se lo quitan. He visto casos en el norte donde familias enteras terminan en la calle por eso. No es exageración, es lo que pasa cuando el miedo gana.

Por eso la gente aplaudió cuando en la Cámara de Diputados, allá en San Lázaro en la Ciudad de México, se presentó una iniciativa para ponerle un alto al hostigamiento telefónico, personal o por escrito contra usuarios de tarjetas de crédito y hasta a sus familiares o avales. La idea era sancionar con penas de cárcel a funcionarios de bancos, despachos de abogados o empresas que compran cartera vencida. Pero la verdad, hay que ser claros: esa iniciativa en particular no prosperó como ley.

Se quedó en propuesta, no llegó a votarse ni a publicarse en el Diario Oficial como una norma nueva con esos castigos específicos. Aun así, no todo se perdió en el camino. Las cosas han avanzado por otro lado.

La CONDUSEF tiene reglas más estrictas para los despachos de cobranza: no se vale llamar a deshoras, usar lenguaje ofensivo, amenazar con cárcel o exhibir la deuda en público.

Y apenas en enero de este 2026, la Suprema Corte de Justicia de la Nación avaló en un amparo importante que la CONDUSEF puede multar directamente a los bancos si no controlan o reportan las malas prácticas de sus cobradores. Eso sí fue un golpe fuerte, fíjese. Ya no es solo una queja que se pierde; ahora las instituciones financieras sienten la presión de verdad, con multas que pueden llegar a cifras serias.

Piense usted en el alivio que sentiría un deudor si, en vez de amenazas, le dijeran: “Entendemos su situación, vamos a ver cómo reestructuramos eso sin que le duela tanto”. Sería otro mundo. Porque al final, las deudas son parte de la vida, sobre todo en estos tiempos donde los sueldos no alcanzan y cualquier emergencia te desbarata el presupuesto. Pero el respeto no cuesta nada. Y un buen tonito puede hasta motivar a pagar más rápido, con menos rencor.

Yo, que vengo del norte donde la palabra vale y la gente se saluda de corazón, creo que este tema nos toca a todos. No solo a los que deben, sino a los que cobran y a los que legislan. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que las cosas se pueden decir de mil formas, pero solo una deja huella buena: la que sale del corazón, con calma y con humanidad.

La comunidad de endeudados que somos muchos, no nos hagamos, ha recibido bien estas reglas y el respaldo de la Corte. El comentario general es el mismo de siempre: que se den prisa donde haga falta, que se apliquen de verdad las normas que ya existen y que protejan al que ya está batallando.

Porque un buen tonito no solo cobra deudas, también sanas relaciones y evita que la gente caiga en manos peores. Y eso, amigo, vale más que cualquier pago al corriente. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

 

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