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La Jornada
Publicado el sábado, 28 de febrero del 2026 a las 17:28
Ciudad del Vaticano.– La Capilla Sixtina se enfrenta a su intervención más crítica en 30 años. Expertos de los Museos Vaticanos iniciaron una restauración de emergencia sobre El Juicio Final, la icónica obra de Miguel Ángel, para retirar una fina capa de lactato de calcio que ha comenzado a opacar los vibrantes colores del fresco del siglo XVI.
La directora de los Museos Vaticanos, Barbara Jatta, comparó la acumulación de residuos con “una catarata” que impide apreciar la profundidad de la obra de 14 metros de altura. Curiosamente, el enemigo de la pintura no es el paso del tiempo, sino la fisiología humana potenciada por el entorno actual.
Según explicó Fabio Morresi, jefe de investigación científica del Vaticano, el fenómeno está directamente ligado al cambio climático. El aumento de las temperaturas globales incrementa la transpiración de los miles de visitantes diarios; este sudor libera ácido láctico que, al contacto con el polvo y la superficie del fresco, se cristaliza en lactato de calcio.
Para devolver el esplendor a las 391 figuras que componen la pieza, los restauradores utilizan una técnica delicada y minimalista:
– Materiales: Aplicación de papel japonés sobre la superficie pictórica.
– Proceso: Uso de agua destilada para absorber el residuo blanquecino sin dañar los pigmentos originales.
– Resultado: Morresi describe la diferencia entre las zonas tratadas y las contaminadas como “dos mundos distintos”.
A diferencia de otras intervenciones, la magnitud de los 180 metros cuadrados de El Juicio Final obligó a la instalación de un andamio monumental. Para no frustrar la experiencia de los turistas, la estructura ha sido revestida con una reproducción a escala real de la pintura.
Este fresco, pintado entre 1536 y 1541 bajo el encargo del papa Pablo III, ha sido históricamente centro de controversias. Tras la muerte de Miguel Ángel, muchas de sus figuras desnudas fueron cubiertas por “paños de pudor”, algunos de los cuales fueron retirados en la última gran restauración de 1994.
El proyecto, financiado por donantes estadounidenses, forma parte de un plan maestro de renovación que comenzó en 2010. Los expertos trabajan a contrarreloj con el objetivo de retirar los andamios antes de las celebraciones de Semana Santa, permitiendo que la obra maestra brille de nuevo en el sitio donde los cardenales se reúnen en cónclave para elegir al próximo Papa.
Para Morresi, quien inició su carrera en el Vaticano durante la restauración de los años 80 y ahora encara su jubilación, el proyecto tiene un tinte emocional:
” “Es maravilloso… hay una parte de mí aquí dentro”, concluyó.
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