El pasado 13 de enero, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificó al T-MEC como “un acuerdo irrelevante”, señalando que la prioridad de su Administración es la autosuficiencia industrial de su país. Sin duda, su postura refleja una reacción directa a las decisiones políticas impuestas por López Obrador y mantenidas por la presidente Claudia Sheinbaum, que han colocado a México como un socio poco confiable y hasta preocupante.
Sin ánimo de ser alarmista, debo reconocer que, con las citadas declaraciones, el Mandatario estadunidense logró que el escenario geopolítico de Norteamérica sufriera una sacudida tan grande, que amenaza con demoler el futuro económico de las familias mexicanas. Desde Dearborn, Michigan, Donald Trump lanzó una dura sentencia: el T-MEC es ya irrelevante para Estados Unidos, ya que su país no necesita ni un solo tornillo o motor ensamblado en México, según dijo. Esta declaración, que pone en jaque el 30% del producto interno bruto de nuestro país, derivado del sector automotriz, no es gratuita, sino que es la respuesta frontal a una Claudia Sheinbaum que parece haber decidido que su lealtad no pertenece a los ciudadanos que la eligieron, sino a las oscuras directrices ideológicas que le impone el Foro de Sao Paulo y su antecesor López Obrador.
La parálisis de Sheinbaum ante las exigencias de Washington en materia de seguridad y la obstinación por imponer una reforma judicial que, a todas luces, desmanteló el estado de derecho han colmado la paciencia de nuestro principal socio comercial. La exigencia es clara: si México no garantiza un entorno seguro para sus inversiones y sigue empeñado en proteger a delincuentes bajo el manto de la “soberanía” dictada por el Foro de Sao Paulo, el tratado simplemente expirará.
Quizá Usted pensará que la postura del presidente Trump es bastante necia, pero también quizás, en nuestro afán nacionalista, hemos dejado de ver que es la presidenta Sheinbaum la que de manera obstinada ahora se interesa más en mantener la pureza revolucionaria de un bloque de gobiernos señalados por sus vínculos con la criminalidad transnacional que en salvar los empleos de millones de trabajadores de la industria automotriz en las plantas de Puebla, Guanajuato o Coahuila. Y es que, al negarse a colaborar en los términos de seguridad que Trump exige y que sólo contemplan frenar el flujo de fentanilo y retomar el control del territorio mexicano, la Presidenta está entregando el bienestar nacional a cambio del capricho de seguirse sintiendo izquierdista, y entonces el costo de esta fidelidad ideológica será la miseria.
La consecuencia a su terquedad es clara: si el T-MEC muere por la negligencia de Palacio Nacional, México perderá su motor económico más potente. Mientras ella celebra reuniones con líderes del Foro, la industria automotriz agoniza ante la posibilidad de aranceles punitivos. Entregar a México a la ruina parece resultarle más fácil que traicionar a sus aliados ideológicos, aunque eso signifique que los mexicanos paguemos con hambre la factura de su fanatismo.
Por lo anterior, surge la necesaria pregunta: ¿Estaría la Presidenta dispuesta a considerar una estrategia de seguridad que priorice la relación con EE. UU. sobre las agendas del Foro de Sao Paulo, a la que pertenece desde 2015, para evitar la caída del T-MEC? Por desgracia, muy pronto tendremos la respuesta.
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