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Grupo Zócalo
Publicado el jueves, 15 de enero del 2026 a las 19:33
Ciudad de México.- Las bacterias de la especie Stutzerimonas frequens, que se encuentran a unos mil metros de profundidad en el Golfo de México, pueden degradar en 15 días el 30% del poliuretano de una muestra, un proceso que en condiciones normales toma cientos de años; además, deja relativamente pocos residuos tóxicos.
Este fue el descubrimiento que hizo un equipo de investigación del Instituto de Biología de la UNAM después de analizar las capacidades de 287 bacterias aisladas del agua y sedimentos del golfo y que publicaron en diciembre de 2025 en el Marine Pollution Bulletin.
“Sabemos que cuando los plásticos se separan en sus partes individuales en el ambiente o por otros microorganismos, dejan residuos tóxicos. Lo que nos interesaba era encontrar uno que fuera mejor en esa tarea (la degradación), pero que no produjera tantas sustancias tóxicas”, le dijo Nallely Magaña Montiel a la Gaceta de la UNAM.
Para Liliana Pardo López, jefa del Laboratorio de Biotecnología Marina, “la sorpresa” fue que muchas eran capaces de degradar plástico: “el 80% logró consumir un tipo de plástico y el 20% tres tipos diferentes de este material. Así, se escogieron las más capaces”.
Además, los experimento del equipo de Pardo López mostraron que la bacteria Stutzerimonas frequens no es patógena.
De acuerdo con la publicación en Marine Pollution Bulletin, el poliuretano “es el sexto plástico más producido en el mundo. Sin embargo, debido a las dificultades asociadas a su reciclaje, también se considera uno de los residuos plásticos más prevalentes en el medio ambiente.
El éxito comercial de este material se debe a que, dependiendo de los aditivos que se le pongan, puede tener propiedades muy distintas. Por ejemplo, en unos zapatos se puede encontrar poliuretano que fue usado como pegamento, y en unos tenis puede ser el material de la suela ligera.
De la misma forma, en una casa se puede encontrar como aislante térmico y acústico en techos, paredes o puertas; como relleno en cavidades y marcos de ventanas o como material de impermeabilización del techo.
Pero los residuos del poliuretano, ha sido encontrado en zonas más lejanas, como glaciares de las montañas, en lo más profundo del océano y en cuerpos de agua, invadiendo la cadena alimentaria.
El estudio analizó la capacidad de las distintas bacterias para degradar dos tipos de poliuretano: el impranil, un recubrimiento utilizado en muchos productos (textiles, calzado, ropa de abrigo, bolsos, balones, equipaje), y el polycrylic, un barniz protector hecho de resinas de poliuretano para hacer que las superficies sean resistentes a la abrasión.
Para evaluar el impacto ecológico de los productos de la biodegradación por S. frequens, el equipo hizo ensayos de supervivencia embrionaria en pez cebra, lo cual, señalan, “es esencial garantizar que estos productos no sean más tóxicos o dañinos que el contaminante original“. Los resultados fueron positivos.
Pardo López le comentó a la Gaceta que los plásticos son complejos, porque cada uno tiene múltiples compuestos además del propio polímero, como colorantes, aditivos o coadyuvantes que les confieren propiedades específicas. Entonces una sola especie de bacteria no tiene toda la maquinaria para degradar.
De hecho, en el ambiente las distintas bacterias trabajan en conjunto: lo que una no se come lo puede ingerir otra. Por esta razón, hace falta aún mucha investigación para poder usar a S. frequens para degradar poliuretano de manera generalizada.
Actualmente, existe dos estrategias principales para recuperar y reciclar este material, “pero siguen siendo más costosas que los métodos clásicos y relativamente económicos utilizados para su fabricación comercial”, señala el equipo en el reporte de su investigación.
Ante eso, las ventajas potenciales del reciclaje biológico “son innegables, y el desarrollo de enfoques que limiten el impacto ambiental de los plásticos es claramente necesario“, añaden.
“Consideramos que S. frequens es un buen candidato para futuras investigaciones”, añaden, entre otras cosas, “para evaluar la viabilidad de su uso en estrategias de biorremediación para una economía azul sostenible”.
Con información de Latinus.
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