Piedras Negras
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Grupo Zócalo
Publicado el viernes, 14 de agosto del 2026 a las 04:07
Piedras Negras, Coahuila.- El 13 de Agosto de 1521, con la caída de México-Tenochtitlán, no terminó solamente una guerra ni se rindió únicamente una ciudad; se cerró un mundo y comenzó otro.
Así lo manifestó el catedrático, doctor Jesús Martín Cepeda Dovala, al describir a Tenochtitlán, su memoria, identidad y destino, evocando al pasado de la historia.
Aquel día representa una de las grandes fracturas de nuestra historia, el encuentro violento entre civilizaciones que poseían distintas formas de comprender a los dioses, el poder, la naturaleza, el tiempo y la propia existencia humana, dijo.
Recordarlo, añadió, “exige mirar más allá de vencedores y vencidos. Significa reconocer la grandeza de los pueblos originarios, pero también comprender la complejidad de una proceso en el que participaron españoles, mexicas y numerosos pueblos indígenas con intereses y agravios propios”.
La historia rara vez está hecha de absolutos indicó; “está construida de decisiones humanas, contradicciones, alianzas, resistencias y consecuencias que atraviesan los siglos”.
Conmemorar esta fecha tampoco significa permanecer anclados en el resentimiento ni convertir el pasado en instrumento de división.
La memoria adquiere verdadero sentido cuando nos permite comprender quiénes somos.
México nació de aquella ruptura, pero también de una profunda mezcla cultural, que, a lo largo de cinco siglos, transformó lenguas, creencias, costumbres, instituciones, arquitectura, gastronomía, arte y maneras de mirar el mundo.
Nuestra identidad no pertenece exclusivamente al vencedor ni al vencido; es heredera de ambos y, sobre todo, de las generaciones que después construyeron algo nuevo.
Negar cualquiera de esas raíces sería mutilar una parte de nosotros mismos.
Asumirlas con madurez implica reconocer tanto la riqueza de las civilizaciones originarias como la herencia hispánica que también forma parte inseparable de nuestra cultura.
Por eso, cada 13 de agosto debe ser una invitación a pensar en el significado profundo de la historia: los imperios desaparecen, las ciudades pueden caer y los poderes cambian, pero la cultura tiene una extraordinaria capacidad para sobrevivir, transformarse y volver a florecer.
Cinco siglos después, Tenochtitlán continúa viva en la memoria, en las palabras que pronunciamos, en nuestros alimentos, en nuestras tradiciones y hasta bajo las calles de la ciudad contemporánea.
Recordar 1521 no debería dividirnos entre quienes fuimos, sino ayudarnos a comprender aquello en lo que nos hemos convertido.
Porque una sociedad que conoce su pasado no necesita idealizarlo ni condenarlo eternamente: puede aprender de él, reconciliarse con su complejidad y construir, con memoria y dignidad, un futuro más consciente de sus raíces.
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