Se dicen tantas y tantas cosas, ocurrencias, posturas fincadas en la percepción, acusaciones sin sustento, descalificaciones gratuitas e incluso insultos, en fin, tantas y tantas cosas en la arena del quehacer público, que un dislate más o menos, pasa prácticamente desapercibido; total, hay tantos, todos los días, que es imposible registrar la suma de las “ocurrencias del día”.
Ya estamos acostumbrados a que el Presidente descalifique e insulte a diestra y siniestra. Desde su visión de lo que es democracia, el hombre que gobierna para todos los mexicanos puede, y debe, acusar de corruptos, hipócritas, traidores y media docena más de calificativos a los que no asuman incondicionalmente su proyecto, pero el asunto es que los funcionarios de primer nivel que lo rodean siguen impune y descaradamente su ejemplo.
Qué tal con el director de Pemex, Octavio Romero, que no aguantó los cuestionamientos de los diputados panistas y simplemente explotó y los llamó mentecatos e ignorantes.
Y ahí le van dos perlas del secretario de Gobernación, Adán Augusto López, sí, el que se supone es el encargado de mantener las aguas tranquilas en el quehacer político del país: en su peculiar forma de confrontar al Gobernador de Nuevo León, Samuel García, afirma que los tabasqueños son mucho más inteligentes que los norteños. Y en eso de servir de ariete contra el expresidente Calderón se le ocurrió que además de acusarlo de traficante de armas en la tribuna del Congreso de Campeche, había que insultarlo y se refirió al exmandatario como “Felipe el pequeño”.
Pues sí, qué nivel, ese de las personas que, a falta de argumentos, recurren invariablemente al insulto, que podrá gustar mucho entre el pueblo bueno y sabio, pero que resulta impropio, por decir lo menos, en quienes detentan las máximas posiciones del poder público en nuestro país. Pero bueno, así son los tabasqueños, quienes se dicen más inteligentes que los norteños, y en el tamaño de esa afirmación revelan su verdadero nivel intelectual.
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