Para muchos en México pasa desapercibido, pero para los coahuilenses es como una espina clavada en el corazón. Excepto en Coahuila, el 19 de febrero no significa gran cosa para el resto del país. No es un día de fiesta, ni de independencia ni de revolución, nada de eso.
Pero allá, en esa tierra dura y llena de historias subterráneas, es un día de luto profundo. Hace justo 20 años, en 2006, ocurrió esa tragedia terrible en la mina Pasta de Conchos, en San Juan de Sabinas.
La historia triste indica que pasadas las 2:30 de la madrugada, una explosión devastadora se llevó la vida de 65 mineros. Nueve resultaron heridos, y 63 cuerpos quedaron sepultados bajo más de 120 metros de tierra y roca.
Es de esas cosas que uno lee y se pregunta, ¿cómo es posible que sigan pasando?, fue pura negligencia, al menos cualquiera se lo preguntaría, si tuvo algo de irresponsabilidad por parte de la empresa, Grupo México, y también de las autoridades federales del Trabajo.
Cada vez que hay elecciones, los políticos lo sacan a relucir como si fuera un estandarte, prometiendo justicia. Hasta los sacerdotes lo mencionan en sus sermones, desde el púlpito.
Pero quienes nunca olvidan son las familias; viudas, hijos, padres que aún lloran y claman no solo por castigo a los responsables, sino por recuperar los restos de sus seres queridos.
En mi experiencia, platicando con gente de allá, es un dolor que no se apaga; es como si el tiempo se hubiera detenido en esa madrugada fría. Y no es que Pasta de Conchos sea la primera ni la única. No, señores.
La región carbonífera de Coahuila, que incluye municipios como Múzquiz, San Juan de Sabinas, Juárez y Progreso, han vivido esto una y otra vez. Toda su economía gira alrededor de la extracción de carbón, desde que se descubrieron los yacimientos a finales del siglo XIX. Eso trajo un boom económico impresionante en donde hubo gente llegando de todo México y hasta del extranjero, buscando un salario decente para mantener a sus familias.
Pero el precio ha sido altísimo. El carbón se extraía, y en muchos casos se sigue extrayendo de forma rudimentaria, en esos “pocitos” que parecen agujeros olvidados por el progreso.
Piensen en ello un momento los métodos que no han cambiado mucho en más de un siglo, con riesgos que uno no imagina hasta que escucha las historias.
Las minas cobran caro esa riqueza del subsuelo. Cientos de trabajadores han perdido la vida en tragedias que se repiten, ante la indiferencia de muchos y el sufrimiento eterno de los familiares.
Una de las peores que se recuerdan es la de San Felipe del Hondo, en Sabinas, allá por 1902, más de 200 mineros, la mayoría asiáticos, murieron en una explosión. La cifra exacta nunca se supo, como en tantos casos.
El gas grisú es ese enemigo invisible, también llamado metano o gas de los pantanos, es el culpable principal. Los mineros bajan al pozo sin saber si verán de nuevo la luz del día.
Hoy en día, aunque hay equipos avanzados para detectarlo, las explosiones siguen ocurriendo. ¿Falla la tecnología o fallan los responsables de medir el gas?. Esa es la pregunta que uno se hace, y no hay respuesta clara. Fíjensen en otras tragedias que marcan la historia como en 1969, en el Mineral de Barroterán, en la mina Guadalupe de Altos Hornos de México, 153 trabajadores entraron al turno de la tarde y una explosión los atrapó a todos.
En 1987, en la Mina 4.5 de Las Esperanzas, 37 mineros murieron, y el rescate duró días enteros. Luego, en 2001, el 29 de septiembre, una explosión de gas metano en el pozo La Morita, en el ejido Santa María, se llevó a 12 vidas.
Y claro, Pasta de Conchos en 2006, que dejó una huella imborrable en los coahuilenses. Pero no para ahí; incluso en años recientes, el dolor persiste. Por ejemplo, en 2022, en la mina El Pinabete, en Sabinas, 10 mineros quedaron atrapados por un derrumbe e inundación.
Los esfuerzos de rescate se extendieron hasta 2025, cuando por fin localizaron y recuperaron los restos del último, después de meses de agonía para las familias. En 2023, dos mineros perdieron la vida en otro accidente en Sabinas por una cuerda rota.
Y en 2025, solo en los primeros seis meses, se reportaron 36 percances, uno más que en todo 2024, sin contar un incidente en septiembre donde ocho quedaron atrapados en un pozo en el Ejido El Mezquite.
Es como si la historia se repitiera, ¿no creen?, y en estos casos, los rescates son lentos, tortuosos, porque falta equipo adecuado para enfrentar desastres así.
Reflexionando un poco… ¿qué pasa con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social? Un inspector solo vigila ocho pozos, y tiene que checar personalmente que el gas no supere el 2%. En los pocitos, ni siquiera hay detectores calibrados; muchos son sacados de contrabando de empresas grandes, sin mantenimiento. La seguridad es sinónimo de corrupción, en La Morita, hubo alertas días antes, pero nadie escuchó. Lo mismo en otras.
Hoy, en la región, hay unas 50 minas registradas oficialmente, pero con las clandestinas, el número sube fácilmente. Siguen siendo bombas de tiempo, con apatía de las autoridades que solo aparecen después de los accidentes.
El equipo es tan primitivo porque siguen usando un “tambo” que es un tonel de aceite viejo, para bajar a dos personas por un cable de acero movido por un motor de gasolina, el malacate.
Los pozos verticales llegan a 60 metros, y de ahí túneles horizontales para sacar el carbón, que se amontona esperando compradores. Mientras los dueños lucran con vidas ajenas, y las autoridades no inspeccionan como deben, pareciera que los mineros son usados como carnada política, solo para ganar fama en tragedias.
Pero hay un rayo de esperanza, aunque lento. En Pasta de Conchos, después de años de promesas vacías, el gobierno reactivó el rescate en 2019. Para 2025, han recuperado restos de 25 mineros, con 23 identificados y entregados a sus familias. Los trabajos siguen, en rampas de acceso al 22%, lumbreras avanzando, y en 2026 planean actualizar la Norma Oficial Mexicana 032 para mejorar la seguridad en minas de carbón.
La presidenta Sheinbaum hasta se reunirá con las familias en el aniversario. Es un paso, pero ¿bastará para cambiar las cosas? Al final, uno se pregunta: ¿cuántas vidas más se necesitan para que la riqueza del carbón no cueste sangre?
Coahuila produce unos 4 millones de toneladas al año, sosteniendo la economía, pero a qué precio. En pláticas con amigos de allá, siempre sale lo mismo; los mineros bajan por necesidad, por llevar el pan a casa.
Es una región que merece justicia real, no solo palabras. Si me permiten, decirlo; la próxima vez que prendan la luz, piensen en ellos, en esa lucha subterránea que ilumina nuestras vidas, pero oscurece las suyas. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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