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Coahuila

Esquina del Águila

Por Ricardo Torres

Hace 1 semana

La tragedia en Nizanda, Oaxaca, donde el Tren Interoceánico se descarriló dejando más de una decena de muertos y casi un centenar de heridos, no es, en lo absoluto un accidente, sino el resultado de una corrupción integral que ha pasado de las manos del expresidente Andrés Manuel López Obrador a su hija política.

Hoy, subirse a un tren de la “cuarta transformación” es jugar a la ruleta rusa, aunque los boletos sean pagados con el erario.

Este siniestro descubre la incapacidad de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien parece haber jurado más lealtad a la impunidad de la familia de su antecesor que a la misma Constitución.

Y es que, mientras los trenes se accidentan, la Mandataria se dedica a cubrir las espaldas a los cercanos de AMLO, aunque lo anterior signifique ignorar las evidencias y las denuncias formales sobre la red de tráfico de influencias liderada por Amílcar Olán y los hermanos López Beltrán, mismas que por los hechos, han pasado de ser una calumnia a una advertencia fatal ignorada.

Amílcar Olán, el operador financiero favorito de “Andy” y “Bobby”, ha sido señalado por beneficiarse de contratos millonarios suministrando materiales que no cumplen con los estándares mínimos de seguridad, y a sobreprecios, con las cuales se comprometen las obras de infraestructura.

Cada peso desviado a las cuentas de los amigos de los hijos de AMLO es una mala obra pública que hoy cobra vidas en Oaxaca y mañana podría hacerlo en nuestro estado.

Por si usted lo había olvidado, actualmente se construye el Tren Saltillo-Nuevo Laredo, un proyecto federal de pasajeros que conectará a Coahuila con Nuevo León y Tamaulipas, el cual forma parte de la ruta de largo alcance Ciudad de México-Nuevo Laredo, mismo que, seguramente se realizará bajo la misma firma de improvisación y opacidad, lo que significará para los saltillenses y los habitantes de la región norteña un riesgo latente, ya que, si en el sur la corrupción ha convertido los trenes en ataúdes de hierro, no hay razón para creer que en Coahuila la historia será distinta bajo una administración que prioriza el encubrimiento sobre la pericia técnica.

La presidenta Sheinbaum ha decidido que el costo político de investigar a los herederos del obradorismo es más alto que el valor de la vida de los pasajeros.

Al descalificar las investigaciones y proteger a los responsables de suministrar materiales deficientes, la Presidenta se vuelve cómplice de la tragedia.

En resumen, con la nefasta conducta de los gobernantes e integrantes de la autodenominada “cuarta transformación” se ha cambiado el significado de subirse a un tren como un acto de movilidad, por un acto de fe ciega en un sistema que ha demostrado que su prioridad es el negocio familiar antes que la seguridad nacional.

Es decir, que, sin un cambio radical que priorice el profesionalismo de los constructores sobre el encubrimiento político, los coahuilenses tendremos que pensarla más de dos veces antes de subirnos a estos trenes, porque si volteamos al sur entenderemos que, al igual que allá, las vías que se prometen acá, seguramente no estarán hechas de acero y progreso, sino de cinismo y corrupción.

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