Coahuila
Hace 8 meses
En estos días, mientras celebramos el Día de las y los Maestros, he pensado en lo que verdaderamente significa enseñar y cuáles son los nuevos retos y desafíos de la academia, no en sentido formal o curricular del término, sino en su justa dimensión humana: estar al servicio de otras personas para acompañarlas en el acto desafiante de aprender.
Cuando uno empieza su camino docente, llega con libros bajo el brazo, presentaciones, metodologías e ideas sobre cómo formar profesionales competitivos. Con el tiempo, uno se da cuenta de que enseñar no es sólo transmitir conocimientos, sino estar presente, escuchar, acompañar y sobre todo tener la capacidad de aprender también de quienes están frente a ti.
A lo largo de los años, he aprendido de mis alumnos, de sus dudas, que me han obligado a volver a estudiar lo que creía sabido; de sus objeciones, que me han llevado a repensar mis certezas, y sobre todo de su forma distinta de mirar el mundo motivada en la naturaleza de los cambios generacionales. El Derecho no sólo cambia con las leyes, cambia con las personas, con los contextos y con las expectativas generacionales; si uno como maestro no se actualiza, no sólo en contenido, sino en sensibilidad, corre el riesgo de volverse irrelevante.
A veces me preguntan qué es lo más difícil de ser maestro, mi respuesta siempre es la misma: mantenerse a la altura de las expectativas de las y los estudiantes, no por tener que cumplir con un temario, sino por lo que representa, simbólicamente, pararse frente a un grupo.
El alumnado no espera perfección, pero sí espera autenticidad. Espera a alguien que crea en lo que dice, que viva lo que enseña, que mire a los ojos y que inspire, incluso sin proponérselo. Eso implica esfuerzo y gratitud por poder estar ahí, día con día, siendo parte del proceso de alguien más. Gratitud por ser testigo de pequeñas transformaciones: cuando un alumno entiende un concepto complicado, cuando alguien descubre su vocación, cuando se genera una conversación que trasciende el aula. Esos momentos, que no vienen con diplomas ni con menciones honoríficas pero que son las experiencias que le dan sentido a la vocación docente.
Creo que ser maestro es tener la capacidad de influir sin imponer, de guiar sin dominar, de acompañar sin invadir. Es sembrar ideas sabiendo que no siempre veremos el fruto, pero confiando en que germinarán y tener la disposición de aprender constantemente del entorno, de la vida, y especialmente de nuestro alumnado.
Las y los estudiantes, muchas veces sin saberlo, nos enseñan a ser mejores personas, con su entusiasmo, honestidad y creatividad, nos empujan a renovarnos. A no conformarnos, a no perder el sentido de lo que hacemos.
Por eso, en esta conmemoración del Día de las y los Maestro, no quisiera solamente recibir felicitaciones, quiero agradecer a cada estudiante que con una pregunta honesta, con una participación genuina, o incluso con un desacuerdo respetuoso, me ha hecho crecer; a cada generación que me ha obligado a evolucionar no sólo como profesor, sino como persona, cuando se logra entender que enseñar es la mejor forma de aprender. Para mí, es el mayor privilegio de esta profesión docente.
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