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Expediente Criminal: ‘El Borracho’

  Por Pedro Martínez

Publicado el miércoles, 22 de febrero del 2012 a las 02:04


“Escuché que se abrió la puerta.No sé quién era, pero me empezó a tocar y a besar;sentí que me cortaban la camisa y sentí miedo"

Saltillo.- Las manecillas del reloj marcaban la una de la mañana del 7 de septiembre de 2001, y por uno de los parajes olvidados de la carretera 57, México-Piedras Negras, un hombre de 70 años permanecía sin vida, acostado, boca arriba y con la sangre saliendo de su cuerpo.

Y fue a unos metros de El Torreoncito, un bar de mala muerte que escupe a los hombres de buena tomada por las noches, en donde don César fue encontrado horas después de haber sido masacrado a golpes por una persona.

“Lo golpeé porque no quería pagar los daños a mi camioneta, que me dio con su carro”, dijo Andrés Oswaldo Magallanes Cisneros en una de sus declaraciones narradas en el expediente 194/2001.

DE FIESTA

Conocido por su gusto a la bebida, pero sobre todo por ser una persona alegre, que pasaba las horas del día en sus obligaciones laborales, César Valdés Soto disfrutaba de los placeres de la vida, sin importarle los juicios generados por otras personas, ya que a su edad, 70 años, era un blanco fácil de los menesteres sociales.

Por eso, cada vez que salía a divertirse en los bares aledaños en su poblado natal, Arteaga, Coahuila, lo hacía con gusto, con sentimientos propios de un jovenzuelo de edad corta. Por las noches optaba por degustar un buen ron o una fría y espumosa cerveza.

“Acostumbraba a salir por las noches y tomaba mucho; era una cosa de todos los días”, mencionó María Guadalupe Martínez Alejandro, su eterna pareja sentimental.

Su vida era relajada, pues aunque mantenía una relación con María, con quien procreó cinco hijos, jamás dio el gran paso y formalizó su situación, inclusive sólo a uno, al más pequeño, le dio sus apellidos.

“Aunque vivíamos en distintas casas, él siempre fue responsable con ellos; nunca faltó comida, ropa o dinero”, manifestó la mujer fiel a don César, también llamado “El Chical”.

Y así era el pasar y el caminar incansable de un “viejo lobo”. Don César sólo pensaba que todo el trabajo que invertía por las mañanas iba a ser bien correspondido por las noches; en los bares, perdido entre el alcohol y la música de “Ramón Ayala”.

“Yo me preocupaba mucho por él, ya que sabía cómo se ponía cada vez que tomaba, de hecho, en ocasiones lo esperaba a las afueras de su casa o iba por él a los bares; me daba mucho miedo que fuera a chocar en su carro”, argumentó María en una de sus testimoniales, ya que fue la encargada de interponer la denuncia después del sangriento hecho que acabó con la vida de su ser amado.

Los días, los meses y los años de la década de los 90 pasaron. La vida de César se internaba más en un abismo de locura por la bebida, incluso ya tenía una cantina en su álbum de favoritos, su nombre: El Torreoncito.

EL TORREONCITO

En el tramo Matehuala-Saltillo, sobre el kilómetro 11 de la carretera 57, se encuentra el bar denominado El Torreoncito, un lugar en el que las bebidas jamás terminan y en donde el calor se eleva al son de las copas.

Ahí, la vida empezaba desde las tres de la tarde y no cerraba sus puertas hasta que el último cliente se retiraba ahogado en el alcohol.

Por eso, “El Chical” era un cliente asiduo, conocido por sus intensas borracheras y por sus inigualables bailes. Todos, incluyendo a los propios comensales del bar, sabían de sus andanzas.

Fue tal su necesidad por ser parte de aquel “Torreoncito”, que tomó la decisión de integrarse a él, de unir su vida a aquel pequeño tugurio, por lo que sin dudar se hizo dueño de la patente que le daba el nombre a la cantina.

“Teníamos que aguantarlo porque era dueño del nombre del bar”, comentó Natividad a la autoridad ministerial.

El 2001 seguía igual. Don César acudía diariamente al bar de sus amores, después de una jornada laboral. Sus gustos eran obvios y sus necesidades propias de un borracho de mala tomada.

“Siempre acudía y siempre lo hacía después de las 10 de la noche y se iba hasta que andaba muy borracho”, enfatizó, “César llegaba solo, nunca acompañado”.

LO ACECHA

expediente criminal
La muerte estaba por sentarse en aquella mesa en la que convivía a diario don César y, sin dudar, le iba a invitar un delicioso ron blanco para brindar por su pronta huida de este mundo terrenal.

El 6 de septiembre de 2001, María Guadalupe Martínez Alejandro acudió a la casa de su pareja para solicitar el dinero que serviría para comprar los uniformes de sus hijos (5) y para, de una vez, pedirle una manutención más amplia para ellos.

“Llegué el jueves a su casa y no lo encontré, por lo que decidí esperarlo varias horas a las afueras de su casa”, comentó María.

Los minutos seguían su curso, María, obligada a tomar el dinero que le diera César, esperó paciente un par de horas más.

Guadalupe supuso lo entendible, lo inevitable, en donde la razón era parte de la obviedad absoluta. Detuvo su camino, miró al cielo y dio un suspiro: “Sabía que iba a tomar a un bar, eso era siempre”.

Pero no se rindió. María llegó a su casa ubicada en la calle Heroico Colegio Militar, en Arteaga, la misma que años atrás le había regalado César para que viviera con sus hijos, y esperó despierta, su instinto de mujer la llevó a no conciliar el sueño.

“Eran como la 1:30 horas de la mañana y decidí ir otra vez a su casa, pero no estaba; presentía algo, pensé que le había pasado algo malo, por eso marqué a los hospitales de Saltillo para saber si no se encontraba internado”, comentó en el momento que interpuso la denuncia formal ante el Ministerio Público, de la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado de Coahuila.

Con la entereza de que se había suscitado algo, María llamó a uno de los sobrinos de don César, se trataba de Fidel Sánchez Valdés, quien no dudó en responder al teléfono cerca de las 5:00 horas, ya del 7 de septiembre.

“Me habló la pareja de mi tío y me dijo que no lo encontraba por ningún lado; me dijo que se había ido a tomar desde temprano”, indicó Fidel en una de sus declaraciones. (Exp. 194/2001)

El sobrino eterno, el que siempre respondía a las llamadas de su tía y que trataba de cuidar a aquel viejo hombre que no entendía de razones, se levantó de su cama, se cambió y se dirigió a los diferentes lugares que don César frecuentaba.

“Lo busqué por todos lados, primero fui a la huerta, el cual se encuentra por la colonia Ejidal, después fui al bar Botánico, al Imperial y a todos aquellos bares que se encuentran en las cercanías de Arteaga; pero se me olvidó uno, El Torreoncito”, señaló.

Pasaron las horas y las 12:30 del día se habían estacionado en el 7 de septiembre y César no aparecía por ningún lado.

“Me habló María y me dijo que se salió de su trabajo, ella labora en una fábrica de hielo, entonces que al caminar se dio cuenta de que por el bar Torreoncito había una mancha de sangre y a unos metros vio un peine color negro, uno parecido al que utilizaba mi tío”, argumentó, “…era él, ahí lo encontramos, sin vida”.

LOS BEBEDORES

La búsqueda había terminado, a casi 30 metros de la carretera 57, en su tramo Matehuala-Saltillo, la vida de “El Chical” había sido apagada de tajo; una piedra fue la mejor arma para acabar con el último aliento del señor de 70 años, pues su gran tamaño terminó por destrozarle el rostro… el cráneo.

Era un día común, como cualquier otro. Juan Antonio Balderas Moreno se encontraba a las afueras de su casa, ubicada en la colonia Ejidal, en Arteaga, Coahuila, en espera de Andrés Oswaldo Magallanes Cisneros.

“Eran como las 11:30 de la noche de ese día (6 septiembre) y le pedí de favor que me llevara al bar Torreoncito, pero que primero le echara gasolina a su camioneta”, dijo Juan, uno de los principales testigos y quien terminó por hundir a su amigo.

Así, como dos fieles amigos, unos que cada noche de jueves salían a tomarse unas cuantas cervezas de botella, salieron con rumbo al bar de mala muerte. Andrés estacionó su camioneta Dodge Ram café, modelo 1998, a las afueras de dicho lugar.

“Nos bajamos y en eso Magallanes entró al bar por una ‘cheve’, era una Corona. En eso salieron dos amigos, un tal Mauri y Melchor; ellos estuvieron con nosotros conviviendo”, mencionó.

En eso, cerca de la 1 de la mañana, ya del 7 de septiembre, un señor de edad adulta salió de las entrañas de la cantina; sus zigzagueos daban a relucir que ya no podía más con su andar, mucho menos dar un plática de saludos ligeros.

Todavía con la conciencia tranquila debido a que sólo se habían tomado algunas cervezas, los amigos decidieron retirarse pocos minutos después de que se suscitara el lamentable acontecimiento.

LO MASACRAN

Por sus venas todavía corría el odio y la furia que le generó el propio don César. Andrés tenía que sacar todo el rencor que lo estaba pudriendo por dentro, por eso no dudó en cerrarle el paso de manera intempestiva.

“Se bajó (Andrés) de su camioneta y lo tomó del cuello (César) y también de su ropa, y le empezó a gritar muchas cosas: ‘¡Págame el golpe, hijo de tu puta madre!’ a lo que le contestó César ‘¡No traigo dinero, entiende, no pasó nada!’”.

De la nada, Andrés sacó un envase de vidrio; una botella de cerveza, aquella que se había tomado minutos antes y, en un momento de rabia, se la estrelló en la cabeza al viejo.

Juan subió a la Dodge y por el retrovisor se dio cuenta cómo “El Chical” era atormentado de manera salvaje por su amigo, después sólo escuchó un silencio, uno aterrador, pensó que las cosas habían tomado otros tintes.

Pero la camioneta terminó atascada, ya no siguió su camino, pues en el momento que Juan pisó el acelerador, las llantas se enfrascaron en una lucha constante con un charco de lodo.

“Lo vi, estaba boca arriba y sin pantalones. En eso me acerco y me doy cuenta de que estaba bañado en sangre; ¡Ya no se movía! ¡Ya no respiraba!”.

Siguieron su camino, los dos hombres pensaron que todo se trataba de un mal sueño y que en cualquier momento iban a despertar, pero no fue así…

Minutos antes, en la entrada del rancho El Pirul, Andrés cometió uno de los asesinatos más crueles de aquel 2001, pues después de haber bajado del carro a César y de llevarlo terracería adentro, a 29 metros de la carretera, dejó sin vida a un hombre al dejarle caer una piedra en el cráneo.

“Lo llevé hasta el arroyo (El Blanco), ahí lo aventé, todavía se movía, respiraba; tomé una piedra grande y la dejé caer en su cabeza, después me fui”, comentó el homicida a la autoridadpenal que llevó su caso en el 2001 y parte del 2002.

Así, para hacer creer que a don César lo habían asaltado y violado, Andrés le quitó los pantalones, su cartera, sacó el peine de color negro que siempre traía en su camisa vaquera a cuadros y se retiró.

Con el rostro desfigurado, sin la dentadura postiza que años atrás había comprado, don César fue encontrado por la única persona que alguna vez lo amó, su mujer, María.

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