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Por
Pedro Martínez
Publicado el viernes, 27 de enero del 2012 a las 01:33
Saltillo.- Se le habían acabado las fuerzas. Las múltiples heridas en su cuerpo eran si duda una estocada mortal para Luis, por eso mientras permanecía recostado en medio de los asientos delanteros de su vehículo sólo se dedicó a ver la película de su vida, una que prefirió no haber vivido.
“¡Me humilló! Por eso lo asesiné con un cuchillo, no recuerdo cuántas veces se lo enterré”, dijo Daniel Gallegos Vázquez en su declaración ministerial que está en el expediente 166/2005.
DE COLORES
De colores, así era su vida, unos que cambiaban de tono cada vez que la vida le otorgaba una opción, un deseo carnal, un delirio sexual. Luis Bruno Rodríguez Gómez apenas acababa de cumplir 21 años y su caminar ya era comparado con el de un viejo “lobo de mar”.
Sus ojos siempre lo delataban, su lujuria se reflejaba en su actuar y su charla era la de un joven pícaro buscando una noche de pasión, pero siempre le funcionaba, podría tener desde una mujer madura, casada y con hijos, hasta una muchachita que ni siquiera alcanzaba los 15 años, no sin antes pasar por los hombres de habla gentil y de pensamientos femeninos.
“Tenía varias mujeres, incluso, porque me consta, mantenía relaciones con hombres, a los cuales sólo los buscaba por dinero cuando le hacía falta”, comentó Jesús Alfonso Reyes Flores, el mejor amigo de Luis en su testimonio.
Todos los días, Luis llegaba minutos antes de las 6 de la mañana a la llamada base de combis, checaba su hora de entrada y subía a su camión, la Ruta 15 Mirador de Ramos Arizpe, ahí iniciaba su día de trabajo.
“Siempre fue una persona tranquila, nunca se metía en problemas con nadie, sólo eran conflictos emocionales con sus parejas”, comentó Jesús.
“Era novia de mi hermano, pero sabíamos que estaba casada, por lo que le pedimos que la dejara”, comentó Janeth Rodríguez Gómez. Diana, quien en su declaración ante el Ministerio Público en el 2005 negó haber sido pareja de Luis, era de esas mujeres que buscaban el regocijo en los brazos de otro hombre que no fuera su esposo, conocido como “El Pájaro”.
“Mi hermano es casado, su esposa se llama Amalia y tiene un hijo con él, entonces también estaba mal”, aseguró la hermana.
Pero ese secreto no sólo era parte de la familia, sino también formaba un camino a voces que no tardó en llegar a los oídos de la pareja de Diana.
“En una ocasión estábamos fumando un cigarro afuera de la casa de mi mamá y pasó una Caribe, iban dos personas; una de ellas era ‘El Pájaro’, entonces se estaciona y le dice ‘vas a ver culero, te va a cargar la chingada’ ‘vas a valer madre’”, confesó Janeth.
Por eso, un día del mes de abril del 2004, Luis decidió terminar con esa relación pasajera, de roces sexuales y de problemas constantes. El chofer cerró ese ciclo amargo y decidió rodearse de la supuesta estabilidad que vivía en casa, con su esposa.
AMORÍOS SIN RAZÓN
Margarita Monsiváis, una mujer casada y que pasaba la mayor parte de la mañana en su negocio de comida económica y por las tardes como empleada en el establecimiento denominado Burger Shot, todavía recuerda aquel 14 de febrero del 2003 en el que iba de pasajera en la Ruta 15.
Aquella ocasión Luis era el chofer del camión, también conocido como la “Ruta del Amor” por las infinitas historias en las que estaba involucrado Luis y una infinidad de mujeres.
Pero no era una pasajera común y corriente, Margarita era amiga de la familia del cumbiero y de su esposa Amalia, pues cada fin de semana disfrutaban de los diferentes platillos que ella ponía sobre la mesa.
“Un día (14 febrero) iba en el camión y le solicité la bajada, en eso lo volteo a ver para despedirme y me dice que quería hablar conmigo, yo le dije que sí, que luego nos poníamos de acuerdo”, declaró Margarita.
Los días pasaron, la vendedora de comida pensó que todo se trató de un simple detalle de Luis, de esos que sólo se dan de vez en cuando para tratar de entablar una comunicación, pero no fue así…
“Un día llega y me dice que quiere tener una relación conmigo, entonces yo le dije que no porque era una mujer casada y la verdad tenía una relación muy buena con mi marido, pero un día me enganché”, enfatizó.
Fue así que iniciaron una relación pasajera, de momentos sexuales en una cama prestada y de pláticas inocuas que se extendieron hasta el año 2004, fecha en donde los arreglos pasionales terminaron.
“Después llegaba en un taxi a comer a mi local, pues después de trabajar en el camión se dedicaba a ruletear por las calles de Ramos Arizpe, ahí siempre llegaba con un tal ‘Borrado’”, comentó.
CAMINAR INTRANQUILO
Su camino era intranquilo. Luis siempre buscaba a una persona que satisfaciera sus deseos sexuales, íntimos, pero sobre todo de alguien que le diera unos cuantos pesos cada vez que se le presentara una problemática.
Un día, por el año del 2004, el eterno enamorado ingresó a un negocio de hierbería ubicado en Juárez 149, de la Zona Centro, ahí conoció a José Alberto Hernández, un hombre de voz aguda y de gustos extraños.
“Después de tanto platicar un día me tocó mi pene, después yo lo toqué, fue ahí que empezamos un trato diferente, pero siempre terminábamos teniendo relaciones sexuales y teniendo sexo oral; él me penetraba”, confesó el comerciante.
Incluso, en una ocasión, Luis llevó a su amigo “El Borrado”, otro hombre que buscaba esa facilidad sexual que le permitiera atraer algunas monedas a su mano.
“Yo sabía que estaba casado, yo sabía que él sólo lo hacía por diversión, por eso lo dejé de ver y sólo me acostaba con su amigo, ‘El Borrado’, pero jamás supe que alguien lo quisiera matar”, afirmó.
Pero mientras Luis se ocultaba entre los brazos de un hombre, también jugaba con la necesidad e inmadurez de una jovencita de tan sólo 14 años, aquella que terminó por quedar embarazada.
“Todos sabíamos que era su hijo; ella era una pandillera, muy guapa, pero era menor de edad; su nombre creo que era Karla”, aseguró José Alberto.
Sus movimientos eran cada vez más frecuentes, su búsqueda en el auto compacto que manejaba por las tardes-noches era simplemente una bodega que resguardaba los secretos más sublimes.
SEXO QUE ENGAÑA
En su Nissan Sentra, de color blanco, de préstamo, Luis decidía qué hacer en su rato como ruletero; su primera idea era trabajar por las diferentes calles de Ramos Arizpe para sacar algo de dinero que lo ayudara a solventar los gastos en casa, o la segunda, simple y sencilla, se estacionaba en los domicilios de sus “queridos” y sólo levantaba la mano.
Y así era, Luis se perdía entre las sábanas de sus amigos, de esos que lo trataban como el hombre de la casa y que le permitían por las noches pasar el tiempo abrazado de su esposa, Amalia.
En uno de esos tantos días conoció a Daniel Gallegos Vázquez, un operario de la empresa ubicada en el Parque Industrial Ramos Arizpe que fue seducido por el buen hablar de Luis.
“Éramos pareja, nosotros tuvimos una relación sentimental desde tres años atrás (2002-2005). Él era muy bueno conmigo”, comentó Daniel.
Todos los días, por la tarde, Luis visitaba a su amigo en el 465 de Jesús Cortez Alonso, de la colonia Nuevo Ramos, pues sabía que iba a ser recibido con las manos abiertas, pero sobre todo entendía que su complicidad iba a traer buenos frutos. Transcurrían las 11:30 de la noche del 9 de julio.
“Un día (9 julio del 2005) organizamos una elotada en mi casa, pero nadie llegó, sólo Luis, pero lo hizo tarde; yo estaba dormido”, refirió en su testimonial, “platicamos por varios minutos, pero en eso me dice que tenía hambre, que si íbamos a los Tacos Raúl, que él pagaba”.
En el pequeño local, localizado en Plan de Guadalupe y De la Fuente, Bruno, como le llamaba Daniel, se despreció al hombre que le había abierto su casa, al que le daba amor pasajero en sus instantes de locura. Corría la 1 de la mañana del 10 de julio.
“Bruno me había dicho que él iba a pagar, pero comenzó a burlarse de mí, diciéndome que lo hiciera yo, que para eso me tenía; que ‘cortara una flor de mi jardín’”, alegó furioso ante la autoridad, “Él prometió pagar, pero me dijo que no tenía dinero, que le echara la mano”.
Ya en la calle, a las afueras del vehículo, Luis obligó a Daniel a que le abriera la puerta: “Ábreme hijo de tu puta madre, por eso eres mi joto favorito”.
Enfurecido, Gallegos Vázquez le reclamó una vez más el porqué de su decisión sorpresiva, sobre su actitud extraña, la cual jamás había tomado en los tres años que tenían de relación.
“Ya no hagas pedo, al fin de cuentas te los voy a pagar y la verdad no te hagas pendejo ya sabes con qué…”, fueron las supuestas palabras que señaló Luis a su “querido” amigo, a lo que él le contestó: “Yo no vivo de eso, deja de tratarme como a una puta”.
Con la mirada fija en el volante, sin dejar de insultar a su pareja que pedía a gritos un concilio o un acuerdo que calmara una frustración obvia, el ruletero se estacionó a las afueras de la casa de Daniel: “Bájate, ya me tengo que ir y no empieces a molestar con que me quede, porque ya sabes cómo se pone mi vieja si no llego a dormir, mejor luego vengo y te pago”.
28 PUÑALADAS
Daniel, un hombre trabajador, de familia, que sólo vivía de su trabajo y de las esporádicas visitas de Luis, se sentó en el sillón individual que se encuentra a unos metros de la puerta principal de su casa, dio un suspiro y los recuerdos comenzaron a llegar a su mente.
Recordó aquella vez que lo invitó a una carne asada, era en casa de Luis. Su familia, incluyendo a su esposa e hijo, estaba presente, por eso en ningún momento trató de sacudir los secretos que destrozarían la vida de un hombre supuestamente ejemplar.
“Cuando andaba muy tomado me dijo que me fuera a la ‘chingada’. También recuerdo que me dijo ‘¡Chinga a tu madre!’ ‘¡No vales verga, pinche joto culero!’ Yo sólo tomé mi carro y me fui del lugar”, argumentó.
Esos recuerdos no sólo quedaron establecidos en aquel sillón, al contrario, fueron las armas perfectas para darle el valor que necesitaba. Daniel se puso en pie, caminó a uno de los cuartos y sacó de la cajonera de madera color café una navaja.
Después de cerrar la puerta, abrió la de su vehículo, un Ford Fairmont 1985, guindo, de dos puertas. El switch había sido accionado, el motor del carro “zumbaba” como tal, como era, un viejo artefacto de cuatro ruedas.
“Manejé rumbo al poniente; al puente del bulevar Díaz Ordaz, ahí estacioné el carro sobre Flores Magón; estuve esperando a Bruno”, expresó.
No había luz en aquel lugar, las pequeñas luces del estéreo de cassette eran su única compañía. Frente su auto una solitaria quinta denominada “Los Cuates” permanecía sin punto brillante en su interior.
“Me desesperé y me fui caminando hasta la esquina de Díaz Ordaz. Eran como las 4 de la mañana, pero en eso veo el carro de Bruno y le hago la parada; le comento que mi carro se me quedó tirado y que lo había dejado en Flores Magón”, aseguró a los agentes minutos después de su detención.
Sentado en el área del copiloto y mientras el carro del servicio público local seguía en movimiento, Daniel sólo pensaba en la dulce venganza, la misma que le daría esa paz que necesitaba desde hace tiempo.
En eso la voz de Luis interrumpió sus pensamientos: “Ya se te quitó el coraje de niña chillona”, a los que respondió Daniel: “¡Me vale madre pendejo!”.
La oscuridad los cubrió por completo. Luis se estacionó delante del Fairmont, apagó el motor y soltó un manotazo con su mano derecha al cuerpo de su pareja de manera frenética.
“Lo esquivé. Meto mi mano en una de mis bolsas del pantalón, tomo la navaja y con la misma mano la activé, ya que es de botón y ahí fue donde empezó todo…”, expuso el asesino.
La furia comenzó a salir desde la entrañas de aquel hombre. Las arrugas de la piel de su rostro comenzaron a converger; era una cara enojada, colérica, pero sobre todo denotaba una excitación inigualable.
“No sé cuántos les di, pero no paré, me tardé varios segundos. Yo seguía, no paraba, no pensaba más que en asesinarlo”, confesión que se encuentra sustentada en el expediente que se encuentra en poder del Juzgado Segundo del Ramo Penal.
Fueron 28 puñaladas (según la necropsia de ley) las que se introdujeron en el cuerpo de Luis: orejas, pecho, muñecas, dorso y espalda.
Y fueron dos horas las que permaneció en su vehículo, con las intermitentes accionadas y con la sangre derramada en los asientos. Su cuerpo, recargado en medio de los asientos, con la cabeza y brazo izquierdo inclinados con dirección al piso de la parte trasera, sólo era el reflejo del brutal asesinato que cometió un hombre golpeado en el orgullo, pero sobre todo en el corazón.
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