Clasificados
Por
Rosendo Zavala
Publicado el lunes, 6 de agosto del 2012 a las 14:00
Saltillo, Coah.- Al ver que “Chuyito” jugaba con tierra ya no pudo más, y evocando a los fantasmas de su pasado comenzó a golpearlo sin piedad, metiéndolo al tejabán Fue así como reaccionó “Mingo” al sentir que el mundo estaba en su contra y decidió vengarse ultrajando al más pequeño de sus hijos, ante la mirada de su esposa Martha, que impotente se limitó a ver cómo su angelito moría lentamente.
De manera instintiva, el jornalero saltillense repitió la historia muy lejos de su tierra, pero aun así cometió uno de los más brutales asesinatos de que se tenga memoria en la ciudad, ganándose a pulso el mote del “Chacal de la Buenos Aires”.
Terrible amanecer
Con el hambre retrasada, Domingo Venegas se levantó de la cama para de inmediato irse a la cocina, aunque el olor a frijoles y tortillas requemadas lo enfadaron recordándole la pobreza que no podía aliviar con el mísero sueldo que recibía desde que había llegado a Marín para trabajar como velador de un rancho junto con su familia.
A lo lejos, su mujer lo animaba gritándole que el desayuno estaba listo, sabía que esa era una forma de mitigar la violencia con que los trataba, y con esos detalles pretendía contentarlo para hacer más llevadera la aventura que habían emprendido cuidando el “MM” como si fuera de ellos.
Pero la euforia disfrazada de Martha se acabaría de golpe, cuando el caporal enfureció al ver que comería lo mismo de los últimos tres meses, reaccionando de manera tan brusca que el plato salió volando, mientras él se paraba irritado para salir al patio donde comenzaría sus labores el día.
Bajo el sol radiante que bañaba el desierto de Higueras, Nuevo León, “Mingo” recorría cada hectárea de la finca que le habían encomendado, y así llegó la tarde, envuelta en la incertidumbre de los pesares con que había llegado de Saltillo, esos que lo traicionaron cuando menos lo esperaba.
Cansado de la faena que había realizado, desilusionado regresó a la casona destartalada donde deseaba reencontrarse con su amiga la almohada, a quien confiaba en silencio los secretos del tormento emocional que lo estaba matando en vida.
Pero el lunes aún no terminaba y al fondo del cuartucho estaba Martha, que al verlo se armó de valor para increparlo, exigiéndole una explicación sobre las trivialidades que los acosaban, mientras sus tres hijos se revolcaban entre la polvareda del patio ignorando lo que pasaba.
Tras varios minutos de una intensa batalla verbal, el escuálido marido de ilusiones muertas trató de ignorar lo acontecido y, para pasar el trago amargo, prefirió regresar al campo, dando la media vuelta para dejar a su mujer hablando sola.
Al pasar por el umbral de la puerta “Mingo” vio la escena que lo hizo estallar de coraje, a escasos metros estaba “Chuyito” jugando con tierra, emitiendo los gritos de felicidad que compartía con sus hermanitos y que se apagarían para siempre gracias a la maldad de su progenitor.
Con la inocencia que le prodigaban sus dos años de vida, el menor de los Venegas se quitó el pañal y comía su propio excremento, traicionado por el hambre que sentía, mientras los ojos asesinos de su padre lo observaban queriendo reprenderlo.
Fue entonces cuando comenzó a gestarse el principio de la tragedia en las inmediaciones del terroso rancho que habría de presenciar las bajezas del sujeto que iracundo encontró la manera de saciar su venganza… reviviendo la violación de que había sido objeto cuando vivía en la colonia Buenos Aires de Saltillo, 16 años atrás.
El ultraje
Gritando injurias contra el pequeño, el enloquecido “padre” se acercó para reprenderlo y, sin pensar en las consecuencias, asestó un golpe en el tórax del niño, propinándole también un puñetazo en el abdomen que lo dejó casi inconsciente, para otorgarle de manera irremediable su pasaporte al otro mundo.
Decidido a todo, el chacal de melena revuelta y retraído aspecto levantó al infante para meterlo al cuarto, mientras amenazaba a su señora para que no interviniera, pues de lo contrario padecería el mismo castigo.
Instantes después, el destino cobraría la irremediable factura al desafortunado bebé, que nada pudo hacer para defenderse y soportó el ataque del depravado hombre que fuera de sí lo tocaba con sus asquerosas manos, fraguando el momento en que cobraría revancha del ultraje que le había ocasionado su vecino cuando tenía 10 años.
Tras golpear, torturar y violar al indefenso niño, “Mingo” continuó con su estela de terror al llevarlo hasta la improvisada “alberca” donde lo sumergió inmisericordemente, entregándolo a su mujer que destrozada lo recibió en sus brazos con las huellas del ultraje tatuadas en la piel.
Mientras el atacante ordenaba sus ideas en la soledad de la recámara donde dormía, la madre confortaba a su pequeño moribundo, que para ese entonces ya mostraba hasta las quemaduras de cigarro que el detestable ser le había hecho en varias partes del cuerpo días antes.
En otra parte del rancho, los hermanos de “Chuyito” lloraban desconsolados la inhumana paliza que su padre le había dado a éste por mostrar su inocencia al natural, sin imaginar que el tiempo se encargaría de redondear la tragedia que ya se percibía en el ambiente.
“Mi esposo le pegó al bebé porque se comió su excremento, y ya en la tarde vi que lo agarró porque quiso ahogarlo en un baño de plástico que había en el patio, después escapé de la casa y me vine para acá (Saltillo), para que me lo atendieran, porque tenía mucho miedo de mi esposo”, declararía Martha horas después ante las autoridades coahuilenses.
Por la noche, la cúpula de estrellas que cubrían el cielo de Marín parecía no ser suficiente para consolar el alma de la señora que, devastada por lo ocurrido a su retoño, buscaba una explicación que nunca llegó.
La tragedia
Minutos antes de la medianoche, la mujer de 26 años arribó a Saltillo y destrozada por el dolor se presentó ante su familia, en el pecho cargaba los despojos del niño que tenía la humanidad hecha añicos por el salvajismo con que lo había tratado su propio padre.
Así como llegó a la casa de la colonia Buenos Aires, salió corriendo y abordo de un taxi se fue a la Cruz Roja, donde el médico de guardia se sorprendió al escuchar su testimonio mientras hacía un esfuerzo para tratar de remediar lo irremediable.
Sin perder ni un segundo, el paramédico cargó al bebé para correr al interior del nosocomio esperando el milagro que nunca llegó, porque con la suerte echada y el destino encima “Chuyito” yacía con la mirada perdida y desvanecido en los brazos del héroe anónimo esperando el principio del fin.
Media hora después las autoridades del hospital declararon oficialmente muerto al niño, que se despidió del mundo sin darse cuenta, tras haber cometido el “pecado” de jugar con la naturaleza ignorando que tan inocente acción despertaría la furia de su victimario.
Al filo de las 2:00 horas, el viento resoplaba diferente al exterior de la clínica, anunciando el deceso del pequeño que nada pudo hacer para defender su estancia terrenal, porque la maldad de su padre fue tanta que, no conforme con quitarle la vida, lo sometió a las peores humillaciones tan sólo para aliviar sus pesares de dolor que lo habían marcado desde la infancia.
Detienen al chacal
Muy lejos de ahí, “Mingo” se revolcaba en su cama sin imaginar que su destino estaba marcado, ya que las autoridades ministeriales de Nuevo León avanzaban por la carretera a Laredo buscando llegar al rancho que se había convertido en escenario del bestial ataque.
Apenas clareaba el día cuando un fuerte toquido estremeció la puerta del cuarto donde el asesino reposaba sus frustraciones y, ante los insistentes ladridos de los perros que espantaron su sueño, éste se levantó para ver lo que pasaba afuera.
Sorprendido vio el contingente de policías que lo arrestaron, acusándolo de haber matado a su hijo; al sentirse descubierto aceptó las imputaciones, declarando en todo momento que lo acontecido fue un impulso natural pero irracional que le hizo revivir el abuso sexual al que fue sometido en su niñez.
Cuando rendía su declaración preparatoria ante el juez mixto con sede en Cerralvo, Nuevo León, Aurelio Pérez Garza, relató lo sucedido aquel lunes negro, así como los motivos que tuvo para perpetrar el abominable acto que lo mantendrá en prisión durante más de 30 años.
“Lo encontré atrás de la casa comiendo popó de un pañal que se quitó, simplemente le pegué, le di dos puñetazos en el estómago y fue cuando lo metí a la casa y abusé de él. No sé por qué lo hice, fue una reacción instantánea, estaba muy enojado.
Días después las autoridades lo declararían formalmente preso por el delito de homicidio calificado, violación, violencia familiar y filicidio en contra del menor Jesús Guadalupe Venegas Contreras, en un proceso que se desarrolló bajo la coordinación del juez Segundo Penal en Saltillo y su similar de Cerralvo, Nuevo León.
El triste adiós
Con la pureza de su alma entregada al creador, “Chuyito” reposaba en el ataúd blanco que lo acompañaría hasta su última morada, mientras su familia se congregaba en la funeraria.
Pasado el mediodía, la carroza gris que transportaba los restos mortales del pequeñito de dos años recorrió las calles del sector Provivienda y se detuvo a las afueras de la iglesia Jesús Obrero, donde un sacerdote lo aguardaba para oficiar la misa en su honor.
Durante más de 40 minutos el párroco habló ante los fieles congregados en el recinto sagrado, que sirvió como preámbulo a la despedida sin retorno que se haría minutos después en el camposanto ubicado sobre la carretera a Torreón.
A paso lento, la caravana mortuoria llegó hasta el panteón La Paz, y ya entrada la tarde una muchedumbre recorrió sus pasillos hasta detenerse en la fosa que trabajadores del lugar hacían para concretar el acto funerario que ya estaba programado.
Con sus padres más ausentes que nunca, Jesús se dejó ver por última vez ante su gente, ataviado con el ropón que algún doliente le había comprado para la ocasión, tan blanco que irradiaba la pureza perdida a manos del chacal que lo había ultimado de la manera más atroz.
Sacando un plumón de entre sus ropas, el doliente marcó el nombre de su sobrino en la madera quebradiza y clavó con nostalgia la cruz en el montículo de tierra, mientras los niños presentes arrojaban flores al sitio que desde ese momento se convirtió en la eterna estancia del infortunado.
Al caer la tarde, los dolientes se fueron retirando lentamente y el panteón quedó desolado, con la tumba de “Chuyito” como mudo testigo de las atrocidades que “Mingo” cometió contra su propia sangre, en un arranque de ira que pagará con cárcel durante toda la vida.
Nombre del niño: Jesús Guadalupe Venegas Contreras, 2 años.
donde vivían para violarlo y después ahogarlo en la tina de agua con la que pondría el punto final a la vida de su bebé.
Asesino: Domingo Venegas Ramírez, 26 años.
Lugar de los hechos: Rancho MM en Marín, Nuevo León
Fecha: 21 de mayo del 2008
Motivo: Frustración por haber sido violado en su infancia.
Causas del deceso: golpes.
Delito: Homicidio calificado, violación, violencia familiar y filicidio.
Más sobre esta sección Más en Clasificados